EL RESCATE

EL RESCATE

RELATO

 

 

 

Allí estaba el lugar largamente buscado. El viaje en submarino había sido largo y estaban cansados, pero no podían pararse ahora. Se despidieron de Nemo y emprendieron el camino hacia la puerta que se escondía en la falda de la montaña, según marcaba el mapa que habían logrado robarle a John Silver.

No tardaron en descubrirla, pero Indiana y Fogg se encontraron con algo que no esperaban. Tres mosqueteros la protegían y parecían bastante agresivos y dispuestos a la lucha.

En esta alianza, Indiana era el intrépido y valiente, el que acometía todo trabajo físico o peligroso, mientras que Fogg prefería hacer las veces de guía y consejero intelectual. Al primero le aburrían atrozmente las pausas y las indecisiones, los momentos que requerían reflexión, mientras que al otro no le gustaba mucho el trabajo físico ni los duelos agresivos. Algunos decían que era cobarde, pero él sostenía que simplemente era sensato y precavido. Es por ello que cuando Indiana lanzó una fugaz mirada a Fogg, ambos sabían lo que tenían que hacer.

Fogg desenvainó la espada que cargaba junto a su mochila y se la entregó a su compañero, que la cogió sin siquiera mirarle, con los ojos puestos en los tres espadachines, ya en guardia. Indiana valoró la superioridad numérica de sus adversarios, a los que vio titubear fugazmente al ver aquel parang que perteneció al mismísimo Sandokán en sus manos.

El combate duró mucho menos de lo esperado. Los años de adiestramiento en la cubierta del Capitán Blood habían hecho de Indiana un combatiente feroz. Se lanzó rabiosamente contra el más bajo, destrozando de un potente latigazo su espada ropera y asestándole un golpe en el cuello que lo dejó moribundo. Acto seguido, dándose media vuelta, impacto con su arma en el estómago del segundo rival, que se le acercaba por la espalda.

El último de ellos, más alto y fuerte, se le resistió un poco, pero ya en igualdad de condiciones no tardó en ceder a los embistes poderosos del parang de Indiana.

Con los tres cadáveres sobre la arena, miró a Fogg, que había contemplado distraídamente la lucha y ahora sacaba de un bolsillo de su mochila el objeto que iban a necesitar. Una vez tuvo en su mano aquel medallón persa, se acercó a la gigantesca puerta que pretendían proteger aquellos mosqueteros. Buscó durante unos segundos e introdujo aquella pieza redonda en un orificio en el que encajaba a la perfección, volvió la cabeza hacia su amigo sonriendo un momento y dijo las palabras clave que había logrado descubrir gracias a sus largos estudios e investigaciones: ¡Ábrete, Sésamo!

La puerta se abrió inmediatamente, con un gran estruendo, lento y pesado. Penetraron cautelosamente por un angosto pasadizo que servía de entrada. El lugar era lóbrego y húmedo.

Fueron adentrándose en el interior de la montaña casi a ciegas, pisando con tiento, hasta que, de repente, un silencio rotundo, absoluto, más aún que el que los había acompañado hasta ese momento, los envolvió erizándoles los pelos de la nuca y poniéndolos en alerta.

Frente a ellos apareció una amplia explanada, tenuemente iluminada. Al llegar a ella, un rugido ensordecedor hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Un gigantesco monstruo, un ogro de varios metros de altura, apareció ante ellos. Cuando Indiana miró a su compañero, se dio cuenta de que éste se había escabullido a la velocidad del relámpago.

Apresuradamente, sacó los polvos que el anciano mago Gandalf le había dado años atrás y se los lanzó a los ojos a aquella brutal criatura, que no tardó en padecer sus efectos, primero quedando desconcertado, luego distraído para, finalmente, adquirir una extrema rigidez… Indiana quedó expectante por si tenía que salir corriendo a protegerse tras unas rocas por el ataque de la criatura, como así tuvo que hacer cuando aquel cuerpo infinito comenzó a caer en su dirección.

Una vez la humareda levantada por el impacto se asentó, las celdas de la gran mina del malvado Salomón aparecieron tras el enorme espacio que había ocupado el gigantesco ogro. Tras una mirada recriminadora a Fogg, que apareció jovial como si nada hubiera pasado, cruzaron el estrecho y bamboleante puente de madera que se encontraba en un estado lamentable y daba acceso a las celdas, susurrando los nombres de aquellos a quienes buscaban: ¡Tom! ¡Huck!

Las celdas estaban atestadas de niños escuálidos con la mirada perdida, unos sentados, otros tumbados… Tras unos segundos escucharon unas voces tenues que respondían. Acudieron raudos y, al encontrarlos, los abrazaron entre los barrotes antes de liberarlos. Sus hijos lloraban, ansiosos, mientras Indiana y Fogg trataban de abrir las puertas.

Con el mayor sigilo posible, liberaron a todos los niños, que fueron cruzando el zozobrante puente con presteza y mucho cuidado… Cuando angustiosamente todos ellos llegaron al otro lado, un comando de varios orcos los descubrieron y emprendieron la persecución.

Sólo faltaban Indiana y Fogg por cruzarlo. El puente temblaba y crujía… hasta que cedió con tanto peso. Sólo algunos orcos cayeron al abismo, otros lograron agarrarse a las maderas y cuerdas para aguantar el impacto contra las rocas. También lo lograron Indiana y Fogg, que viendo venir la desgracia, fueron precavidos y se sujetaron con antelación. Los orcos trepaban con intención de tirarlos, mientras ellos intentaban subir a la explanada donde les esperaban los niños.

En ese momento…

La llamada de la madre, reclamándole para cenar, interrumpió aquel juego. Aunque en un primer momento tuvo un fugaz rapto de disconformidad, el niño no se resistió mucho, ya que esa noche, como todos los viernes, iría su abuelo a leerle otra de esas historias suyas que tanto le gustaban.

Y en la solitaria habitación, llena de juguetes por todos lados, quedaron sus dos muñecos favoritos colgando al borde de la mesilla de noche. Esperando a ser rescatados.

 

sambo

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