EL PASEO

EL PASEO

RELATO



Eran altas horas de la madrugada cuando dejó a sus amigas.
Le quedaba un buen trecho de camino hasta llegar a casa, por lo que sopesó
coger un taxi. No lo encontró.
No le gustaba andar sola por la calle a esas horas por esa
zona. Era muy solitaria y algo siniestra, iluminada con esporádicas farolas de
luz amarillenta y tenue que formaban expresionistas sombras por las calles y
las paredes.
Unos pasos la pusieron alerta, lejanos al principio, pero
cada vez más sonoros y cercanos, siempre invisibles. Se puso nerviosa y aceleró
el paso, pero aunque el ritmo de su supuesto perseguidor era constante y aparentemente
tranquilo, cada vez lo oía más cerca.
Se precipitó por un callejón lóbrego en el que apenas veía
nada, sólo una difusa salida al fondo, ante la que apareció una alta silueta
cuando estaba en la mitad del recorrido. Se paró en seco. A su espalda sonó una
voz con un deje irónico y metálico. “No corras tanto”- dijo.
¡Déjame en paz! ¡No quiero problemas!– gritó la chica
angustiada al aire nocturno.
Nosotros tampoco, sólo nos dejamos llevar por nuestros
instintos
– atronó otra voz desde un lugar distinto y más cercano a la derecha
de la chica.
¿Qué queréis, quiénes sois?– las palabras se le ahogaban en
la garganta.
Queremos… sangre. Somos… vampiros– dijo una tercera voz,
lentamente, paladeando cada palabra y rompiendo en una cínica risilla.
A la chica le dio un vuelco el corazón, sabía que se reían
de ella, pero que la situación tenía la peor de las pintas. Miraba hacia todos
los lados frenéticamente, sin prestar atención a nada, con todos los sentidos
alerta, híper estimulados, y el pánico a flor de piel. Estaba rodeada.
Instintivamente miró en su bolso, sacó un espray de pimienta
y chilló a las sombras: “¡Pues a ver si no os afecta esto, putos vampiros!”–
apuntando en todas direcciones.
La primera voz que escuchó a su espalda intervino de nuevo
diciendo: “Sí nos afecta, no somos vampiros de novela, somos como tú, sólo que
nos gusta… beber sangre
…”
Es ahí cuando un flash llegó a su cabeza y recordó una
historia que le había contado su novio sobre unas bandas sudamericanas que
seguían los rituales vampíricos, atacando a personas e hiriéndolas para chupar
su sangre, a veces incluso matándolas. Recordaba lo asqueroso que era aquello,
lo terrible que sería ser su víctima y el riesgo que para ellos mismos y su
salud suponía esa brutalidad.
 
Los pensamientos se atropellaban en la cabeza de la chica,
que no entendía el porqué de tanta crueldad. Cuando se disponía a salir
atropelladamente en dirección contraria se dio cuenta de que la lejana silueta
del fondo se había acercado sigilosa y estaba parada a poca distancia ya. Se
apretó contra la pared, como queriendo fundirse con ella, desaparecer de allí
de cualquier manera. Comenzó a gritar desesperanzada.
Una voz distinta procedente de la silueta que se había
acercado la llamó por su nombre calmadamente. Aquello fue un bálsamo para su
acelerado pulso, una voz conocida, cálida, que prometía salvarla, ayudarla,
llevarla lejos de allí. De entre las sombras, tranquilo, parsimonioso, sereno,
vio aparecer a su novio, que la sonrió. ¡Ven, rápido!– la azuzó.
Ella corrió hacia él y le devolvió la sonrisa, con aliviado
desespero para abrazarse, sin pensar aún en cómo saldrían de allí.
Cuando la angustia y la preocupación volvían a acudir a su
alma, él le cogió la cara y dijo muy serio: No tengas miedo… Será rápido


sambo

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