Crítica COMANCHERÍA (2016) -Última Parte-

Crítica COMANCHERÍA (2016) -Última Parte-

DAVID MACKENZIE

 

 




Contexto de crisis.

La seca dirección, con esos escuetos diálogos y esa acción breve y sin adornos, queda perfectamente integrada en el paisaje, en esos entornos sureños, esos desolados parajes texanos donde texto, contexto y exteriores parecen fundirse con naturalidad y coherencia. También pasaremos por Oklahoma.

 

 

Lugares asolados, suburbiales, destrozados por la crisis y la pobreza, casi desérticos, donde apenas se ve a nadie por las calles. Cierres, casuchas, la necesidad del robo, alquileres, liquidaciones, petroleras por todos lados… Desolación, abandono. Hombres que se mueven entre lo agrícola y lo industrial, sin que parezca que pertenecen de verdad a algún sitio, como vagabundos en su propia tierra.

A todo ello lo acompañamos con varias transiciones musicales Country montados en coches, poniendo más acentos amargos al conjunto mientras se describe ese erial texano donde sólo parecen tener vida los desahuciados carteles.

Tres veces en Irak, pero no hay dinero para nosotros”.

 

 

Tanto los ladrones como los lugareños como los propios agentes de policía considerarán a los bancos los verdaderos ladrones, especialmente por su aséptica e inhumana falta de escrúpulos.

 

 

Mackenzie no sólo muestra con acierto los exteriores, también lo hace con los interiores, esas cafeterías tan características y con tanto sabor de las que América está abarrotada, donde se puede comer, desayunar o cenar, donde te rellenan el café, como bien sabe Tarantino, y sus camareras son un universo a explorar, como deja patente con esa simpática regordeta que intenta proteger a Toby tras recibir una cuantiosa propina de 200 euros, o la veterana camarera texana que sirve a Bridges y a Alberto (Gil Birmingham), que deja un momento glorioso. Escuchen con atención a esa camarera y lo que no van a comer, porque aunque pueda asustar y estando allí quizá dieran ganas de salir corriendo, yo pagaría por tomar la mierda que sirva sólo para que me atendiera. Una escena que también parece salida del cine de los hermanos Coen.

 

 

Hay una interesante escena que no parece encajar con nada más allá de realizar una reflexión sobre los cambiantes tiempos en aquellos lares, sobre lo que fue el oeste y lo que es, sobre aquel modo de vida que fue levantando un país y cómo resulta ahora, lo que era habitual, obligado e incluso gustoso convertido en duro y sacrificado esfuerzo y trabajo poco atractivo para los jóvenes. Es cuando vemos a esos vaqueros apagando un fuego en sus tierras, mientras se quejan de que sus hijos no quieren realizar aquella labor por incómoda, como es lógico. La soledad de los vaqueros, su sufrida independencia y libertad. Esto adquiere otra lectura, en este caso comparativa, con esos dos ladrones convertidos en modernos hombres del oeste, pistoleros que no andan tan lejos de aquellos en su soledad, fundidos con el vasto desierto y las granjas, combatiendo contra cosas parecidas a las de sus antecesores.

En pleno siglo XXI escapo de un incendio con un rebaño. Y me pregunto, ¿por qué mis hijos no quieren dedicarse a esto?

 

 

Así, la idea de legado y de pasado, como la de independencia, son temas que se filtran con acierto en la historia y enriquecen una película con mucha más enjundia de la que parece. Porque también habrá menciones al pasado de los personajes, a esa madre que no perdonó a su hijo y murió bajo los cuidados del otro, a ese policía que se retira tras perder a su familia para quedar sólo, a ese mestizo que rememora a sus ancestros… A esa libertad que da su granja a los hermanos, una granja que, como comenté, es un contraste en sí misma.

Pasados desgraciados o felices, vinculantes, que hacen lo que somos, que obligan a lo que seremos. Algo que queda simbolizado en esa granja destartalada y sin futuro, que luego será solución a todo. Del mismo modo, la visita a la caravana de aprovisionamiento del amigo de Tanner es un viaje al pasado, con esas fotos de los hermanos y objetos prestados que sirven de consolador fetiche en la soledad, pequeño apego familiar.

 

 

Ancestros y posesiones, la tierra, que de los indios pasó a los nuevos colonos y de ellos a los bancos, como reflexionará Alberto.

 

 

La soledad está presente, especialmente reseñable en los dos protagonistas, que acaban solos, los encarnados por Bridges y Pine. Ese plano en el casino de Pine escuchando el relato de la muerte de su hermano es la perfecta escenificación de su soledad.

 

 

 

Es preciosa la escena de la soledad de los dos hermanos jugando como cuando eran críos, antesala de la fatalidad y una particular despedida, en plano general, con ellos en medio, libres, con la inmensidad como telón de fondo, con la cámara a distancia.

 

 

 

 

 

Es interesante la idea final de que nada ni nadie inculpe a los ladrones, ni la lógica ni los testigos parecen querer reconocer a los ladrones, como una confabulación inconsciente contra el orden establecido.

La narración es notable, porque nos van informando del plan y las circunstancias que lo provocan con cuenta gotas, sin un planteamiento inicial que lo defina, poco a poco.

Se ha comparado este excelente thriller con el universo de los Coen, más en concreto con “No es país para viejos” (2007), cuando en realidad querrían compararlo con el universo de Cormac McCarthy. No es así. Es cierto que estamos ante otra excelente unión de western y thriller, los grandes géneros cinematográficos, los más completos, pero las concepciones son distintas. No hay esa aspiración alegórica de McCarthy, como tampoco tenemos el tono de los Coen, aunque es cierto que el toque humorístico del primer robo, esos errores y cosillas que salen mal, sí recuerdan a los magníficos hermanos, por ejemplo en “Fargo” (1996), así como otros momentos mencionados (esa camarera).

 

 

En el segundo robo también mostrarán torpezas, pero lo cierto es que el retrato de esos inexpertos ladrones (al menos TobyTanner sí es un experto ladrón), es francamente realista. Resulta divertida además la reacción de ese intrépido y temerario anciano que sale en defensa del banco. Un segundo robo donde pasamos al interior del coche, a diferencia del primero, donde nos manteníamos fuera. También tendremos conversaciones en ese coche en plano frontal, esa burbuja donde mantenerse a salvo, por ejemplo los hermanos hablando del hijo de Toby y la canción Country sonando. Las dos parejas desarrollarán sus relaciones en los automóviles.

 

 

Tiene su humor el tercer robo inesperado, con un tranquilo Toby dejando una gran propina a una camarera mientras su hermano roba por cuenta propia y sin avisar, teniendo que salir apresuradamente.

 

En cambio, el último atraco ya no será tan divertido. Un pueblo más concurrido, más grande, con demasiada gente en el banco, y a más gente más dificultad y problemas. Una escena que precede al clímax repleta de tensión, con un suspense estirado sin artificio alguno, realista y veraz, elaborado, casi en tiempo real, de violencia seca. Excelente.

 

 

La accidentada y arriesgada evasión de los hermanos de ese pueblo casi militarizado tras recibir aviso del robo, la acertada deducción de Marcus una vez más, la persecución y el memorable momento en el que Tanner, convertido en Rambo, atemoriza, metralleta en mano, a todos sus perseguidores, son más ejemplos de buena dirección y narración, camino del final.

 

 

Alberto morirá a manos de Tanner, en un impactante momento, y Tanner lo hará a manos de Marcus en cumplida venganza, dejándolo con un disparo en la cabeza convertido en una especie de señor de las llanuras, sentado allí, con una serpiente a los pies…

 

 

 

El duelo final, en la simbólica y polémica granja, entre Marcus y Toby, duelo dialéctico, es excelente, dejando esa conclusión abierta, citándose en un futuro para “liberarse” mutuamente. Un plano final con una gran grúa que luego desciende hasta lo más íntimo de esa granja, las raíces de la misma, a la tierra, escenificando el vínculo y la motivación misma de los personajes.

 

 

En definitiva, hay más de Steinbeck que de McCarthy, del mismo modo que, a pesar de ciertos paralelismos, Mackenzie se aleja de Malick, más que nada porque se aleja de los recursos poéticos y alegóricos de los otros.

 

 

 

Jeff Bridges encarna a un brillante Sherlock sureño en una interpretación de arco delicado, al que el actor dota de ciertas características peculiares, como esa boca que recuerda al Marlon Brando de “El padrino” (Francis Ford Coppola, 1972), y no será raro que haya usado el mismo truco del algodón para lograrlo, que amenazan con resultar paródicos, excesivos, moviéndose en el límite, en el borde, pero saliendo indemne. No es la mejor interpretación del actor, pero, como siempre, está estupendo.

 

 

Chris Pine, consiguiendo y mostrando cada vez más registros, vuelve a demostrar que es un actor más que competente, un gran trabajo el suyo también. Lo mismo cabe decir del resto del reparto, especialmente sobre Ben Foster y su papel de hermano díscolo, que es más llamativo que otros.

 

Dedicada a David John Mackenzie y Ursula Sybil Mackenzie. Música de Nick Cave, no podía faltar, y un buen tema de Rock cristiano que me ha costado Dios y ayuda encontrar, nunca mejor dicho: “For the love of God” de Bellevue Suite.

Una estupenda película, de las que merece la pena ver este año, especialmente para los amantes del western y el cine negro.

 

 

Lee aquí la 1ª Parte del análisis.

Lee aquí la 2ª Parte del análisis.

sambo

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