EL CARDENAL (1963) -Última Parte-

EL CARDENAL (1963) -Última Parte-

OTTO PREMINGER

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La religión como fundamento de mejora social

Estamos en el periodo entreguerras, cercanos a la 2ª Guerra Mundial, con una Italia que reivindica a “El Duce” en pintadas en las paredes, que contrastan con los limpios muros de las iglesias.

En flashbacks acudiremos a los progresos de ese párroco que será ordenado Cardenal, desde 1917, al final de la Gran Guerra. Él es un inexperto y brillante teórico, historiador (hablará de la Reforma y la Contrarreforma, del Concilio de Trento, sobre los nacionalismos…), muy preparado, que habla italiano y alemán, que saldrá a la vida dando sus primeros pasos en una parroquia en Boston, y donde emprenderá su evolución como párroco y rector de seminario.

 

 

Preminger desarrolla esa evolución con gran precisión y acierto, con profundidad, retratando las sucesivas experiencias que le hacen replantearse sus teorías, conflictos de difícil dilucidación, donde las crudas realidades sociales se mezclan con las duras experiencias vitales y familiares, personales en suma, enriqueciendo su espíritu, aumentando su sabiduría… Con ello, el director logra un magnífico fresco del impacto que la religión y sus grandes hombres tienen en la sociedad y en la vida en general, desde los pequeños sucesos a las grandes decisiones, para bien y para mal.

De hecho, la idea de diplomacia sobrevuela toda la película. Es algo que tendrá que ir aprendiendo. Diplomacia para lograr cosas, apoyos, soluciones. Lo verá con el monseñor Monaghan en Boston, que se codea con millonarios donantes, clientes preferentes que ayudan a sostener la parroquia y su labor. Aquí dará un primer paso en el que deberá aprenderá lo que es el día a día, lo práctico, que es lo que necesita la parroquia, más allá de cultura y teorías.

 

 

Fermoyle es ambicioso, indudablemente ambicioso, pero una ambición bien entendida, aunque pueda caer en contradicción con ciertos postulados católicos. ¿Es Fermoyle un trepa o un sacerdote vocacional?

Tal vez el mejor sacerdote del mundo, ¿no? ¿Y cómo esperar llegar a serlo si ya estás cometiendo el pecado de soberbia sólo con pensarlo?

De hecho, la falta de humildad y la ambición serán identificadas como defectos en Fermoyle, que deberá ir a un nuevo destino para redimirlos. Allí conocerá a un párroco que le da la lección necesaria. Pura humildad y una sensación de fracaso en un hombre que lamenta sus errores, a menudo producto de su generosidad extrema, que llevaba las parroquias a la quiebra… El padre Ned Halley (Burgess Meredith) será un personaje importante en la madurez del protagonista por esos valores que transmite, como también lo será la vecina que lo cuida, una abnegada joven que predica con el ejemplo sin necesidad de ser religiosa (Jill Haworth).

 

 

Fíjense en el contraste. La habilidad del párroco de Boston para conseguir donaciones y la extrema generosidad del Párroco de Stonebury que endeuda a sus parroquias… pero gana el corazón de sus parroquianos, que no escatiman en cuidados, mimos y ayudas en pago.

Un vanidoso y ambicioso cachorro de Roma”.

La gestión de una parroquia para poder ayudar a la comunidad; la resolución de conflictos morales o teológicos; el conflicto surgido en parejas de distintas religiones, la posibilidad de la conversión… La necesidad de un líder siempre, como vemos cuando esa muchedumbre se enfervoriza ante un supuesto milagro y debe haber quien los atempere y ordene sus ánimos (esto dará además para interesantes reflexiones teológicas).

El conflicto con el mundo judío a través del novio de Mona y la familia de aquel, sirve para desarrollar buenas reflexiones filosóficas, teológicas y morales (Darwing, la evolución), así como para exponer las virtudes intelectuales del protagonista, sus firmes convicciones y razones, sus dotes diplomáticas incluso… así como las estrictas reglas, los fundamentos, las ideas, que separan dos mundos que conviven en este. Sale así el tema de la tolerancia y el respeto hacia las otras religiones.

 

 

Y es que en la historia con su díscola hermana, Fermoyle tendrá el duro impacto de la sordidez de la vida real, repleta de conflictos morales que retan a la pureza de sus creencias, tanto las personales como las eclesiásticas a las que representa. Ella será algo así como la personificación del caos y el descreimiento, abandonada de todo… víctima de la intolerancia religiosa. El amor contra la intolerancia religiosa.

Cuando tenga que elegir entre ella o el hijo que lleva en su vientre, Fermoyle tendrá que replantearse todas sus creencias, su verdadera competencia como hombre religioso, lo que manifestará en la analizada escena junto al Cardenal Glenn.

 

 

Dudará de su vocación, de ser capaz de acometer tan dura tarea ante las circunstancias que se le presentaron. Fermoyle se ve en una situación para la que no está preparado aunque creyese que sí. El paso de la teoría, que él dominaba sin problemas, a la práctica y la realidad, que además le toca íntimamente, haciéndolo todo muy duro. Se ve incapaz de escindir su faceta como sacerdote de la de mero hombre… hijo… hermano…

No quiero tener poder sobre las vidas de los demás”. “No puedo afrontar la responsabilidad”.

El recuerdo de su hermana lo vinculará toda su vida (fallecida dando a luz y padeciendo esclerosis múltiple), primero en las dudas que le surgen, luego en su redención, finalmente en sus motivaciones, sus actos, sus decisiones, en una eterna expiación siendo fiel a su vocación.

 

 

Fermoyle se evadirá en la teoría, en la ciencia, en la reflexión, ese terreno donde él se sentía poderoso y a gusto… incluso vivirá un poco, pensando en él mismo, iniciando una relación con una alumna, Annemarie, una pícara Romy Schneider. Ella lo forzará a otros planteamientos que le eran desconocidos: la lógica de la pareja, de la familia, conceptos que nuestro protagonista también conoce en la teoría, pero que tendrá que plantearse en la práctica y, de nuevo, desde el prisma íntimo y personal. Así deberá dejar de huir del pasado para estabilizarse en el presente y pensar en el futuro. Es la salida del cascarón personal, como hombre, junto a una bella guía.

Un cascarón que, roto, lleva al sentimiento de soledad, incluso rodeado de gente, como en la magnífica escena del baile, haciéndole sentir algo que nunca antes había sentido, aunque estuviera en soledad. Y a los celos. Al enamoramiento y sus circunstancias. Su inexperiencia social y sentimental sale a la luz. Eso sí, es necesario reseñar que baila bien, a pesar de su supuesta falta de práctica.

Con ella además se plasma una idea que subyace durante toda la película. La visión de América como una mirada al futuro (con defectos que no se esconden, como el racismo), mientras que Europa supone una mirada al pasado, al estancamiento.

 

 

Toda esta experiencia supone una catarsis para Fermoyle, que 10 años después, en 1934, ya como monseñor, vive en Roma el sacerdocio plenamente. Una vida dedicada a Dios, como un acto de renuncia, bello y sacrificado, deseado y compensado. Es como la ineludible sensación de responsabilidad que no puede obviarse, la pureza de la vocación.

Ahora sí se enfrentará a los problemas sociales que tenga que acometer, si bien es cierto no le alcanzan tan familiarmente. Eso sí, su compromiso los convertirá en algo absolutamente personal. Por ejemplo, el racismo en América.

A este respecto, Preminger no escatima en críticas a la propia iglesia, que en sus estancias más altas se lava las manos, teniendo que ser los humildes sacerdotes a pie de campo los que planteen la batalla. Una pequeña congregación víctima del racismo, donde el único colegio católico no admite a niños negros, donde ante las quejas la iglesia fue quemada… El debate planteado es ciertamente interesante, especialmente cuando se incide en la democracia, en la separación de poderes (donde la iglesia pintaría poco en la organización política y creencias culturales del país) y la naturaleza de la labor de los sacerdotes.

Un sinsentido que de alguna forma hace entender lo que terminó provocando la 2ª Guerra Mundial, cuando las democracias eran tan bien consideradas, cuando una dictadura tenía justificadores y miradas amables, cuando los problemas sociales eran mirados con laxitud, a pesar de las implicaciones morales, por aquellos que debían defenderlos según sus valores, amparándose en cualquier excusa, no siempre con sentido… ya que “cuidar de las almas inmortales de su rebaño” también implica la dignidad, la educación y el respecto…

 

 

El Cardenal considera que los cambios sociales y políticos no son cosa de un sacerdote, que, por tanto, por lo que parece, según él, debe limitarse a decir misa y dar consejos teóricos sobre el proceder de las gentes, a pesar de que estas estén sufriendo calamidades… Un debate muy interesante sobre el papel de la iglesia y su cambio, donde Fermoyle también termina enredado en la argumentación de la separación de poderes, que limitan el alcance de la iglesia.

La democracia, querido Fermoyle, no es ni la última ni tampoco necesariamente la mejor forma de gobierno. Es, sencillamente, la doctrina favorita de un continente descubierto por un hombre que imaginaba que iba a otro”.

Que Dios me perdone por haber sido yo quien te inició en la diplomacia”.

Fermoyle descubrirá que el miedo es la ley que se impone a la justicia. La presión, la opresión, la amenaza, la falta de respeto… el racismo. KKK, violencia e intolerancia. Se logra un hecho pionero: Blancos acusados por la declaración de un negro…

Es aquí cuando nuestro protagonista da un último paso en su camino. Una expiación física, donde su figura correría en paralelo a la de Cristo, ya que además de expiar sus pecados, espolea a la iglesia, la obliga a mojarse. Una expiación que además traerá arrepentimiento y perdón (el del hombre que le ayuda tras la paliza).

 

 

Ese conflicto entre la democracia americana, mirada con escepticismo en Europa, y el nuevo auge de los nacionalismos y las dictaduras (motivo que Fermoyle expuso como causa de la Gran Guerra) se manifiesta en su reencuentro con Annemarie en la previa a la 2ª Guerra Mundial, cuando descubre que el nazismo era consentido, mirado con simpatía cuando no defendido… 13 de marzo de 1938, con Hitler en auge, el beneplácito de la iglesia austriaca por diversas razones (entre ellas el miedo), que entra en conflicto con la romana, contraria y apolítica… Un referéndum apoyado por la iglesia austriaca para la absorción de Austria por parte de Alemania. Cuando todo era incertidumbre.

Se escenifica toda esta parte, el último tercio del film, como un lugar opresivo, vigilado, amenazante (esa foto clandestina, esos seguimientos…), que desvela el carácter autoritario y violento de los nazis.

 

 

Lo más interesante es de nuevo la falta de maniqueísmo, donde esa iglesia austriaca que compadrea con el nazismo no lo hace por maldad, simplemente lo hace por un análisis equivocado, una valoración incorrecta de la que se arrepentirá, incluso redimirá, en la persona del Cardenal Innitzer (Josef Meinrad). Una redención que ya comienza con su discurso en la catedral de San Esteban (Viena).

 

 

Por supuesto, todos aquellos que confraternizaron con el demonio, especialmente sus principales antagonistas, recibirán su brutal bofetón de realidad. Es tremebundo el acto de profanación, social y religiosa, que se muestra en el film con esa marabunta enardecida, fanatizada y descerebrada, lanzando proclamas y sin respeto alguno por nada, entregados a la violencia, mientras Innitzer se redime.

 

 

 

 

Todo concluye con un plano de Fermoyle, ya como Cardenal, exponiendo sus valores y los de la iglesia contra todo eso que bulle, sobre los totalitarismos y la libertad, en lo que supone la culminación de su viaje.

Aparte de su evidente carácter episódico, que tampoco esconde, de su obligada ligereza y superficialidad en ciertos aspectos, hay algunos momentos que quizá sobren en la narración. Un ejemplo claro lo tenemos en ese número de cabaret sobre París que en realidad no aporta nada, una vez nos zambullimos en esos cabarets, los oscuros callejones, los amantes ocasionales, los posibles abortos, los tugurios de mala muerte, la pérdida de la hermana… todo relacionado con Mona. La sordidez está bien mostrada, de ahí que ese número suponga un pequeño bache narrativo.

 

 

También sobra el retroceso y acercamiento sobre el rostro del protagonista para sacarnos y adentrarnos en los flashbacks, ese signo de puntuación desde el estilo para marcar la elipsis, porque tampoco hacía ninguna falta, habida cuenta de que ya hubo otras elipsis que se entendieron perfectamente… la única diferencia es que ha pasado más tiempo. Pero esto último es una tontería mía más que nada.

El reparto es magnífico, hay estupendos actores en él: Romy Schneider, John Huston, Raf Vallone… pero creo que es justo reconocer la notable labor del protagonista, Tom Tryon, que realiza un trabajo muy destacable lleno de sobriedad y sutileza.

 

 

Una obra notable, rica, reflexiva, episódica, que quiere abarcar mucho con la evidente dificultad de conseguirlo convenientemente en todos sus puntos, cayendo en ocasiones en cierta superficialidad (nazismo, guerra, racismo, conflictos teológicos y personales…), pero, desde luego, la película está muy bien tirada. Ambiciosa y notable.

Un Preminger que defiende con acierto la interesante novela de Henry Morton Robison, “El Cardenal”.

 

 

 

Dedicada a Sara, porque más vale tarde que nunca.

 

Lee aquí la 1ª Parte del análisis.

sambo

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