Crítica TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS (2017) -Última Parte-

Crítica TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS (2017) -Última Parte-

MARTIN MCDONAGH





La familia.

El retrato familiar es bueno, y no se limita a la protagonista. Vemos tres familias distintas. La de la protagonista, la de Dixon (Sam Rockwell) y la de Willoughby. De alguna manera se aprecia la familia como el contenedor de personalidades, pero no definitorio, una influencia intensa pero no definitiva. De una forma u otra, McDonagh nos presenta hogares rotos o que terminarán siéndolo, aunque sea por la desgracia, el azar o la mala suerte.

 

 

En la de la protagonista vemos a Lucas Hedges, al que vi por primera vez en “Una vida en tres días”, pero no lo recordaba, lo fiché definitivamente con “Manchester frente al mar” (Kenneth Lonergan, 2017), con la que consiguió una nominación al Oscar. Este año participa en dos de las nominadas, la que aquí comentamos y la sobrevalorada “Lady Bird” (Greta Gerwig, 2017).

 

 

-Una familia completamente rota, en la que Mildred (Frances McDormand) intenta proteger los pedazos que quedan de ella. Separada de su marido, que se marchó con otra y la maltrataba, y con su hija asesinada, logra la complicidad con su hijo mediante gestos (haciéndole reír con los cereales que le tira), a pesar de la difícil relación y los recuerdos… Una complicidad con su hijo necesaria, ya que choca con él, ya que al chico la muerte de su hermana le afecta y no es capaz de gestionarlo aún, por lo que está la posibilidad de perderlo a él también, aunque de otra forma. No se dicen mucho, son de pocas palabras.

 

 

Dos portazos marcan ese deterioro: el del hijo en el presente y el de la hija en el flashback, con la madre a distancia. Un cuarto a oscuras, altar al recuerdo de la hija con posters de Nirvana. Y el eco del flashback con esas cosas que se dicen, esas cosas que se hacen… y de las que te arrepientes toda la vida. Es una familia derrumbada, con un ambiente enfermizo que se nos omite, del que ya sólo vemos las consecuencias y los arranques de los rescoldos… Siempre en interiores, en una casa humilde.

 

 

-Contrasta con la de Willoughby, una familia sana en una casa ordenada. Familia perfecta y amorosa, que cena junta, reunida, feliz… salvo por la condena de muerte que supone el cáncer del sheriff. Los veremos, en ese contraste, al aire libre, en estampas de absoluta y emotiva felicidad.

 

 

 

Son hermosas todas las escenas de esta familia, de su intimidad y momentos cotidianos (esas bromas sobre Oscar Wilde y Shakespeare), en especial las que anteceden al suicidio de Willoughby, muy bien rodado, y al acto mismo.  Elipsis y flashback donde oímos la carta que el marido deja a su mujer mientras vemos las reacciones de ésta simplemente al ver el sobre encima de la mesa… Un contraste de emociones muy poderoso, perfectamente llevado por McDonagh.

 

 

-La última es la de Dixon. Él es un personaje que se nos presenta como infantilizado. Un hombre que vive con su madre (Sandy Martin), aspecto que parece acomplejarle en cierta medida (observen su tartamudeo cuando se la menciona alguien), pero que en realidad lo que hace es cuidarla. Ella es una infausta influencia, una auténtica bruja que adora a Donald Sutherland y da miedo. Dixon es el personaje que más variará.

Es un racista que parece serlo más por influencia materna que por iniciativa propia. Sufrirá su colmo este aparente niño mimado medio desquiciado: ser despedido por un superior negro.

 

 

Carteles.

Es interesante cómo van evolucionando esos carteles, tanto desde lo visual como en su contenido. En los primeros planos los veremos en la niebla, como fantasmales espectros ajenos a todo, ignorados por todos en una carretera sin apenas tránsito… salvo por Mildred, un día cualquiera. “¿Por qué, sheriff Willoughby?” “¿Y todavía no hay arrestos?” “Violada mientras agonizaba”.

 

 

Luego lucirán como nuevos y resplandecientes, en amaneceres y días luminosos, sobre todo cuando se recurra a la prensa para darles publicidad. O colocando flores en honor a su hija. Luego ardiendo, con un desolador plano de Mildred arrodillada ante el tercero de los carteles prendidos… Es su cruzada, lo último que la queda… Después de que quemen los carteles, Mildred hará lo propio con la comisaría.

 

 

 

Tras el agradecimiento de Mildred a Dixon por su investigación, una panorámica lejana nos enseña los carteles, ya apagados, inservibles, devueltos al silencio, como si esos carteles representaran el interior de la madre y las fases por las que va pasando.

 

 

 

 

La última vez que los veamos será en la última secuencia, cuando Dixon y Mildred emprendan su viaje, desde atrás, desde la espalda, como dejándolos en el olvido en un día luminoso. Quizá el perdón.

Animalitos del señor. Lo infantil.

Mildred aparece vinculada a los animales, a la naturaleza, desde el mismo inicio. Son gestos y detalles que desvelan su sensibilidad, apenas encubierta en esa dureza y pose que exhibe a los demás. Mildred acaba sintiéndose acechada, como una presa, por la presión social que recibe, las amenazas (esa extraña visita que llega a su tienda), por la vida… Quizá ahí también tengamos otro elemento que haga comprensible su afinidad por los animales, por los vulnerables.

 

 

Lo primero que la veremos hacer es dar la vuelta a un pobre escarabajo que patalea bocarriba, un poco como está ella en ese momento, impotente. Así se recompone. El cervatillo que aparece junto a los carteles en los que Mildred cuida unas plantas en honor a su hija, pleno de dignidad, es un reflejo de esa mujer en ese momento, imponente. El recuerdo de una hija.

 

 

 

 

Renos, lobos, castores, gatitos, cerditos… un conejito en el que se fija el macarra, son figuritas que tiene Mildred como mercancía en su tienda de regalos. El gato y el conejo, por el comportamiento de Mildred y el macarra que entra, tendrían carácter simbólico.

 

 

 

En la habitación de Mildred, en una escena en intimidad, la veremos ponerse unas zapatillas de animalitos y entablar un diálogo entre ellos, así como vemos mariposas (la transformación), en el papel de la pared.

 

 

 

 

Una tortuga estará ligada a la madre de Dixon (y a él), que siempre aparece en casa. La vemos con ella adormilada. Willoughby está vinculado a los caballos.

Lo infantil aparece vinculado a algunos personajes de una u otra forma, especialmente a los tres sobre los que he hecho más hincapié: Willoughby, Dixon y Mildred. De alguna forma es algo que los vincula.

 

 

 

Veremos a Willoughby (Woody Harrelson) con sus hijas pequeñas, jugando con ellas, bromeando, preparando una última cita íntima con su mujer, vinculado a la infancia, en la responsabilidad paterna que será interrumpida por el mismo con un disparo.

 

 

 

Dixon parece un niño mimado que vive con su madre, que lo influye demasiado. Un aspecto infantilizado que en realidad quizá no lo sea tanto. Lo vemos siempre en poses torpes y comportamientos inmaduros. Su mesa de trabajo y el hecho de que siempre esté leyendo cómics, refuerzan ese carácter infantil. Además le vemos jugueteando en su mesa de despacho mientras escucha el “Chiquitita” de ABBA… Y llorar desconsolado, y siendo consolado como a un niño, por la muerte de Willoughby.

 

 

Mildred sería la última. Sus hijos ya están crecidos, por lo que en su pose poca relación tendría con lo infantil, hasta que llega una escena en intimidad, en la que crea una conversación fingida entre sus dos zapatillas, que son animalitos además, cambiando la voz incluso. Un momento de bajón en el que el diálogo-monólogo no tiene nada de infantil, pero sí resulta consolador para ella.

 

 

 

Ese punto infantil acaba vinculando a los tres, especialmente a Dixon y Mildred al final. Ellos dos se agarran a la esperanza, a una justicia compensatoria, calmante, que compartir en compañía mientras meditan sobre el perdón… Encontrando un compañero con el que compartir un camino y el dolor.

Un pueblo, en el universo Coen.

El retrato del pueblo es magnífico, exponiendo con cariño su lado oscuro, pero siempre con una mirada que tiene algo de entrañable hacia sus lugareños. Una visión que recuerda de nuevo a los Coen, por ejemplo los de “Fargo” (1996), sin ir más lejos.

Esa relación entre Mildred y James (Peter Dinklage), con las mezquindades, las concesiones, los sentimientos tan evidentes como encubiertos, tiene mucho de los hermanos Coen. Me recordó la incómoda cena a una escena donde la protagonista también encarnada por Frances McDormand acude a una comida con un viejo compañero al que hacía tiempo que no veía en «Fargo«. Esa mezcla de humor e incomodidad. En este caso acabará mal, con el elegantísimo y encantador James reprochando su comportamiento y su mala cena a Mildred.

 

 

Conocemos a los policías y la vida de algunos de ellos, la vida cotidiana, la de una familia cualquiera, en este caso la de la víctima, al cura, que tiene una de las escenas más recordadas del film con la contundente reprimenda que le da Mildred cuando va allí a juzgar y meter presión con el tema de los carteles; el enano jugador de billar y enamorado de Mildred… Así como mención general al apoyo de ese pueblo al policía con ese asunto de Mildred, que define en cierta medida también dónde estamos.

 

 

Y como la presión y la amenaza, invisible en general, personalizada en el rostro de ese extraño personaje que aparece en la tienda de Mildred, se va acercando a la protagonista. La escena del dentista, donde vemos que Mildred no se anda con “chiquitas”; el arranque furioso en un solo plano (soberbia escena) de Dixon dando una paliza y tirando por la ventana a Red y agrediendo a su secretaria, que de alguna forma es una amenaza latente hacia la propia Mildred; el suicidio de Willoughby y la presión mediática… todo ello son circunstancias que aumentan la tensión y pretenden acorralar a Mildred… que sólo puso tres carteles.

 

 

También hay sutilezas, relacionadas con parejas jóvenes. Observen la sonrisa de Denise (Amanda Warren), la chica negra que trabaja con Mildred, a Jerome (Darrell Britt-Gibson), el chico que colocó los carteles en la zona donde están colocados precisamente. Justo en la escena siguiente los veremos tomando algo juntos… O esas miradas en la incontenible y sutil atracción que Red, el chico que alquila los carteles, siente hacia su secretaria. Sus planos, desde el punto de vista de Red, como ese contrapicado a la risueña secretaria que anuncia la llegada de un misterioso amigo de Mildred que paga con 5000 dólares el alquiler de las vallas (sabremos luego que fue el propio Willoughby), lo dicen todo.

 

 

 

 

 

 

El humor, mezclado con cosas terribles, también es muy del gusto de los Coen. Aquí tenemos escenas realmente divertidas, en las que la carcajada se abre camino en el hielo de la situación… y al revés. Es tronchante el incendio en la comisaría mientras Dixon escucha ignorante y distraídamente música leyendo la carta que le dejó Willoughby. Las escasas apariciones de James, que tiene dos gestos geniales (ese al policía cuando le pregunta por una supuesta cita juntos, por ejemplo, coartada para liberar a Mildred). El hilarante y a la vez emotivo encuentro entre Dixon y Red (Caleb Landry Jones), el chico que alquila los carteles a Mildred al que dio una paliza y lanzó por la ventana, en el hospital…

 

 

 

 

 

 

Tiene pocos defectos esta pequeña película, aparte de ser tributaria del cine de los Coen y el mencionado tema de la interpretación de Rockwell. Cuestionaría las escenas de ese macarra que se sitúa como sospechoso del crimen central de la cinta, no tanto la del bar como la que acontece en la tienda de regalos de Mildred, que pretende desviarnos del foco.

Por lo demás, es una pequeña joya, de esas que habitualmente se olvidan, y que bien merece las nominaciones y premios que va recibiendo.

Tres anuncios en las afueras” es una película divertida y terrible a la vez, brutal, con ideas, desarrollos y conceptos realmente brillantes, muy en la línea de los hermanos Coen, pero con voz propia. Me encanta la idea de no resolución, de final incierto e inconcluso, de redención y perdón. Compartir el camino, el dolor.

 

Lee aquí la 1ª Parte del análisis.

sambo

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