EL JUICIO DE LOS 7 DE CHICAGO (2020)

EL JUICIO DE LOS 7 DE CHICAGO (2020)

AARON SORKIN

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ágil cinta de juicios con reivindicación social, muy acorde de los designios de estos tiempos. Con Netflix y Dreamworks detrás. Una cinta mejor escrita que la mayoría de las nominadas, con buenos diálogos y una fidelidad histórica bastante aceptable, que más allá de la deriva que pretenda muestra un buen número de grises, lo que siempre es positivo, aunque no llega nunca a ser profunda, reseñable o significativa, siendo, en conjunto, tópica y convencional. Carece de desarrollo en la mayoría de los aspectos (personajes, relaciones, conceptos) y es bastante autocomplaciente, defecto que se achaca a Sorkin habitualmente. Sí, hay mucha soflama, pero no incide en el maniqueísmo.

Aunque es cierto que Sorkin no destaca especialmente como director, sí lo hace como guionista. Es una película aceptablemente escrita, que tiene mejores diálogos que planos. Aquí, su plana dirección, pretende compensarse con un montaje ágil y dinámico, aunque infructuosamente. La película se ve bien, es ligera y entretenida, a grandes rasgos, aunque no apasiona ni emociona en ningún momento. Es una película sobre un juicio, con lo que eso conlleva… Añoro el matiz y la complejidad.

El juicio de los 7 de Chicago” tiene buen ritmo, pero es completamente convencional, previsible y falta de tensión. Un título judicial con trasfondo político que contiene una evidente crítica a ese sistema judicial. Un concepto liberal, aunque centrándose más, como casi siempre, en el lado republicano para abrir la crítica, aunque el gran jaleo se montara con la administración demócrata. Es decir, es muy común que cuando el problema es demócrata se incluye a los dos partidos, o sea, todos son calamitosos, pero cuando la cosa es republicana se suele concretar con saña…

Con su reparto coral, apuesta por la perspectiva múltiple. Tiene un tono que fluctúa de lo arrogante a lo bufo, de lo prepotente a lo fanfarrón. Sorkin decide confiar en la digresión de los diálogos en busca de dinamismo, aunque a veces la película resulta algo dispersa y, sobre todo, poco detallada en muchos aspectos. O cuando conviene.

La presentación es buen ejemplo de ese dinamismo pretendido desde el montaje. Música que da ritmo, travellings y encadenados verbales de una escena a otra para presentar a los distintos líderes de colectivos sociales y políticos contrarios a la Guerra de Vietnam, cada uno con sus posturas, unos más sosegados, otros más violentos, unos hablan de paz, otros de guerra… Estamos en los convulsos 60, un consabido contexto con la Guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles.

Tom Hayden (Eddie Redmayne) y Rennie Davis (Alex Sharp): Líderes estudiantiles por una Sociedad Democrática.

 

 

Jerry Rubin (Jeremy Strong) y Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen): Líderes del Partido Internacional de la Juventud (Yippies).

 

 

Si vamos tirando pieles de plátano por todo Chicago, el gobierno acabará resbalándose con alguna y reaccionará desproporcionadamente. Se irá consumiendo a sí mismo”.

David Dellinger (John Carroll Lynch): Líder de la movilización para acabar con la Guerra de Vietnam. El Mobe.

 

 

Bobby Seale (Yahya Abdul Mateen II): Líder de los Panteras Negras. Será uno de los acusados, si bien se mantendrá al margen en el juicio, sin representación legal, además, ya que su abogado no pudo acudir. Será acusado también de un asesinato a un policía.

 

 

 

Lee Weiner (Noah Robbins) y John Froines (Danny Flaherty): Estudiantes y activistas.

 

 

Detenidos en la 35ª Convención demócrata.

El grueso de la narración se centrará cinco meses después de la mencionada convención, con Nixon en el poder y el juicio a las puertas.

Sorkin muestra un todo completo, donde aunque toma partido en el tono, es capaz de mostrar las fisuras de los distintos discursos, los defectos y también las luces de las distintas posturas o, más concreta y definidamente, la de los acusados. Los muestra como buena gente, buenas personas, que guardan respeto y silencio por los caídos en Vietnam cuando salen sus nombres por la televisión y quieren terminar con una guerra, pero no obvia sus otras cosillas.

 

 

Estos chicos, en realidad, son unos idealistas, incluso aunque vayan de colgados. Son majetes y divertidos.

Se cargará la culpa de un bando a otro sobre quién inició los disturbios; veremos a los acusados aleccionando sobre técnicas de confrontación, violentas o provocadoras, observaremos las distintas visiones de los distintos líderes para enfrentar la acción gubernamental…

Todo dentro de un juicio manipulado, un paripé de juicio con veredicto dictaminado de antemano y una puesta en escena elaborada, como la acusación a los dos estudiantes para rellenar y camuflar…

 

 

Sorkin además siembra de grises al Fiscal Schultz, que andará mosqueado durante el proceso sobre los verdaderos intereses del mismo, algo un tanto débil en lo dramático, ya que lo que ve debería hacerlo obvio. De hecho no se corresponde del todo con la realidad histórica de Schultz.

Los rasgos de estilo son, en su mayoría, meramente funcionales. En la presentación del Fiscal Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt), en la sala del Fiscal General, John Mitchell (John Doman), predominarán los tonos amarillentos, ocres, en la iluminación. Un lugar acogedor para las confabulaciones. Se busca pena federal para los causantes de los disturbios. Se busca un fiscal competente para condenar a esos desarrapados, a sus líderes, basándose en una ley no aplicada hasta ese momento, anticuada y diseñada para limitar la libertad de expresión… un error táctico que les dará publicidad. Y polarizará.

 

 

Usará el plano secuencia en la preparación del juicio hasta la entrada de Bobby Seale. Estamos a 26 de septiembre de 1969. Ocho acusados.

Por el contrario, en los interrogatorios y demás, Sorkin usará múltiples posicionamientos de cámara, en un aseado rodaje que dinamiza el montaje.

 

 

La frontalidad aparece con intenciones solemnes, para mostrar personajes autoritarios o entornos de poder. Un ejemplo lo tenemos en el despacho del ex Fiscal General Ramsey Clark (Michael Keaton), de nuevo con predominantes marrones e iluminaciones tenues, con los funcionarios del gobierno, oscurecidos, al fondo del plano.

 

 

Montaje paralelo con flashback, ya que se insertan sucesivamente en una amplia fase del presente, como contestaciones a las preguntas que se van realizando. Usa distintos tipos de montaje en busca del dinamismo, paralelos, alternos, convergentes…

 

 

Este recurso es muy utilizado con distinto sentido. En unas ocasiones se contradice la versión del presente en ese viaje al pasado. En otras ocasiones se avanza, contestando a la pregunta con el flashback. Otras veces se confirma lo relatado… Poco a poco se hace un fresco, pretendidamente objetivo, sobre lo ocurrido en el día de autos. Se usan además imágenes semidocumentales y en blanco y negro para ese pasado.

Con ellos veremos lo que desembocó en los disturbios. Como el pacífico Hayden y su equívoco mensaje exaltando a las masas y llamándolas a la violencia, que Hoffman justificará con confusiones léxicas sobre posesivos y adjetivos vagos…

Esta es la primera vez que me juzgan por mis ideas”.

Otros flashbacks, fugaces, funcionan como aislamientos dramáticos de algunos personajes (ese sobre Hayden con los policías quitándose las placas y las chapas con sus nombres).

 

 

Otro de los aspectos estilísticos más destacados del film son las digresiones. Discusiones, bromas, reflexiones en ese ecléctico grupo de acusados, por ejemplo.

Detalles. En la “Oficina de la Conspiración” veremos posters de Hitler y Nixon, en una poco sutil sugerencia.

 

 

Sorkin no es un director brillante, al menos hasta el momento. Hay cierta rigidez y torpeza en su puesta en escena, que se acentúa al ser una cinta de juicio, con lo que eso conlleva.

Observen la escena en la que los abogados defensores y el acusado Hayden acuden a ver al anterior Fiscal General (Michael Keaton) para hacerlo testificar. Es una puesta en escena artificiosa. Hayden, al entrar, queda en la parte derecha del encuadre, es decir, más próximo a la siguiente estancia, por lo que de emprender movimiento sería el primero en entrar, pero extrañamente deja el paso a los otros dos, en un gesto que desconcierta (alguno pensará que es por jerarquía, aunque ni siquiera es la estancia definitiva en la que deben entrar, sólo de tránsito, o para resaltar su carácter educado, más que resaltado), pero acto seguido la doncella lo apela para preguntarle por su actitud en el juicio, descubriéndose que ese gesto era para quedar último y facilitar el diálogo con la mujer… Esto se hubiera resuelto colocándolo en el otro lado de la escena más naturalmente o haciéndolo retroceder al ser apelado…

 

 

Los personajes, puramente ideológicos, carecen de entidad, definición o arco alguno.

El guión tiene cosas mejorables. Las deducciones a las que llegan determinados personajes, por ejemplo sobre las motivaciones del Fiscal General para seguir adelante con el proceso (mosqueado por cómo se comportó su predecesor en el cargo, dimitiendo tan solo una hora antes para no ceder a la cortesía habitual), que parece haberlas ido pregonando a los acusados para que debatan sobre ellas sin esconderse… Un poco artificioso para favorecer diálogos y motivaciones. Un guión en ocasiones algo ingenuo.

 

 

Es de guión perezoso el uso de las “conversaciones azarosas” (esas digresiones por las que apuesta Sorkin), que dan claves a los personajes, como esa mencionada que provoca la visita al ex Fiscal General que interpreta Keaton.

El final causa bastante bochorno, con esa especie de “El Club de los Poetas Muertos” (Peter Weir, 1989) que se marcan los acusados, recitando a los caídos en Vietman ante las apelaciones desesperadas del juez, que además de completamente artificiosa y ridícula es falsa, jamás ocurrió.

 

 

 

 

 

 

El juicio plasmado resulta bastante surrealista con algunas de las cosas que se muestran, pero por lo que pude saber en realidad es bastante fiel, incluso se queda corto. El juez que parece chochear, las interrupciones y vaciles de los acusados… Nos moveremos desde el día 1, el 3, el 4, el 23, el 89, 104, 151…

Interrogatorios sobre las concesiones de permisos, donde unos pretenden lanzar sospechas de extorsión y otros desmentirlas; señalar los verdaderos objetivos de esos grupos y activistas, para contrarrestarlos; el juez anulando el testimonio del ex Fiscal General Clark y haciendo salir al jurado para que no le oigan testificar; polis infiltrados, Allen Ginsberg, el asesinato al líder de los Panteras Negras (Fred Hampton, del que este año ha llegado “Judas y el Mesías Negro”, también nominada), en flashes de fotos… un juicio predefinido.

 

 

El abandono de dos jurados, que los defensores creían afines, con malas artes (el 6 y el 11), tras recibir amenazas hacia su familia por los Panteras Negras, supuestamente. Buena jugada táctica, desde luego.

Múltiples cargos de desacato para el abogado defensor por parte del juez gagá. Mentiras e invenciones policiales…

Bobby Seale aparece amordazado por rebelarse contra el juez durante un momento del juicio. El fiscal Schultz, hombre justo, pedirá la retirada de cargos. Efectivamente, en la realidad fue amordazado, pero no un ratito como en la película, sino varios días.

 

 

 

 

 

La agresión del pacífico David Dellinger a un policía ante su hijo en el juicio. Esto no ocurrió, aunque Dellinger llamó nazi y serpiente al fiscal. No pegó a nadie.

 

 

William Kunstler (Mark Rylance) fue acusado de 24 delitos de desacato durante el juicio. Y Bobby Seale acusado en falso del asesinato de un policía en Connecticut.

Aunque se da una imagen bastante moderada del fiscal Schultz, un hombre justo y de bien que duda de las intenciones gubernamentales en el proceso y demás, por lo que se comenta no era tan bondadoso ni dudoso con esta causa.

Lo mismo ocurriría con el personaje interpretado por Eddie Redmayne, al que se define mucho más bueno, moderado y sensato de lo que era en realidad, por eso chirría tanto cuando le vemos pedir sangre…

 

 

La historia de la seducción de una agente de policía a Rubin es inventada, como lo es que fuera detenido impidiendo una violación.

 

 

Sí es bastante ajustado lo del ex Fiscal General Clark (Michael Keaton).

Los acusados fueron declarados culpables y condenados a 5 años de prisión. El juicio fue anulado por el Tribunal de Apelaciones del Séptimo Circuito, que lo ordenó repetir, algo a lo que se negó el Fiscal General.

El mundo nos mira”.

Referencias culturales: Jefferson Airplane, Krupa, Ginger Baker, Cream

 

 

 

 

Las interpretaciones son correctas, aunque ninguno deslumbre. Merece mención especial Sacha Baron Cohen, que ha sorprendido con su encarnación, aunque ya había demostrado un talento ecléctico con otros directores como Tim Burton o Martin Scorsese. Rylance siempre es un placer y el resto cumple con solvencia.

Muy bien está Frank Langella como el juez Julius Hoffman, un tanto perjudicado de la cabeza… Es interesante su carácter clasista. Autoritario con los acusados, dócil con el ex Fiscal General. Es curioso o extraño el cambio de carácter al enfrentarse con el personaje de Keaton según nos lo habían ido pintando, pero al ver los derroteros de la declaración de Clark, según la cual la investigación ordenada se dirigía hacia la idea de que los disturbios fueron iniciados por la policía, anulará el testimonio.

 

 

El Juicio de los 7 de Chicago” queda lejos de aquellos thrillers políticos de los 70, de las obras de Alan J. Pakula y ese estilo, a los que de alguna forma recuerda. Es una cinta cumplidora, apañada, que se ve bien, funcional, divulgativa, discursiva… A pocos se les escaparán las intenciones de extrapolación a la época actual, para criticar a Trump. Sencilla y obvia.

 

 

sambo

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