EL CARDENAL (1963) -Parte 1/2-

EL CARDENAL (1963) -Parte 1/2-

OTTO PREMINGER

 

 

 

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Otto Preminger es uno de los grandes directores de la historia, un maestro del clásico que además de talentoso era transgresor y atrevido. Como muchos de los cineastas clásicos, acometió todo tipo de proyectos en muy diferentes géneros, que hacen evidentes sus constantes e intereses como autor comprometido y arriesgado, con proyectos que sortearon la censura como pocas veces antes se había logrado.

Quizá esa sutileza proviniera de trabajar cerca de Lubitsch en alguna ocasión, quizá, pero el hecho es que fue un gran pionero y figura clave para evolucionar dentro del puritanismo de Hollywood.

Fue el primero en retratar la adicción a la heroína, sus crudas consecuencias, de escenificar el síndrome de abstinencia, haciéndolo además en el cuerpo de una estrella de la categoría de Frank Sinatra en “El hombre del brazo de oro” (1955). Cuando facturó la que es una de las mejores películas judiciales de la historia, si no la mejor, “Anatomía para un asesinato” (1959), su lenguaje explícito (ahora resulta ridículo, habida cuenta de que las palabras que citaré están ya tan normalizadas que a nadie escandalizan), causó no poca polémica: puta, bragas, esperma, violación, anticonceptivo… Parece ser que el propio padre de James Stewart, protagonista del film, aconsejó no ver aquella “sucia película” en la que participaba su hijo por este motivo… Sacó del ostracismo a Dalton Trumbo para escribir “Exodo” (1960); su mirada sobre la virginidad y el sexo en “La Luna es Azul” (1953)… Preminger siempre yendo un poco más allá, el director de una de las mejores cintas judiciales, sí, pero también de Cine Negro, con “Laura” (1944).

¿Y cómo encaja una película tan respetuosa y analítica con las interioridades de la iglesia católica, exponiendo los valores católicos siguiendo a su religioso protagonista? No parece muy transgresor, y no lo es. No pretendía Preminger nunca provocar gratuitamente, sólo exponer la realidad de las circunstancias en base a unos valores muy definidos… valores que en “El Cardenal” están plenamente presentes y muy bien expuestos.

 

 

American actor Tom Tryon and Austrian-born German actress Romy Schneider, with Austro-Hungarian born American director and producer Otto Preminger on the set of his movie The Cardinal. (Photo by Sunset Boulevard/Corbis via Getty Images)

 

 

Lo gracioso es que ahora, en la actualidad, la propuesta de Preminger ha adquirido un tinte que ni se imaginó seguro en la fecha de su realización. “El Cardenal” se presenta casi como una propuesta contracultural respecto a las tendencias mediáticas que acribillan al ciudadano, que asiste impertérrito e indefenso a una evidente ingeniería social desde los medios de comunicación.

En líneas generales, “El Cardenal” es una obra notable, si bien todos los conflictos sociales y políticos que expone son de gran complejidad y abarcan mucho tiempo, por lo que se ve obligada a cierta ligereza ante la dificultad de tratarlo todo con especial profundidad (racismo, teología, conflictos dramáticos internos y globales, nazismo, guerra…).

La pétrea arquitectura que abre la película, enmarcando y conteniendo el vagar de un minimizado protagonista, solitario, siempre en movimiento, define a la perfección el espíritu estoico, discreto, austero, frugal, modesto, tanto del sacerdote Stephen Fermoyle (Tom Tryon) como de los valores que defenderá (hay algo de inspiración en el arzobispo de Nueva York Francis Spellman para este personaje). La aparición de cadenas en esos primeros planos también es significativa y simbólica de esa vocación tan particular.

 

 

Y es que seguiremos con escrupulosidad y absoluto rigor el punto de vista del protagonista, compartiendo su periplo de manera estricta.

 

 

Preminger era un director de estilo muy limpio y depurado, que medía a la perfección los encuadres y recurría al montaje con mucha precisión y mesura, usándolo sólo cuando se veía obligado. Aquí, por ejemplo, se aprecia muy bien en las conversaciones, en las que, como era habitual en él, sólo recurrirá al plano-contraplano cuando el contexto o la situación dramática lo requieran. Es por ello que en la mayor parte de las secuencias renuncia a esa planificación, resolviéndolas sin corte, en plano secuencia.

Hay casi una completa ausencia del uso del contraplano, del montaje. Las escenas están resueltas en su mayoría en plano secuencia, sin corte, en cada escenario, retratando las situaciones en tiempo real, sin apenas elipsis en cada entorno, con planos fijos o usando la panorámica si necesita abarcar la acción de algún personaje, su movimiento, yendo del plano general a uno más corto o viceversa con acercamientos o alejamientos de cámara.

De los grandes y elegantes planos que vemos al inicio, pasaremos a una planificación algo más sincopada. Así, en el seminario, encontrándose con religiosos, en las conversaciones entre el mentor, el Cardenal Quarenghi (Raf Vallone), con su aventajado alumno, Stephen Fermoyle (Tom Tryon), Preminger retrata su complicidad y confianza con planos largos, solemnes, sin corte. Ahí se van definiendo roles, como el de nuestro protagonista, Fermoyle, un párroco estadounidense con mucho empuje, en un claro paralelismo con su propia nación.

 

 

En cambio, en la rutina, en casa de nuestro protagonista, el estilo cambia. Los cortes son más habituales (aunque en general se siguen limitando mucho), las escenas son más cortas y tienen más movimiento, todo es menos solemne, más natural y los escenarios se diversifican (parroquia y distintos lugares de la misma, casa y distintas estancias…).

 

 

Tres hermanos y sus conflictos que potenciarán ciertos dilemas morales y teológicos en el protagonista. Un hermano músico, una hermana joven, Mona (Carol Lynley), frívola y algo irresponsable ennoviada con un chico judío, otra, Florrie (Maggie McNamara), seria y responsable, pero sumida en la amargura y la intolerancia.

Preminger se deleita mostrando las ceremonias y celebraciones religiosas solemnes, retratadas con un rigor tremendo, gusto y respeto. Buen ejemplo, de los muchos que hay, lo tenemos en la secuencia final, cuando es ordenado Cardenal y arzobispo. Recordando al primer obispo norteamericano, John Carrol. Todo junto a su familia.

Preminger resolverá su discurso definitivo en un solo plano. Desde un plano general a un primer plano en ligero contrapicado, sin corte. Enfatiza así los valores y la labor de la iglesia contra los totalitarismos y por la libertad…

 

 

Es soberbia la escena en la que Fermoyle conoce al párroco de su nuevo destino. El padre Ned Halley (Burgess Meredith). La modestia del lugar, la suma humildad de aquel hombre y su enfermedad, la situación de la parroquia… en un solo plano, sin corte, yendo de una estancia a otra. Es otro paso en su evolución, para redimir su falta de humildad y ambición.

 

 

También en un solo plano se resuelve el dolor de Fermoyle tras la paliza en Georgia.

 

 

Es por ello interesante observar cuándo Preminger usa el plano y el contraplano: En la escena entre el Cardenal Glen (John Huston) y el agonizante padre Halley en una bellísima escena. O en la agonía preparto de Mona, la hermana de Fermoyle… Aquí los paralelismos son claros, enfatizando las emociones del momento, aislándolos con una función dramática que también es solidaria. Marcando la distancia que Fermoyle se exige mantener hacia su hermana, dando prioridad a sus creencias sobre ella.

 

 

Por otro lado, tenemos escenas, como esa magnífica conversación entre Fermoyle y el Cardenal Glenn, que suponen un punto de inflexión en el protagonista una vez ha perdido a su hermana. Preminger retrata las dudas de Fermoyle con precisión, con un inicio en plano-contraplano para cambiar a panorámicas siguiéndole en contrapicado, marcando su inestabilidad, incluyendo al Cardenal intermitentemente cuando se acerca en sus paseos, insertando algún corte sobre su rostro (el del Cardenal). Luego será el arzobispo el que se alce ante el sentado protagonista, con los dos en plano, para convencerle de que reflexione alejado del servicio durante uno o dos años.

 

 

En las conversaciones entre Fermoyle y Annemarie (Romy Schneider) también es interesante la planificación con la aparición del plano-contraplano: La primera conversación entre ellos será en un paseo por Viena, en 1924, con planos largos, travellings elegantes y solemnes, embellecidos por la ciudad que los enmarca, recordando a los iniciales. Una alumna coqueta, vivaz y decidida y un sacerdote metido a profesor disciplinado y solitario.

La planificación se mantiene en el café, con ambos encuadrados, en plano medio o general, pero que cambiará cuando ella se ponga más insinuante y coqueta, cuando indaga en lo personal.

 

 

 

 

 

Cuando Fermoyle confiese su pasado a Annemarie, su anterior ocupación, la planificación también cambiará, pasando del plano general que incluía a ambos al plano-contraplano.

La última conversación entre Fermoyle y Annemarie, con ella encarcelada, termina con un encadenado saliendo del flashback, en la escenificación de la definitiva victoria de su vocación, dejando aquello preso en su recuerdo.

 

 

En la discusión entre Fermoyle y el Cardenal austriaco, Innitzer, el plano-contraplano que se mantiene en su confrontación cesará con el ataque del austriaco con el tema de la chica, Annemarie, donde aunque el plano-contraplano se mantiene, este lo hace con ambos en el encuadre. Del conflicto general y político al personal. Si observan, además, Fermoyle, también a lo largo de la película en muchas ocasiones, tendrá la figura de Cristo tras él, en un símbolo moral que le apoya.

 

 

Analizando, por tanto, todas estas situaciones y decisiones, parece claro que Preminger utiliza el plano y el contraplano, es decir, los planos individualizados en los personajes, para momentos especialmente íntimos, emotivos o donde se desnudan sentimientos muy personales. Aunque queda claro que los utiliza de manera diversa, siempre depurada y significativa en lo narrativo.

Un pequeño ejemplo más, distinto, lo tenemos en esa grúa que se acerca al padre Gillis (Ossie Davis) en la ordenación como obispo de Fermoyle, tras recibir su ayuda con los ataques racistas, enfatizando su admiración.

 

 

 

–Más allá de la planificación, los encuadres o posicionamientos de cámara, es necesario destacar el uso de elementos escénicos. Uno de los más notables tiene que ver con el vestuario.

Observen la escena tras la secuencia del baile, con nuestro sacerdote ahora en su habitación, aún embriagado de sensaciones, en ese notable instante en el que ve su reflejo, engalanado y rodeado de glamour, donde la apariencia lo apabulla, donde no parece reconocerse en esa frivolidad. Justo en ese momento colocará su antiguo y sobrio vestuario ante el espejo, ocultando el anterior reflejo, marcando el contraste entre lo externo y el verdadero sentimiento… ante la crucial decisión. Un instante magistral y emotivo.

 

 

El siguiente momento es realmente antológico. El colorido de Annemarie (va de rojo) y cómo, sin palabras, con el vestuario de él frente a ella al día siguiente, tras un cristal que marca la distancia definitiva, se nos cuenta absolutamente todo. El vestuario que colgaba de una percha ante un espejo, símbolo de la apariencia, ahora representando la esencia de su enamorado. Sencillamente magistral y conmovedor.

 

 

Y es que ese traje, ese uniforme, no sólo incluye un vínculo y una decisión, con unas normas, sino que su simbolismo es mayor. Otorga e impone unos valores, unas ideas, por todo aquello que representa.

La nieve en el nuevo destino, junto al padre Ned Halley (Burgess Meredith), símbolo del momento en el que se encuentra el protagonista, necesitado de una redención y unas enseñanzas. Una pausa en su ambiciosa carrera.

El tren, en la estación, antes de partir a ese lugar nevado, adquiere el simbolismo del inevitable destino, al darle la noticia a Fermoyle de la desaparición, huida, de su hermana en ese preciso momento.

 

 

–Tremendo primer plano de Romy Schineider con esos ojos perlados, tras las rejas. Una condena que tiene más de moral y sentimental que de otra cosa, donde Preminger juega con acierto con el decorado enrejado de la cárcel. Su sincera confesión es conmovedora, su ego, su decepción posterior al no haber logrado que Fermoyle dejara el camino religioso… su insatisfacción eterna junto a su marido. El amor que no olvidó.

Estructuralmente también hay aspectos destacables, por ejemplo esa narrativa circular. Veremos a Fermoyle llegar a casa en dos ocasiones, de la misma manera. Primero llegando como un inexperto sacerdote, luego tras su crisis de identidad. En ambas ocasiones será recibido por su familia, incluida Regina, su sobrina (ella, como sobrina, sólo en la segunda visita, evidentemente), la hija de su fallecida hermana, que lo recibió en la primera ocasión y que está interpretada por la misma actriz (Carol Lynley).

 

 

De nuevo se completa un círculo con el reencuentro entre Fermoyle y Annamarie (Romy Schneider), convertida en una entusiasta nazi casada con un crítico marido, que en nada congenia con esa nueva ideología, en lo que resulta un detalle dramático excepcional.

Siempre teniendo en cuenta que estamos ante un relato episódico.

Es impactante el momento del suicidio del marido cuando ve aparecer a la GESTAPO en dicho reencuentro, que está resuelto de tal forma que, por alguna razón, me resultó cómica…

Todo este último tercio tiene algo de thriller, además se seguir resaltando lo social y lo político.

 

 

En lo conceptual, aunque sea una película reflexiva y espiritual, también hay un Preminger reconocible por todo el componente social que subyace en el film. Desde el suceso con Mona, la hermana del protagonista, a episodios como el del racismo en Georgia, donde nuestro protagonista recibe una penitencia física en su involucración y compromiso social.

 

 

 

 

Dedicado a Sara, hecho con esmero sobre una de sus películas favoritas.

 

Lee aquí la Última Parte del análisis.

sambo

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