EL OSO

EL OSO

RELATO

 

 

 

¡Cómo me gustaba aquel oso! Sentía pasión por él. Recuerdo todo lo bueno que me hacía sentir cuando era un niño. Un oso grande, mullido, un peluche acogedor con el que dormía, sobre el que me tumbaba, que me acompañaba a todas partes…

Y lo perdí. A saber cómo… Lo olvidaría en cualquier sitio, algo normal tratándose de un crío. Recuerdo que me frustraba y culpaba a mi madre por no traérmelo, que lo añoraba y lo pasaba mal pensando en lo que estaría pasando el pobre…

Aunque tenía que mantenerme a mí y a aquel pequeño piso en el que vivíamos con un trabajo paupérrimo que no le permitía ninguna alegría, mi madre exprimió su bote de cristal que nunca se llenaba, donde metía sus escasos ahorros para imprevistos, para comprar un peluche más modesto que yo rechacé, aunque no tenía más juguetes. Aquel impostor era un cutre sucedáneo, un trampantojo que buscaban distraer mi dolor sin entender lo que de verdad sentía. Mi oso era mucho mejor, más grande, más bonito…

Era un oso caro, el único regalo de mi padre, curiosamente, aunque ejerció mejor que él y, desde luego, mucho más tiempo. Creé un vínculo especial con aquel oso, al que explicaba mis juegos y desvaríos infantiles, por lo que pasé varios meses como alma en pena. Me cambió el carácter, me volví taciturno a mi escasa edad, incluso en el colegio se notó. Hasta que llegó aquella misteriosa carta…

Estaba encima de mi cama. La leí junto a mi madre, aunque ya me defendía bastante bien con los textos. Estaba escrita con la letra de un niño de mi edad, pero lo que nos dejó pasmados a mi madre y a mí fue la foto que contenía el sobre.

Era una foto de mi oso, un primer plano de su cara sonriente, como si se la hubiera hecho él mismo. En la carta relataba que lo habían secuestrado un día que lo llevé al parque. Unos desaprensivos se lo habían llevado aprovechando que me había distraído, pero que se había escapado, aunque estaba en la otra parte del mundo y le era difícil moverse sin que le vieran. Tenía un amigo que le ayudaba con las cartas. Explicaba que estaba bien y haría lo posible por regresar.

Aquello me tuvo en vilo toda la semana. No paraba de preguntarle cosas a mi madre, mientras ella mostraba su perplejidad ante el acontecimiento y sobre quién pudo haber dejado allí la carta sin que nos enteráramos.

Justo al cumplirse una semana desde la primera carta, llegó otra. Mi oso me contaba que estaba aprendiendo a leer y matemáticas para intentar llegar a casa. Necesitaba un trabajo para conseguir un poco de dinero porque estaba muy lejos, pero que tenía que tener cuidado, ya que los malvados que lo habían raptado lo estaban buscando. Por supuesto, la carta incluía una foto, en esta ocasión con mi oso, al que sólo se le veía un perfil, mirando una pizarra llena de números y letras.

Los días entre semana se me hacían eternos. Volvía corriendo del colegio preguntando si había llegado otra carta, miraba en la cama por si acaso mi madre no se hubiera dado cuenta, en la escuela me esforzaba por mejorar en la lectura y con las matemáticas, como mi oso, por si tenía que ayudarlo.

Con escrupulosa puntualidad, todas las semanas, el mismo día, llegaba una carta suya que aparecía en mi cama como por arte de magia. En todas mi oso me contaba lo que iba haciendo, sus esfuerzos para llegar a casa, siempre acompañada de una foto. Contaba sus avances, que había llegado a México, en América, que allí entendía a todos. Me dijo que había empezado a trabajar en un hotel, que hacía las camas y fregaba los platos, que cada vez tenía más dinero ahorrado y pronto podría viajar. Relató sus aventuras con aquellos villanos, que una vez lo descubrieron y lo persiguieron. Todo ello con fotos de las habitaciones y el hotel donde trabajaba, o la cocina donde fregaba los platos, o las calles por las que paseaba…

Ni que decir tiene que, siguiendo los pasos de mi amigo, imitaba todos aquellos relatos. Ayudaba haciendo mi cama sin queja alguna, cuando era algo para lo que siempre me hacía el remolón; secaba los platos que fregaba mi madre, indagaba en mapas para saber dónde estaba México y el viaje que tenía que hacer mi compañero…

 

 

Cuando las fiestas navideñas se estaban acercando, el oso me anunció que por fin había ahorrado el dinero necesario para venir a casa. Me advertía que tendría que ser cuidadoso para que los villanos no lo descubrieran en el último momento, porque lo seguían de cerca y quizá supieran de su viaje. Había comprado un billete de avión, que me mostraba en la foto junto a su cara sonriente. Había crecido, lo veía más grande, pero era lógico, había pasado mucho tiempo…

No hace falta que os explique la ilusión y emoción que me embargaba. Cuando me levanté el día de Reyes y vi a mi oso sentado en el salón junto a su cámara de fotos, hijos de aquel bote siempre vacío de mi madre, fui el niño más feliz del mundo. Recuerdo aquella alegría casi como si fuera hoy, aunque con el tiempo fui dándome cuenta de que más que a mi oso, eché de menos aquellas cartas y aquella vida relatada en imágenes.

Ahora mi madre no está, me dejó hace demasiado tiempo, pero aquel oso, donde ella se oculta entera, sigue aquí conmigo, bastante sucio y maltrecho, acompañándome en mis viajes como fotógrafo por todo el mundo, recordándome el mejor regalo que jamás tuve.

 

sambo

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