CARRETERA PERDIDA

CARRETERA PERDIDA

RELATO

 

 

 

Hay gente que viaja por placer, otros lo hacen por obligación, mucha gente viaja por ocio, otros por trabajo… yo he estado haciendo viajes de placer por obligación auto impuesta. Sé que suena raro.

A mí nunca me ha gustado viajar, me da una pereza horrible, no ya por el hecho de visitar sitios, que me parece genial, sino por las esperas, los desplazamientos, las incomodidades, las horas de tránsito… lo que no se dice pero todos padecemos. Si el viaje es concertado no os quiero ni contar, con esas prisas, esos horarios y esas rígidas formas a las que hay que someterse.

¿Qué hacía yo, entonces, dedicando dos años a mi vida a pasearme por el mundo? Cuando la situación se puso verdaderamente dramática, pasé largos ratos leyendo diarios y cosas de mi familia. Al principio esta idea no existía, pero poco a poco fue germinando a traición en mi interior.

Aquello me sirvió para conocerlos mejor, sobre todo a mi madre, a quien apenas conocí salvo por relatos paternos donde él era el protagonista. Relatos bastante idealizados en general, y a todas luces mentirosos, donde se presentaba como una especie de Marco Polo moderno. Mi padre no era especialmente comunicativo excepto para hablar de sus aventuras. Y el tema de  mi madre parecía incomodarlo.

Sí, a él sí le gustaba viajar

Hasta hace bien poco no supe si todo aquello lo hice por curiosidad, por cobardía, por evasión, por necesidad, y creo que seguiría sin saberlo de no haber pasado por todo ello.

Me largué sin avisar, para evitar reprimendas, recriminaciones y demás historias de mis hermanos y el resto de la familia. Una vez lejos podía ser todo lo vago que quisiera con las explicaciones o cortar cuando creyera conveniente.

A menudo me vi superado por el sentimiento de culpa, por no estar donde tenía que estar, por haberme escapado de aquella difícil realidad en busca de no se sabe qué, de un absurdo, dejando la responsabilidad a otros por mi tontería, por un objetivo difuso que ni yo mismo tenía claro, que ni siquiera sabía por qué hacía o si merecería la pena.

Al principio fue un coñazo, el infierno que sospechaba, largos e incómodos viajes siguiendo los lugares que mi padre había visitado, tanto los que le entusiasmaron como los que no. Hoteles, equipajes, esperas en los transportes… Mi padre, al contrario que el viajero convencional, no iba a los lugares más famosos, sino que le gustaba adentrarse en los sitios más recónditos, empaparse de su gente, su cultura, sus formas, aquello que está fuera de los márgenes de los folletos. Yo aquello no lo aguantaba. Hasta que comenzó a gustarme.

Sin darme cuenta, mi equipaje de viajero del primer mundo fue reduciéndose, fui despojándome de todo aquello que traía, toda carga, material e inmaterial, para centrarme en la experiencia. Fue lo que más me gustó, que no me di cuenta mientras sucedía. Pertrechado con mi cámara y mis notas tenía más que suficiente.

Por supuesto, como turista novato, comencé haciéndole fotos a todo, especialmente si era representativo, la típica foto de marco, pero con el tiempo, y de nuevo sin darme cuenta, mi mirada se posaba en otros rincones mucho menos glamurosos. Es como si a cada paso que daba, fuera entendiendo la pasión viajera de mi padre, convirtiéndome un poco en él. Lugares pequeños, chozas, casas humildes, gentes en la calle, actividades cotidianas… No pisaba las ciudades, iba a los pueblos o a los poblados, a las zonas más humildes, aquellas que tanto gustaban a mi guía.

Eran fotos sin aparente interés, en la India, Libia, Mauritania, Ghana, Surinam, Trinidad y Tobago… sitios donde me recibían como si me conocieran de toda la vida y como un acontecimiento a la vez, sitios que habían seducido a mi padre y que también lo hacían conmigo.

Lo fotografiaba todo. Los gestos, las actividades, las pausas, la nada… Me olvidé de mi mismo, de mi atuendo, de mi aspecto y de mis problemas lejos de allí. Ni siquiera las apremiantes peticiones de regreso me perturbaban lo más mínimo.

Volví como me fui, sin previo aviso, cuando me sentí satisfecho. Sin más explicación. Un día cualquiera. Ni que decir tiene que no fui bien recibido, que tuve que aguantar reproches y malas caras, pero no me molestó en absoluto y estaba más que preparado para ello.

Desde el día siguiente después de mi llegada me senté junto a mi padre y no me separé de él. Supongo que cuando todo se olvida en la oscuridad, en ocasiones salen a la luz los más íntimos secretos. Estuve horas enseñándole fotos.

Las miraba con aparente indiferencia, con el mismo gesto de olvido con el que miraba todo desde hacía tiempo, siguiendo el trazo de una carretera perdida. Me dediqué a viajar con él por los mismos sitios que ambos, en tiempos distintos, habíamos visitado.

Yo ponía la banda sonora, le relataba anécdotas que me habían ocurrido, localizaba con precisión el lugar que mostraba la foto, le recordaba cosas que había leído de sus visitas, reía, susurraba, me entusiasmaba, hacía bromas…

Tampoco sabía por qué hacía aquello, hasta que ocurrió. Al pasarle una foto de un lugar cualquiera de Libia, sus ojos cambiaron, su rostro se activó, una sonrisa fue dibujándose en el rostro. Cogió la foto y comenzó a señalarla, cada vez con más entusiasmo, mirándome al mismo tiempo, sin acertar a decir nada. Era como si al fin hubiera descubierto la ubicación de un tesoro en el más recóndito lugar de su mente, como si se hubiera liberado por un instante para realizar un último viaje…

Con la misma sonrisa, pasado el momento de júbilo, se recostó y cerró los ojos, como satisfecho. Creo que reconoció el lugar donde conoció a mi madre, aunque no pudo decirlo. Jamás lo había desvelado. Lo que sí me dijo, a su modo, es que aquel viaje sí que mereció la pena.

sambo

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