EL PADRE (2020)

EL PADRE (2020)

FLORIAN ZELLER

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las películas más eficaces entre las nominadas, que también ha despertado elogios y críticas entre la prensa especializada y el público. Es una cinta bastante sencilla, que brilla por su estructura. “El Padre” es una película de estructura que además nos regala una de las mejores interpretaciones del año. Estructura que es todo forma y fondo, perfectamente coherente con el sentido de la historia, lo que es una de sus originalidades y aspectos más brillantes. Hace intrigante y atractivo el visionado, ya que obliga a volver a recolocar y modificar mentalmente lo que vemos, redescubriéndolo todo.

El guión de “El Padre” es básico y sencillo, lo que lo enriquece es la manera en la que está contado desde la forma para sublimar el fondo. Ahí radica su riqueza y brillantez, en la estructura, que logra transmitir toda la crueldad de una enfermedad tan dolorosa desde lo emocional como la demencia.

Una estructura que logra que una historia tan dura como esta se adentre en géneros y atmósferas que lindan con el thriller psicológico, el suspense y la abstracción, al estilo de Lynch, Cronenberg o Aronofsky.

 

 

Estructura

Como he comentado, “El Padre” es una cinta de estructura. ¿En qué consiste esto y qué métodos se utilizan? Pues en un juego de confusión de identidades, escenas reiteradas, pero distintas, elipsis, incoherencias coherentes, vaivenes y confusiones temporales, relaciones mentales… que ayudan a plasmar el desconcierto de quien padece esta enfermedad. Veamos.

Una enfermedad en la que se funden líneas temporales, se confunden identidades y sucesos, acarreando desconcierto, desconfianza, ira, miedo… Visiones, quizá anticipos o recuerdos. Donde no sabe bien qué ocurre porque para él esas distorsiones de la realidad son auténticas, fiables, es lo que ve y siente, por lo que puede terminar desconfiando, pensando que lo utilizan o pretenden algo contra él. Frustra, desconcierta… ¿Hasta qué punto es la enfermedad la que decide? Es muy difícil de gestionar.

Está usted mezclando cosas, Anthony”.

Es muy interesante la estructura elíptica de la película, que casi la convierte en un thriller psicológico. Así, según se suceden las secuencias, unas van negando las anteriores, contradiciéndolas, redefiniéndolas, matizándolas…

Así, al final de la película, pasaremos a la institución geriátrica donde está Anthony, de la que quizá no salimos salvo desde su mente. Es un ejemplo del hábil uso de las elipsis, recurso que se utiliza de múltiples y originales maneras, hacia delante y hacia atrás, creando ese desconcierto y narración fragmentada que tan bien funciona respecto al fondo esencial de la historia. Un apunte al usar la palabra fragmentada: En esa secuencia final, veremos la escultura de un rostro fragmentado o recortado, como diluyéndose, que nos remite en cierta forma a lo que le ocurre a Anthony.

 

 

Cuando se nos presente al “marido”, se nos negará casi de pleno la secuencia anterior con la hija, ya que todo lo que nos dice no tiene que ver con lo relatado justo antes. De hecho, cuando reaparezca la hija, no será la que vimos (Colman), sino Olivia Williams

Y dentro de esa misma secuencia se niega justamente lo que acabamos de ver, acelerando el ritmo, cuando esa “nueva” hija que interpreta Williams dice que no está casada… Confusión de identidades, saltos temporales, todo unido, donde el amor por sus hijas se diluye en rostros e identidades.

 

 

Cuando aparezca una cuidadora, el relato de Colman será distinto (dijo que se iba a París, pero ahora no), mezclándose líneas temporales. También lo negará en el médico, para recuperarlo en la escena final, quizá confundiéndose con la otra hija…

Una cuidadora contratada, Laura (Imogen Poots), que se confunde con esa mujer que ya confundimos con Anne y que se descubrirá la enfermera del centro (Olivia Williams) donde está recluido Anthony.

 

 

El pollo. Será Anthony el que confunda la identidad de la mujer que lo trae, poniendo el rostro de la enfermera a su hija.

 

 

El piso. Todo lo que ocurre en el piso tiene incidencia alegórica en la cabeza de Anthony. Así, las estancias vacías que salpican el visionado representan esas lagunas mentales del protagonista (también las vemos al final en el centro geriátrico). Pasillos opresivos, nocturnos, perfecta metáfora de esa mente que se apaga.

No pienso dejar mi piso”.

 

 

 

Muchas escenas están enmarcadas por las puertas o las paredes de la casa, oprimiendo y acentuando esa sensación angustiosa y claustrofóbica, que de nuevo se relaciona con la pisque del protagonista. Una falta de continuidad donde cada rincón es una sorpresa…

 

 

Más elementos que muestran visualmente la subjetividad de Anthony y su errática cabeza, de manera sutil y brillante: Por ejemplo, la música clásica que oímos, que escucha Anthony, también funciona como elemento de subjetividad. Observad, por ejemplo, ese momento en el que se atasca el Cd, profundamente simbólico, haciendo referencia a la propia psique del protagonista. Otro muy visual. El grifo goteando para esas intermitencias mentales.

 

 

 

Observad como las estancias van cambiando y, sobre todo, quedándose vacías, cada vez con menos objetos, en una metáfora fantástica de lo que le ocurre a Anthony en la cabeza…

 

 

La escena donde el “enfermero” (marido en la cabeza de Anthony) le agrede, manifiesta una relación de ideas, confusión en la cabeza, donde mezcla los reproches del verdadero marido con los maltratos del enfermero. Frases que se repiten con distinto rostro.

 

 

 

 

 

Una escena cotidiana entre Anthony, Laura (Imogen Poots) y el que descubriremos enfermero, se relaciona (y confunde en la mente de Anthony) con una escena en la institución donde se le ingresa al final. Es en la que le agrede.

 

 

¿Cuánto tiempo piensas seguir aquí tocándonos las narices?”. Una frase que se recita dos veces y que tendría sentido en los distintos ámbitos donde se moverían los dos personajes que la dicen, la casa de Colman (su marido), la residencia (el enfermero), aunque en ambas ocasiones la oigamos en el piso.

Habrá una salida surrealista del piso. Anthony abrirá una puerta y se encontrará en un hospital, donde verá en una sala a una chica en una cama, herida, que parece haber tenido un accidente. Seguramente Lucy, su hija accidentada.

 

 

En todos los personajes se aprecia el desconcierto ante estos sucesos al ver reaccionar a Anthony, que observa lo mismo que nosotros. De hecho, es él el que lo disimula más o corre un tupido velo (quizá lo olvide o acepte…).

Dentro de esta subjetividad general, encontramos varias escenas objetivas, fuera de la cabeza de Anthony, donde él además no está presente. Por ejemplo con Anne (Olivia Colman), que manifiesta su preocupación por el deterioro de su padre, explicando que no la reconoció. Anne y su marido discutirán sobre el padre en otra escena objetiva, en cierta medida, aunque se ve reiterada, ya que Anthony la escucha en parte y distorsiona.

O la escena en la que Colman intenta asesinar a su padre, donde más que objetivo, el punto de vista es subjetivo, pero de ella. O cuando Anne llama a la doctora para ingresar a Anthony

 

 

Sobrio estilo

La película tiene su origen en una obra teatral (del propio Florian Zeller), lo que se nota, ya que se desarrolla básicamente toda en un piso, pero la estructura del film hace que todo sea bastante visual y mantenga el interés del espectador, si bien es cierto que una vez entiende la idea o la conoce por saber de qué va el film, pierde factor sorpresa y buena parte de sus virtudes.

Dentro de esto, lo cierto es que hay aspectos estilísticos, más allá de la estructura narrativa que utiliza, que son interesantes destacar.

 

 

Observen el uso de la frontalidad al inicio del film. El juego con los pasillos, los recovecos y paredes de la casa, funcionan muy bien, como un elemento simbólico de la psique del protagonista (así como los planos de las estancias solitarias y otros que van puntuando el metraje). Anne (Olivia Colman) aparece en la calle, en plano frontal callejero con cierta apertura. Esta apertura se irá cerrando cuando llegue a su casa, donde los pasillos también se estrechan, de la entrada al resto. Opresión, casi claustrofobia.

 

 

Al final de la película veremos a Anne saliendo de la institución geriátrica donde deja a Anthony, de nuevo en exteriores, como si de una liberación para ella se tratara.

 

 

Las desavenencias entre Anne y su padre se marcan desde la puesta en escena con la distancia que se guarda entre ambos. Ese inicio. En cambio, cuando la conversación se haga más íntima y los temas más personales, se acercarán.

 

 

En muchos planos, sobre todo en los de Colman, al inicio del film, se observa mucho aire a un lado del encuadre.

Florian Zeller, sobre todo al inicio, utiliza el plano fijo, bastante frontal, como columna vertebral. Luego van apareciendo sutiles correcciones con panorámicas y también movimientos de cámara siguiendo personajes con ligeros travellings… y más panorámicas.

 

 

 

También aparecen muchos enmarcados, acentuando esa sensación opresiva de la película, donde los personajes o las estancias quedan enmarcados por el decorado, las puertas o paredes. Por ejemplo, en la cocina.

 

 

Observad cómo actúa Hopkins en su discurso ante la chica contratada, Laura, mientras finge amabilidad y su posterior cambio. Lo recita andando en un círculo.

 

 

El azul es un color predominante en el film. Aparece constantemente. Lo vemos en el piso, en el vestuario de Colman; en el médico, en la cocina; lo vemos en paredes y sillas; el pijama de Anthony es azul; la institución donde queda Anthony también tendrá muchas paredes y juegos azules, predominantes… EL azul es el color de la enfermedad.

Su pastillita azul. Es un color bonito, ¿verdad?”.

 

 

 

ÉL

Anthony Hopkins da una nueva exhibición interpretativa. Ciertamente le hemos visto en muchos roles insustanciales, alimenticios o repetitivos estos años, pero cuando se mete en un proyecto de envergadura o exigencia que le permite dar lo mejor de sí, demuestra, sin grandes problemas, que es uno de los mejores actores vivos.

El rango interpretativo que muestra en la película es asombroso y magistral, en una portentosa evolución, como explicaré, que la define como la mejor interpretación del año, aunque el Oscar se lo lleve Chadwick Boseman

Intuimos desde el principio que Anthony tiene ciertos problemas, como el inicio de un deterioro.

Su carácter tiene mucho de egocéntrico, orgulloso, altanero, cruel incluso, sobre todo cuando se siente amenazado o confuso. Autoritario. De humor cambiante, como demuestra con la chica contratada para cuidarlo.

Yo era bailarín”. “Papá, eras ingeniero”. “Su insoportable hábito de reír tontamente”.

 

 

Luego le vemos arranques de “clown”, momentos hilarantes, sensibles, divertidos, que cambian a crueldades. Antesala del cambio a una vulnerabilidad cada vez mayor.

Trabajé en un circo cuando era joven”.

 

 

Poco a poco, Anthony va mostrándose más vulnerable, con arranques de orgullo, pero asumiendo su debilidad, por ejemplo en las discusiones con los “distintos maridos”.

 

 

 

 

 

 

Hay elementos muy interesantes en su retrato. Por ejemplo la obsesión por su reloj, por los relojes, algo habitual en la enfermedad, las obsesiones por algún objeto o circunstancia. Un reloj que representa la necesidad y búsqueda de apego a la realidad que se le escapa al protagonista, que insiste en serle esquiva.

 

 

 

Sus dificultades para ponerse el jersey… El cuadro de “La Pirueta”, pintado por la fallecida Lucy, es un elemento recurrente. Un recuerdo que apela a un tiempo feliz, sin preocupaciones, un escape, pero también a su autora. Anne lo mirará con cariño (que quizá ahí es Lucy), como su padre, pero en un momento dado desaparecerá. El pollo es otro elemento recurrente. Veremos que lo trae una mujer (Olivia Williams), pero luego Anne (Olivia Colman) dirá que fue ella quien lo trajo. Posteriormente se comentará que es una comida que a Anthony le gusta mucho…

 

 

Oye, vamos a comer el pollo. Te gusta el pollo, ¿verdad?”.

Por alguna razón desprecia o infravalora a Anne (Olivia Colman), a la que considera limitada, tonta, poniéndola por debajo de su hermana pintora, Lucy, a la que idealiza…

Os voy a sobrevivir… a los dos”. “El día de su funeral daré un discurso para recordar lo despiadada y manipuladora que era”.

En la parte final, Anthony es mucho más dócil, se deja hacer, necesita compañía, no quiere quedarse solo, pide ayuda o que no le dejen… para caer en la completa indefensión en la secuencia final, en una regresión infantil casi plena, dependiente.

Llegamos de forma paulatina a esa vulnerabilidad descarnada y emotiva que nos muestra en la última secuencia. La altanería y el orgullo han desaparecido por completo en una regresión infantil que sólo busca consuelo en su desconcierto. Es tan maravilloso verle actuar como descorazonador escuchar sus dóciles y rápidas respuestas al consuelo que se le presta…

 

 

Quiero a mi mami”. “Siento como si perdiera todas mis hojas”.

¿Y yo quién… soy exactamente?”.

Hopkins clava cada fase, cada transición hacia ella. Está magistral.

Además, “El Padre” es un sencillo retrato de cómo afecta al entorno la demencia. Las discusiones entre el matrimonio, pequeñas mentiras para proteger al padre, las recriminaciones y desavenencias del cónyuge que no mantiene una relación de sangre (marido). Paul (Rufus Sewell), el marido, se muestra distante. Observen cómo en un principio no dirige la palabra a Anthony, incluso se sientan a distancia.

 

 

Y es que para los demás también es difícil gestionar esa enfermedad, arbitraria, errática, intermitente, interpretando desde la mentalidad coherente gestos o arranques que llevan a la trifulca, creyendo o pensando en fingimientos, maldades ocultas del enfermo… Sólo a través de la comprensión del hecho, del amor, de la paciencia…

Una película dura, dolorosa, pero que no enfatiza ni exagera las emociones porque no hace falta. Sobria. Emotiva y sin sensiblerías baratas. Un Anthony Hopkins esplendoroso y una idea resuelta con gran eficacia. Colman también luce. Un buen film.

 

 

sambo

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