DESAPARICIÓN

DESAPARICIÓN

RELATO

 

 

 

 

 

¿Qué haríais vosotros si una mañana cualquiera os dierais cuenta de que os ha desaparecido el dedo índice de la mano izquierda?

No había sangre, no había dolor, de hecho, lo sentía, pero al querer agarrar la sábana noté algo raro. El susto que me di ni siquiera fue inmediato. No daba crédito a lo que veía, no lo entendía. Mi primera reacción fue volver a acostarme y taparme para intentar olvidar aquello y despertarme de una desagradable pesadilla, pero no era un sueño.

Estaba muy agitado, nervioso, no quería mirarlo, se me hacía duro, no sabía qué hacer. Mis padres faltan y no tengo hermanos, por lo que llamé a un amigo intentando disimular mi estado de pánico, pero apremiándole a venir sin dar explicaciones.

Me interrogó con buena voluntad sobre lo que había hecho, reflexionamos sobre posibles causas y me aconsejó ir al hospital, cosas que no ayudaron a relajar mi ánimo, precisamente. No había cicatriz, ni señal alguna, era como si el dedo nunca hubiera estado allí. Mi amigo llegó a dudar si lo había tenido alguna vez, que es lo que, básicamente, vino a diagnosticar el médico.

Se marchó a su casa cuando el tranquilizante comenzó a hacerme efecto. El problema fue al despertar para comprobar si todo se había solucionado igual que se había provocado. Ahora me faltaba también el pulgar.

Estuve ingresado y monitorizado, pero los médicos, obviamente, no encontraban ni explicación ni solución. Todo estaba normal, salvo porque me desaparecían partes del cuerpo. Cuando perdí la mano y el pie izquierdos me fui de allí. Pasé dos días en otra ciudad sin que nada cambiara. Pensando. De aquello no podía huir.

Supongo que muchos buscarían cierta seguridad en el hospital, en la esperanza de que descubrieran una solución, pero aquello estaba claro que no la tenía, al menos así lo sentí. Prefería estar solo y vivir aquello en privado, no exhibirlo. Me daba una profunda vergüenza. Aunque necesitaba ayuda externa para ciertas cosas, prefería que el contacto fuera mínimo. Sólo consentí que mi amigo pasara una noche en vela pendiente de mí. Fue la noche en la que desapareció el anular de la mano derecha. Ninguno lo vimos, como si esperara a que nos despistáramos un instante para esfumarse.

Puse cámaras, incluso de visión nocturna, para ver si podía captar algo, pero mi cuerpo seguía desapareciendo día a día. Un leve corte de centésimas en la imagen y otro dedo que faltaba…

Nunca podré pagar lo que hizo mi amigo, su respeto y comprensión. Nos entendíamos con una mirada cuando se asomaba para ver cómo estaba al traerme comida y esas cosas. Notaba su crispación en la cara, mi impotencia reflejada en sus ojos. A veces lo llamaba por teléfono para desahogarme. Me ayudó a planificar mi espada de Damocles para facilitarme esos escasos días que parecían quedarme.

Coloqué las cosas que más necesitaba a mano y bajé el colchón para estar más cerca del suelo… ¡No, joder, la polla no! No es que tuviera muchas ganas de hacer nada, pero en más de un rato muerto me servía aún de alivio… Con las cosas que me desaparecían se iban también las apetencias o necesidades relacionadas.

Hablaba solo muchísimo en esos días de soledad. Me grababa con la cámara o la grabadora del móvil contando mis ideas para la última novela que escribía, pensamientos sobre mi vida, a veces divertidos, otras deprimentes.

Los peores momentos eran recién levantado y en la tarde noche. Me atacaban todos los demonios. Se me aceleraba el latido, gritaba, lloraba, me desesperaba, alcanzaba fases de resignación impotente que me bloqueaban por completo…

Cuando quedé sin brazos y sin piernas tuve que aceptar la dependencia. Allí estuvo mi amigo, con su amable silencio y esa actitud que me transmitía que todo estaría bien, para darme de comer y de beber, aunque no pude evitar emocionarle con mi llanto la primera vez que me lavó.

No había vuelta atrás. Una vez me quedara sin tronco debía morir, pero no pasó. Era absurdo e ilógico. Nos pasamos el día hablando de ello, lanzando las teorías más absurdas. Incluso logré reír, y eso que creía que era mi último día. Convertido en cabeza, pedí que me sacara a la ventana. Había estado tan encerrado en mí que había olvidado el resto del mundo. Quería verlo antes de desaparecer. Era una cuenta atrás agónica y cruel, pero al menos no era dolorosa.

Como cabeza lo notaba todo, cada sonido, por leve que fuera, veía cada mota flotando en el aire, el aroma individualizado de cada objeto… pero la agonía y la crueldad se extendió. La cabeza no me desapareció entera, fue poco a poco. Me quedé sin nariz, pero seguí viviendo, luego quedé ciego… Ese día, con boca y oídos como única decoración a la pelota ovalada que un día fue mi cabeza, convertido en un Mr. Potato sin apenas piezas, di las gracias a mi amigo, recordé todas nuestras aventuras, gestos ya olvidados, entré en mis recovecos más oscuros, me despedacé en su silencio. Al día siguiente lo hizo él. Ya sólo podía oír. Su cariño fueron las últimas palabras que escuché. Y entonces…

¿Por qué no muero? Ni oía, ni veía, ni olía, ni sentía, pero pensaba, creaba, imaginaba, recordaba. Vivía en mí mismo, en mis propias historias y pensamientos, historias de gente que recuperaba la vista o el habla, un bucle infinito de creación muda y sorda. Y así me convertí en idea, en millones de ideas esperando ser inspiradas, esperando ser cazadas.

 

 

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sambo

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