EL LADRÓN DE CADÁVERES (1945) -Parte 1/2-

EL LADRÓN DE CADÁVERES (1945) -Parte 1/2-

ROBERT WISE

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una desértica calle en plano general sólo transitada por una bella y cantarina joven, la noche, el húmedo asfalto, contrastes lumínicos, las sombras parcheadas de tenues luces y, al fondo, la abisal oscuridad de un pasadizo por el que se perderá la muchacha. Acto seguido, una carroza guiada por un caballo aparece surcando la noche, siniestro, siguiendo a la joven. Sólo se oye la melodía que sale de la suave garganta de la chica y los atronadores cascos de los caballos, lentos, parsimoniosos, decididos en su determinación hasta desaparecer también en la oscuridad que atravesó la chica. La calle queda desierta completamente, sólo nos acompaña la melodía que canta la joven… hasta que se interrumpe bruscamente…

 

 

No se puede describir más poéticamente un crimen. Terror sugerido en estado puro. Pura maestría. Estética expresionista perfecta que fusiona fondo y forma. ¡Qué sabor! ¡Qué goce! ¡Qué escena! ¡Qué juego con el sonido que te cala hasta lo más hondo! Oír los casos del caballo logra que te recorra un escalofrío.

Habréis leído aquí muchas veces, que el género de terror, el terror sugerido, es el más poético de la historia del cine. Esa memorable escena, que debe estar por derecho propio en la antología del género, es el perfecto ejemplo del porqué. No se puede decir más con menos. La capacidad de sugestión, de sugerir sin mostrar, de crear atmósferas, de crear poesía visual, incluso de lo truculento, tiene en esa secuencia uno de sus ejemplos paradigmáticos.

Por esa escena, entre otras muchas cosas, “El ladrón de cadáveres” es una de las mejores obras de la RKO y del género de terror clásico en general. Una joya incontestable.

 

 

 

Una película que reúne a dos mitos del fantaterror y el cine clásico, Boris Karloff y Bela Lugosi. Quizá la película donde el desnivel entre los dos actores es más acentuado, con un Karloff descomunal y regio y un Lugosi en un rol secundario poco llamativo.

Dos grandes actores, iconos y mitos del género, aunque Karloff siempre tuvo un mayor prestigio interpretativo y una carrera más centrada y regular. Curiosamente, Karloff le debe casi todo a Lugosi cuando el húngaro rechazó el papel de Frankenstein.

Hasta principios de los 40 ambos actores tenían un estatus similar gracias a sus éxitos, aunque Lugosi alcanzó antes la fama, lo que le permitió renunciar al papel de Frankenstein, que se le concedió a Karloff, error que reconoció posteriormente; pero a partir de esa fecha la estrella de Karloff se mantuvo mientras que la de Lugosi fue languideciendo, con lo que el actor británico pudo estirar más tiempo sus momentos de gloria. Buena muestra de esto lo tenemos en la película que nos ocupa, donde un Karloff estelar eclipsa por completo en su papel protagónico a un competente Lugosi en un rol insustancial y secundario.

 

 

Lugosi tenía un carácter difícil de divo irascible, aunque era un auténtico seductor de damas. Karloff era lo contrario, un tipo elegante y correcto. En contra de las leyendas populares y los cotilleos, Karloff y Lugosi tenían una buen relación, incluso muy buena, aunque compitieran en ocasiones por el mismo papel, en lo que no era más que una rivalidad profesional lógica.

Mi aprecio por Karloff fue creciendo hasta superar al que le tenía a Lugosi, pero finalmente comparten sitio en el Olimpo de los grandes del fantaterror de todos los tiempos en mi corazón.

Juntos hicieron ocho películas, que sólo por ese hecho ya merecen el interés, aunque la mejor de todas ellas, con diferencia, es la que nos ocupa: “Satanás” (Edgar G. Ulmer, 1934); “El don de la labia” (Karl Freund, 1934), donde aparecen brevemente, un cameo sin más; “El cuervo” (Lew Landers, 1935); “El poder invisible” (Lambert Hillyer, 1936); “El hijo de Frankenstein” (Rowland V. Lee, 1939); “El castillo de los misterios” (David Butler, 1940) y “Viernes 13” (Arthur Lubin, 1940). La última es esta que aquí analizo.

The Body Snatcher (1945) aka Robert Louis Stevenson’s The Body Snatcher
Directed by Robert Wise
Shown: Boris Karloff

Karloff está sencillamente espectacular en la película. Un papel realmente inquietante y perturbador, rico en matices y en profundidad psicológica, con una dualidad muy bien definida, como muestra en la primera escena: simpático con la niña y siniestro al mencionar al doctor… Su personaje, John Gray, es tan educado como maquiavélico. El cochero de la muerte.

Su frivolidad hablando de los muertos es escalofriante.

Lugosi aparece bastante exagerado en un rol inquietante pero sin interés en la trama. Su presentación en la sala de anatomía tiene esos ingredientes y parece querer concedérsele más importancia al personaje de la que finalmente tendrá. Un papel meramente testimonial que más parece una excusa para sacar partido a su nombre y poder vender un duelo con Karloff.

 

 

De hecho, su escena estrella es con Karloff en un duelo a muerte. Joseph (Bela Lugosi) intenta chantajear a Gray (Boris Karloff), pero no le dura a éste ni medio asalto. Una brillante escena de magnífica estética expresionista donde las violentas siluetas escenifican una pelea en una estancia iluminada con la luz del fuego de la chimenea y velas. Gray le contará la historia de Burke y Hare, dos asesinos que vendían luego los cuerpos a los médicos, lo emborrachará y aprovechará esa situación para matarle. Karloff aparece con un gato, animal simbólico ligado a la muerte. Una muerte casi simbólica en cuanto a la carrera de los dos actores.

 

 

El ladrón de cadáveres” es otra de esas joyas que nos regaló la RKO de la mano del productor Val Lewton dentro del género de terror. Una de las mejores además. La dirección del gran Robert Wise, la atmósfera creada, inigualable, y la fotografía de Robert De Grasse convierten a esta adaptación del relato de Robert Louis Stevenson (va de Roberts) en una obra de arte incontestable de la que debería aprenderse en la actualidad.

Luchas de clases

Karloff y Lugosi comparten protagonismo con Henry Daniell, que interpreta al Doctor Wolfe “Toddy” MacFarlane, que resulta tan inquietante como aquellos. No es de extrañar que atemorice a los críos. Un hombre brusco, con poco tacto y aires de superioridad, al que veremos sus costuras conforme avance la narración. Será frío con la niña y poco insistente con su caso. Él será el principal protagonista junto a Karloff, con el que mantendrá un magnífico juego y duelo psicológico.

Ese duelo es interesante, ya que Gray (Boris Karloff) suministra cuerpos a MacFarlane (Henry Daniell), incluso frivoliza con ello, pero su postura es completamente honesta y franca en ese asunto. MacFarlane, por el contrario, es un hipócrita, se avergüenza de sí mismo y quiere tener el mínimo contacto con Gray (descubriremos más secretos que reafirmarán estas cuestiones), pero a la vez acude a él cada vez que quiere un cuerpo, usándolo cuando le conviene. Ese sentimiento de culpa y su profesionalidad es la causa de que no le gusten las bromas sobre muertos y enterrados que oye entre sus alumnos… Esta relación es enfermiza, un juego de dominación psicológico que sólo puede tener un mal fin. MacFarlane desprecia a Gray, pero ese tipo representa su podredumbre moral, el reconocimiento de la misma, por lo que, de alguna forma, no puede renunciar a él. Simplemente, no quiere mancharse las manos, por lo que usa su posición para lograr sus objetivos a través de Gray.

En cuanto a mí, nadie me contradice cuando tengo razón”.

 

 

Esa broma sobre un tal Burke y un tal Hare que rechaza MacFarlane tendrá un eco posterior, cuando sepamos lo que ocurrió con él y su vinculación con el doctor. Dos asesinos que luego vendían los cadáveres a los médicos.

MacFarlane se demuestra un supersticioso, incluso vincula la curación de la niña, que logre dar sus primeros pasos, al hecho de haberse deshecho de Gray.

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Gray se permite lujos y licencias con MacFarlane que no le vemos a ninguna otra persona, lo que extraña e inquieta, al ser un hombre que atemoriza e impone a los que le rodean. Ambos se parecen más de lo que cabría suponer, rezuman cinismo y petulancia. La escena cumbre de esta cuestión la tenemos en el restaurante donde ambos se encuentran y charlan junto a Fettes (Russell Wade). Gray no parará de llamar a MacFarlane por un apelativo, “Toddy” (sólo su amante le llama así también), demostrando confianza y una relación anterior que el doctor no se atreve a contradecir, como atemorizado. Gray se va descubriendo cada vez más amenazante, chantajeando sutilmente ante su propio alumno. El cochinillo que se comerán resulta casi simbólico.

 

 

 

Es forzado que el chico saque el tema de la operación de la niña delante de tan siniestro personaje, que enseguida usará ese tema para forzar y presionar a su odiado amigo. Mencionará que le salvó la vida, esbozándose así su antigua relación y explicando las causas de la inacción y sumisión del doctor ante el cochero…

Gray va acosando cada vez con más intensidad a MacFarlane, apareciendo en su casa sin motivo aparente, por ejemplo cuando le visita tras entregar el cadáver de la cantante callejera. Una visita que supone una amenaza y la intención de seguir visitándole.

Posteriormente, de nuevo en el restaurante, ambos tendrán otra conversación, donde Gray intentará desprestigiar el talento de MacFarlane.

Sus ojos reflejan mucha sabiduría, pero ninguna comprensión”. Ante un espejo.

 

 

El siguiente paso que dará será intentar involucrar a MacFarlane con el cadáver de Joseph, al que acaba de asesinar él mismo, colocándolo en su casa.

Hay una interesantísima reflexión vertebrada en esta relación. Una lucha de clases encubierta que escenifica el rencor y la envidia del pobre así como el sentimiento de culpa y la prepotencia del rico. Una relación llena de mezquindad y ruindad que sólo puede terminar de forma violenta y autodestructiva.

Tener influencia sobre ese hombre de gran reputación, un caballero, hace sentir bien a Gray, poderoso, en una forma de saciar sus complejos de clase. MacFarlane, por su parte, cree gozar de la impunidad que le da su estatus, pero no logra evitar el sentimiento de culpa y los complejos.

Mi orgullo le necesita”. “No, Toddy, no te has librado”.

Me enseñaba las matemáticas de la anatomía, pero la poesía de la medicina, no”.

El caso de una niña inválida a la que sólo MacFarlane parece poder curar, es la base de la historia, de la que se irán descubriendo truculentos secretos. Es fácil deducir por donde van a ir los tiros con estos dos elementos. Los ladrones de cadáveres y una niña inválida que necesita al doctor…

 

 

 

Lee aquí la Última Parte del análisis.

sambo

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