COLD WAR (2018)

COLD WAR (2018)

PAWEL PAWLIKOWSKI

 

 

 

 

5/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una de las mejores películas de este año, que además ha recibido un gran reconocimiento en los festivales más importantes, incluso los Oscars, aunque seguramente no todo el debido.

Una bella, compleja y adulta historia de amor que oculta otra tesis fascinante, la de la evolución y degeneración del arte, que sigue la evolución y degeneración de una relación, o no. Pawel Pawlikowski nos dice que el amor es arte. Y nos lo dice en un hermosísimo blanco y negro, que ha sido nominado al Oscar con toda justicia, y unas composiciones de encuadre de una belleza extraordinaria.

Cold War” es un trabajo realmente sofisticado dentro de su sencillez, con una estética deslumbrante, un blanco y negro casi mágico y unas composiciones magistrales. Y es que la fotografía es antológica. Una narración con un espléndido trabajo elíptico, síntesis narrativa, sin explicaciones innecesarias ni subrayado alguno. Con diálogos escuetos. Es posible que a algunos espectadores les desconcierte ligeramente esa fragmentación en este relato de amor fou por su escueta narrativa, pero es la clave de su excepcionalidad.

 

 

Cinta pesimista, fatalista, donde las redes de lo totalitario se ciernen sobre los personajes para zarandearlos a su antojo, donde la única salida parece la trascendencia abstracta. Ellos son ese “pálido rescoldo en el ocaso”. Una desesperación íntima que Pawlikowski dedica a sus padres.

La idea que desarrolla “Cold War” y su manera de hacerlo a través de esta magnífica historia de amor es francamente brillante. La vinculación del arte y el amor como esenciales experiencias humanas, indispensables y viscerales, que pueden pervertirse al intelectualizarse o cuando se contaminan de otras cosas, ya sea política, poder, ambiciones, eclecticismo, desarraigo…

 

 

 

 

Dos ideas, el arte y el amor, las contaminaciones que recibe la pureza artística dentro de una historia de amor desarrollándose al unísono como texto y subtexto y las incidencias que el entorno y los contextos tienen sobre ellas en una narración conceptual espléndida. Un amor que permanece intacto durante todo el trayecto, pero manipulado, maleado, dificultado, interferido.

En todo momento, y de forma brillante, los dos conceptos irán unidos de múltiples maneras.

Dos conceptos y dos personajes, donde ella es la viva personificación de lo tradicional y lo genuino, lo enraizado, y él es el estudioso, lo intelectual, que le sirve de vehículo expresivo… Por eso uno huirá y la otra no en un principio. Ambos se necesitan y se desean, no pueden vivir el uno sin el otro, como personas y como conceptos, pero deberán soportar todo tipo de injerencias y abusos… antes de convertirse en canción.

 

 

 

Transformaciones y degeneraciones

Habrá cuatro transformaciones que van definiendo la degeneración de la pureza primigenia.

En el inicio del film se busca el arte más arraigado. No es un recurso narrativo gratuito ni baladí. Una sucesión de canciones populares, las que nacen del dolor o los sentimientos más puros y profundos, el germen del arte, como lo es en el flamenco, el Jazz, el Blues, el Country…

 

 

Es por ello también que el escenario simbólico que tendremos en esta primera parte, será una iglesia derruida. Y es que todo tendrá que ver con esa pureza del sentimiento más visceral. De ahí que las interpretaciones musicales sean en un primer plano frontal, desnudo, un cantante y su instrumento, sin más aditamento.

Canciones populares de borrachera resueltas en un solo plano y con panorámicas, cantos al amor y el desamor, al deseo, al matrimonio, al amor rechazado… Polonia, 1949.

 

 

Primera transformación. Un casting para una escuela de músicos populares, para desarrollar todo ese arte que bulle y que puede ser perdido, para extenderlo y mostrarlo. Sentimientos fugaces, verdaderos, eternos… el dolor y la humillación, amor y alegría… Cantantes, bailarines, danzantes. Clases que buscan perfeccionar y expresar de la mejor forma posible aquel arte enraizado… lo que ya supone una transformación, si bien auténtica y genuina.

 

 

En ese casting conoceremos a Wiktor (Tomasz Kot), director del proyecto, músico y pianista talentoso. Y a Zula (Joanna Kulig), una joven rubia, brillante, de rostro y belleza fresca, descarada y algo mentirosa, de pasado turbulento con un padre que abusaba de ella… Cantará una canción que escuchó en la película “Los Alegres Muchachos” (Grigori Aleksandrov, 1934). Ella es un personaje sumamente fascinante, arrebatador, de una honestidad categórica, prístina.

 

 

Ellos serán los protagonistas de ese amor. Al mismo tiempo que se indagan en las raíces de esas tonadas y bailes, Wiktor indagará en el pasado y los secretos de esa chica que lo fascina. Lo hará, una vez más, vinculando amor y arte: mientras buscan la afinación correcta ella contará sus  abusos…

 

 

Los resultados de todo ello se manifestarán dos años después, en 1951, con una exitosa actuación ante el público en Varsovia. Es precisamente ahí, en la culminación, cuando los dos protagonistas den rienda suelta a su pasión. Observad ese maravilloso plano que juega con el reflejo del espejo donde se apoya Wiktor junto a su colaboradora, las profundidades y las texturas, mostrando el plano y el contraplano en el mismo encuadre, el objeto y el deseo, casi evanescente, que es Zula. Wiktor rechazará las propuestas de su acompañante para lanzarse a las miradas de esa chica que lo seduce.

 

 

 

Segunda transformación. La injerencia política. El poder, como de costumbre, intentando aprovechar el éxito de cualquier cosa y, de paso, meter su mensaje, en este caso el comunista, presionando y obligando a convertir aquel proyecto de genuino arte en una manifestación y vehículo de propaganda absolutista. Canciones a la reforma agraria, a la paz mundial, elogio al líder del proletariado global, Stalin… amenazas.

 

 

Aquí es cuando la dignidad artística se enfrenta a las injerencias del poder. El arte como expresión del sentimiento de un pueblo. Del alma de una persona a ser utilizado para ensalzar un sistema, un gobierno… Porque, además de todo lo explicado o por explicar, “Cold War” es una historia sobre todos esos compromisos y deseos que hay que ceder, toda esa libertad que hay que someter y de la que hay que desprenderse por imposición de otros, por los totalitarios deseos de otros, por los contextos y entornos castradores que buscan la anulación personal y tu explotación para su conveniencia.

Y esta idea, por supuesto, tendrá consecuencias en la relación de los dos protagonistas. Que verán su amor interferido y dificultado.

El éxito llevará a una gira por la Unión Soviética, y las injerencias artísticas llegarán a los personajes, presionando a Zula para que informe sobre Wiktor… Siempre los dos conceptos unidos.

 

 

 

Ese posible deterioro en la relación, incertidumbre, inseguridad, condicionamiento, siempre desde lo político y sus armas, sólo herirá a nuestros protagonistas, los zarandeará, pero no los mermará en absoluto, curándose pronto, siendo inmunes desde el perdón y la redención. Así, en un paraje natural, ella confesará lo que la obligan a hacer, allí tendrán conflicto y perdón, con planos simbólicos y hermosos, como ese donde ella canta dejándose llevar por la corriente. Una necesaria purificación en agua y fuego.

 

 

 

 

 

 

 

Y el zarandeo, el precio que paga su amor con esa injerencia, una vez solucionadas las dudas, será en 1952, cuando planeen fugarse y alejarse de todo. Actuaciones, giras y un plan en Berlín Oriental, un plan planteado en un tren. Allí él esperará en parajes derruidos… mientras ella queda al servicio de los intereses comunistas como chica de entretenimiento…

Finalmente, esa segunda transformación pervierte el arte y el proyecto inicial, del mismo modo que los separa.

 

 

Tercera transformación. Acontecerá en París. Comenzaremos en 1954. El reencuentro tras la separación. Sus tristes vidas, retrato en plano-contraplano que los separa… y el irrompible e incontenible hilo invisible que los une. En el beso final de la secuencia los veremos juntos, claro.

 

 

En París su transformación será interior. Terminarán siendo infieles a sí mismos. Su amor, vuelvo a incidir, es irreductible, pero los entornos y ambientes lo atacan, cubriéndolo de distintas pátinas. Confundiéndolo, desconcertándolo, engañándolo…

Su sinceridad se mantiene presente en su estancia allí, tras su encuentro. Así lo vemos entre ellos o en Wiktor explicándoselo a su amante parisina…

Con la mujer de mi vida”.

 

 

Primero tendremos una etapa de transición, definida en trenes (ese donde planean la huida, ese donde embarcan a Wiktor para alejarlo de ella…), donde ambos se mantienen separados. Él en París, ella de gira, con fugaces encuentros en Yugoslavia (él viéndola actuar, ella desconcertada al verlo, pesarosa al no encontrarlo), a través de Europa… 1955.

Por supuesto, en esas actuaciones la veremos cantar… al amor de su vida. Esa notada, leit motiv del film, con que se nos presentó, que adquiere distintos matices conforme todo evoluciona. Él, por su parte, pone música a películas…

 

 

 

 

 

Una vez termina esta transición, la relación se estabilizará en París, en 1957. Un París que se viste como escenario de la libertad, pero también de la artificiosidad, la apariencia, lo falso y el postureo.

¿Y cómo se relaciona esto con el arte y el amor? Sencillo. Con versiones comerciales de la canción leit motiv del film, discos, infidelidades a ellos mismos y en general… Una poetisa (simpática esa pelea de gatas lanzándose estatus y experiencias vitales con sutileza e inteligencia), un productor…

 

 

 

 

 

 

 

De hecho, la posibilidad del reencuentro viene dada por un matrimonio de ella con un siciliano que le permite estar en París. Allí encontrarán la felicidad, el silencio y la paz del sexo y el amor sumidos en la belleza parisina… antes de la degeneración.

 

 

Una fogosidad atenuada, ligeras discrepancias, decididas contradicciones (esa corbata que ella aconseja llevar y él se quita)… Zula pasa de estar integrada en un grupo, donde aprendió a bailar y cantar, a convertirse en un producto, una creación para hacer de ella una estrella… en francés.

Ese entorno, en cierta medida decadente, pervertirá ese amor (que sigue siendo incondicional a pesar de todo), disfrazándolo de ínfulas de todo tipo. Celos artísticos y personales, postureos intelectuales, devaneos insatisfechos, intereses profesionales… Sucumbirán a la fachada bohemia y decadente, como ya ocurrió, de otra forma, con la injerencia política.

Te amo con todas mis fuerzas”.

En esa nueva versión de la canción popular se escenifica la pérdida de la autenticidad en la que caen ambos.

 

 

Pawlikowski consigue así fusionar ese contexto. Ese París, la desvirtuación de la autenticidad artística, con esa canción completamente transformada, que ya no tiene que ver con el canto primigenio, vendida al esnobismo, la comercialidad, la intelectualidad incluso, que termina degenerando, por todos esos mismos motivos, la relación amorosa. Es una maravilla de concepto.

En Polonia eras algo. Aquí eres diferente”. No me digáis que en esta frase no se abarca toda la tesis que estoy desarrollando sobre el film. La desnaturalización.

Es normal que dos seres tan genuinos, ella por propia naturaleza, es puro sentimiento visceral, él más intelectualizado, siente la atracción por esa autenticidad irremediablemente, terminen corrompiéndose cuando se alejan de su entorno, de su contexto, maquillados por los agradables efluvios del lujoso artificio…

 

 

Por ello es significativa la liberadora escena del Rock en la discoteca, un atisbo de quien fue, incómoda en ese nuevo cuerpo del que poder olvidarse unos momentos. Una tristeza creciente. Padece el desarraigo de una manera despiadada.

La huida no se hará esperar.

 

 

Cuarta transformación. Polonia en 1959, y otra tremenda elipsis de cinco años, 1964.

Las dos transformaciones anteriores parecen darse cita en esta última fase. Zula se venderá al poder para sacar de prisión a Wiktor (tiene un hijo con Kaczmarek, personificación de ese poder castrador), y lo hará cantando temas insustanciales de entretenimiento… De la autenticidad primigenia no parece quedar nada, salvo el rescoldo del interior. Una desvirtuación plena que se manifiesta en borrachera y vómitos, en pelucas morenas (también el físico) y artificio supremo… Y él, incapaz ya de hacer música por la atrofia de su mano tras las torturas en prisión.

Y una promesa de evasión. Siempre una promesa.

 

 

 

 

Porque ellos acaban haciendo todo lo que alejaría a una pareja para estar juntos. Se someten a otros, se casan con otros, tienen hijos con otros… para poder estar juntos. Y así, al final, su historia define y cumple a la perfección los sentimientos de esas tonadas de pesar y dolor que escuchábamos al inicio, el germen del arte, la autenticidad, el sentimiento hondo, puro y profundo tras un largo periplo, cumpliendo a rajatabla con algunas de las letras incluso… cerrando el círculo. Ese germen es su amor, que es lo que queda y trasciende.

Y como en un juego de espejos, terminaremos en el mismo lugar simbólico donde comenzamos. Ese templo casi derruido, una tétrica comunión para consagrar definitivamente su amor (ese templo derruido donde vimos la presencia pervertidora de Kaczmarek, el personaje encarnado por Borys Szyc, al inicio). Ceremonia definitiva en un regreso a las raíces, esas que vimos al inicio. Una pareja y un amor en su último paseo para, por fin, convertirse en canción.

 

 

 

Vayamos al otro lado. La vista es mejor allí”.

Fascina Pawlikowski con su estilo elíptico, con su gusto por el encuadre, estampas bellísimas, imperecederas, composiciones magistrales donde se integran entornos y personajes. Son casi fotografías de catálogo sublime de moda.

Ese uso de la elipsis narrativa, tanto temporal como física. O esos contraplanos que tardan en llegar, retrasando su aparición, convirtiéndolos en deseo.

Resuelve las escenas sin apenas cortes, pero sin resultar nunca moroso.

Pawlikowski guiña a Tarkowski en ocasiones, por ejemplo en esos decorados simbólicos, como lo hace a la Nouvelle Vague, referentes conceptuales y estéticos ambos.

 

 

 

En resumen, una película fascinante y brillante, tanto desde lo formal como en su trasfondo, merecidamente reconocida en múltiples festivales, incluso en los Oscars, donde ha obtenido tres nominaciones: la dirección de Pawlikowski, la deslumbrante fotografía de Lukasz Zal y como Mejor Película de Habla no Inglesa… Hubiera merecido más, al ser mucho mejor que buena parte de las nominadas, pero algo es algo…

 

 

sambo

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