EL SONIDO

EL SONIDO

RELATO

 

 

 

 

 

Hacía 17 años que no veía esa puerta. Aunque ya estaba de vuelta de todo, me sentía nervioso frente a ella. Respiré hondo, titubeé antes de llamar…

Escuché sus esforzados pasos aproximándose, miró por la mirilla y hubo una pausa larga. Cuando abrió se había eliminado de su rostro cualquier atisbo de sorpresa que pudiera haber nacido. No movió un músculo de la cara, como si me hubiera estado esperando. No recordaba su sonrisa.

Se dio la vuelta dejando la puerta abierta y, sin mediar palabra, se dirigió lentamente a la cocina. Estaba más pequeñita. Como había dejado de teñirse, parecía envejecida.

Aquello había cambiado poco. El pequeño Belén era el mismo y me atrevería a asegurar que el árbol de Navidad también. Los seguía poniendo, a pesar de todo.

De fondo se oía la televisión y la iluminación era agradable. Aquel golpe me acarició todo el cuerpo. Reconocía aquello, era como haber estado allí ayer, igual que ella me reconoció a través de la mirilla a pesar del castigo de los años.

Me alejé de aquella casa para zambullirme en lo sórdido, el exceso y la evasión hasta darme asco a mí mismo, hasta la saturación. Me alejé de todo lo que mi madre quería que fuese y de aquel padre que no lo fue. Me fui de allí por pura cobardía y egoísmo. Busqué, encontré o creí encontrar miles de veces y miles cosas, pero, de repente, en un instante… estaba en casa.

La vi trasteando por la cocina. Era evidente que no tenía previsto hacer nada especial. Cogió de la nevera unos huevos, que no me gustan, y los volvió a meter. Se le cayó un cuchillo al suelo y armó un estruendo con los platos, sacó unas verduras y alguna cosa para untar. Lo miró todo, pensativa… Se la veía torpe o, quizá, nerviosa. Finalmente sacó marisco del congelador.

–Están congelados desde hace mucho, puede que un año. Compro a veces… por si acaso.

–Seguro que están buenos. Y si hay vino, mejor.

–Tengo cervezas. Me sigue gustando una Mahou de vez en cuando.

Esas fueron nuestras primeras palabras desde que entré.

No eran ni las siete de la tarde, por lo que nos sentamos a ver la tele, como tantas veces hace tantos años, mientras se descongelaba el marisco. Las voces de aquellos personajes histéricos disimulaban nuestro incómodo silencio.

Mi asiento estaba algo más adelantado, por lo que sólo podía verla sin volverme a través del reflejo del cristal. Estaba como ensimismada, absorta en sus pensamientos, con la mirada puesta en sus manos, que descansaban en su regazo. De repente, como dándose cuenta, salió de aquel encantamiento y me miró. Aparté instintivamente la mirada del cristal con rapidez para que sintiera su dignidad auto impuesta intacta, comprendiendo el rubor que podía sentir en ese momento.

No me atreví a girar la cabeza, aunque por el rabillo del ojo notaba su silueta y sus movimientos reflejados. Dejaba vagar mis ojos entre aquel programa y esa estantería que me sabía de memoria, cobijado en un absurdo sentimiento de felicidad.

Entonces me acordé del paquete que tenía en el bolsillo. Era un regalo, pero no sabía si tendría ocasión de dárselo o si merecería la pena. Me pareció una buena opción para romper el hielo.

Era un pequeño parchís. Mientras abría el paquete estaba aún más nervioso que cuando esperaba que abriera la puerta. Pasamos muchísimas horas de muchísimas tardes jugando al parchís. Era como nuestro momento, antes de que me fuera alejando con los años. Gastábamos bromas, desfasábamos, nos cabreábamos, apostábamos…

Sus ojos se pusieron vidriosos.

–¿Jugamos?

–Por mí vale.

–Pero mejor coge el grande, el de siempre. Aún lo conservo… por si acaso.

Tras varias tiradas le salió el cinco. Levantó la cabeza con rapidez y me miró como en una revelación. Enseguida me di cuenta.

“Me la saco con ahínco”. Y ella me recordó su sonrisa. Sí, allí estaba, joven aún.

Estuvimos horas jugando, partida tras partida, donde ella ganaba la mayoría. Me quedó claro que lo de la cocina no era torpeza… Nos levantábamos cada cierto tiempo a controlar la comida que había empezado a cocinar en una pequeña pausa.

“Cinco”.

“Por el culo…”. Y una carcajada acalló el resto.

Su risa se desbocó, como liberada tras años de presidio, y entonces comenzó a llorar. Reía mientras sus lágrimas caían pesadamente. Unas lágrimas de alivio, una risa de perdón.

–Vaya… Hacía mucho que no lloraba…

Y, seguramente, que tampoco reías, pensé yo.

Cenamos sin mencionar una sola palabra de los años perdidos. Yo supe de ella por terceros y ella se enteraba de por dónde andaba preguntando aquí y allá. Asumió poco a poco no ser importante para casi nadie, pero lo que le dolió de verdad fue convencerse de que nadie la quería. Si al menos hubiera tenido eso…

Nos volvimos a sentar manteniendo la conversación desenfada, riéndonos de los personajes de la tele y sus historias. Disfrutaba diciendo burradas sin complejo que la hicieran reír. Era adictivo. Esa risa me impulsaba. No tenía control. Como si quisiera compensar en un breve rato años de ausencia. Veía cómo iban cayendo sus vestiduras de pesar, como de una cebolla revenida, para recuperar sus mejores galas.

Poco a poco la energía fue desvaneciéndose y se amodorró en el sofá, medio tumbada, hasta caer completamente dormida susurrando un cómplice ronquido.

No sé cuantas horas pasé mirando aquel rostro que en su dormir parecía dichoso, sereno, donde las arrugas que lo decoraban parecían haberse acobardado durante un rato, desvelándome un sutil atisbo de lo que me había perdido. Mirándola y en silencio también lloré esa noche hasta que el sueño me fue venciendo.

Y tras muchos años donde la Navidad perdió completamente su sonido, lo volví a escuchar. No era el sonido de las campanadas y los fuegos artificiales, el de los villancicos y las botellas descorchadas de mi niñez, era el de un dado rebotando en un cubilete y un ronquido quedo.

No sé. Puede que aquella fuera la mejor Navidad de mi jodida vida.

 

La Colección

 

sambo

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