BELFAST (2021) -Parte 1/3-

BELFAST (2021) -Parte 1/3-

KENNETH BRANAGH

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kenneth Branagh es uno de los mejores cineastas actuales. Actor, director, guionista, productor. Y uno de los más notables hombres de teatro, de vasta cultura y desmesurado talento. Fue alzado y, una vez allí, despreciado con desconcertante ignorancia, pero él se ha reciclado con inteligencia.

Tras regalar algunas de las mejores películas de los 90 (su primera joya es del 89) y del cine de las últimas décadas (Mucho Ruido y Pocas Nueces, Enrique V, Hamlet, Los Amigos de Peter…), entró en barrena por el fracaso de su notable “Frankenstein” (1994), que mucha crítica despreció con argumentos peregrinos (mucho movimiento de cámara, egolatría, otras chorradas varias…), aunque no tardó mucho en volver las tornas una vez se hicieron análisis más serios y concienzudos.

Pasados los 90, intentó reciclarse volviendo a los orígenes shakespearianos con distintas producciones, además de otras propuestas arriesgadas, personales y poco comerciales, pero el foco fue diluyéndose de su persona como autor, como director, por lo que volvió a reciclarse de otro modo.

Branagh entró en el circuito del cine comercial, de franquicias y blockbusters de éxito, casi siempre interesantes, con momentos brillantes y otros más modestos, incluso algún desastre consumado, como la lamentable “Artemis Fowl” (2020), pero que muchos intuíamos utilizaba para volver a propuestas más personales y notables que volvieran a tener relevancia y resonancia por tener su nombre. Estamos hablando, tras conocer las recientes nominaciones, del único artista en haber estado nominado en 7 categorías distintas en los Oscar (Productor, Director, Actor protagonista, Actor de reparto, Guión Original, Guión adaptado y Cortometraje).

 

 

En ese periplo se encuentra… y parece que está logrando su objetivo. Tras varios Shakespeare de menos repercusión, pero buena calidad, y la ópera “La Flauta Mágica” (2006), que tiene momentos deslumbrantes, donde los repartos ya no eran tan exuberantes como acostumbraba (Branagh ha tenido algunos de los mejores repartos del cine moderno), se decidió a probar suerte en el cine comercial (Thor, 2011), aunque sin dejar propuestas más sofisticadas (La Huella, 2007).

Tras el éxito con Marvel, donde inició franquicia, llegaron otros títulos de éxito y de fórmula donde, sin complicarse demasiado, demostró su talento visual y buen hacer como narrador para ir recobrando foco y también dinero que le posibilitara proyectos más personales.

Así, “Jack Ryan: Operación Sombra” (2014), “Cenicienta” (2015) o la propia “Thor” (2011) ayudaron a parir la estupenda “El Último Acto” (2018) o esta “Belfast”, que tanto está gustando. Y entre medias, proyectos a medio camino entre lo comercial y lo personal, como su acercamiento a Poirot, al que con su éxito ha convertido en saga.

Y en esos films, del tipo que sea, podemos encontrar siempre el universo de un autor mayúsculo, en mayor o menor medida, con sus temas y claves, que, claro, en muchas ocasiones coinciden con algunos de los universos del propio William Shakespeare.

Belfast”, que además es semi biográfica, no iba a ser menos… Aquí tenemos esos entornos aislados, que a veces son fantásticos, en otras ocasiones físicos y reales, incluso metafóricos. De Asgard a un palacio danés, de una bella villa siciliana a un tren lleno de asesinos, de una casa con amigos a otra donde se prepara una obra shakespeariana, de una lujosa mansión llena de sentimientos retorcidos a la calle en la que viven los protagonistas de la cinta que nos ocupa.

Y estos entornos a menudo sirven a Branagh para desarrollar algunos de los temas que le gustan, como esas prisiones, reales o ficticias, físicas o psicológicas y mentales, en las que caemos o nos metemos, de las que luchamos por liberarnos. O no.

El pasado de “Morir Todavía” (1991), las dudas de “Hamlet” (1996), el miedo en “Los Amigos de Peter” (1992), los prejuicios, la envidia y el orgullo de “Mucho Ruido y Pocas Nueces” (1993), el tren de “Asesinato en el Orient Express” (2017) o el barco de “Muerte en el Nilo” (2022), la obsesión de “Frankenstein”, los remordimientos en “El Último Acto” o la casa de “La Huella”… “Cenicienta” quedará presa, literalmente…

Prisiones de las que queremos liberarnos, de las que nos cuesta liberarnos, de las que no podemos liberarnos o, en realidad, no queremos…

Estas ideas y conceptos, brillantemente desarrollados en “Belfast”, quedan ejemplarmente visualizados desde la puesta en escena, que es lo que culmina una gran obra, le da cohesión global y visual. El talento visual de Branagh es enorme, además de ser un narrador excepcional.

Belfast” es una película de encuadre, de dirección ejemplar. En cada plano. Y un canto a la tolerancia, a las raíces y a la familia, como bien manifiesta su padre a Buddy tras despedirse de la chica católica que le gusta.

Tras unos planos del Belfast actual a color, plasmando libertad y paz, en picados y diversas angulaciones, con algunos de los lugares típicos, Branagh nos zambulle en un pasado en blanco y negro, de recuerdos, nostalgias, felicidades, incertidumbres y conflictos desde el punto de vista de su yo-niño. 15 de agosto de 1969.

Astilleros, el Museo Titanic, el castillo de Belfast, el ayuntamiento, la ruta de los murales, la Biblioteca McClay de la Queen’s University… Murales como el Deep Love o el Docker’s Rest…

 

 

 

Virtuosismo visual.

No sólo de encuadre vive Branagh, al que se llegó a acusar de exhibicionismo en asombrosa ignorancia cinéfila. Branagh, cuando es barroco, se viste de Welles, y lo hace siempre con un sentido y poderío narrativo y visual increíbles. Pero también sabe ser sobrio y contar sus historias a base de encuadre, como he comentado y voy a explicar sobre esta misma película.

Aquí también tenemos movimientos de cámara y angulaciones. De todo tipo. Picados, grandes angulares, contrapicados, planos con aire a un lado del encuadre, juego con las alturas y las distancias, metáforas visuales. Pero lo que prima es el encuadre y la quietud. Y todo desde la extrema sencillez.

Vamos con los detalles…

 

Prisiones y libertad

La libertad es algo difícil. Casi todos la piden y dicen desearla, pero al final, quizá porque la humanidad se diseñó desde la dominación y el sometimiento, suele sucumbirse al miedo a la misma. No todos quieren realmente esa libertad, apegados a miedos, prejuicios, reglas, obediencias, aceptaciones… pasando más tiempo condenando los ejercicios libres del prójimo que de disfrutar de la posibilidad propia. Y esto cuando la prisión no nos la imponemos nosotros…

Branagh plantea “Belfast”,  en cierta medida, como un juego de contrastes. Esas prisiones y esa ansia de libertad en lucha. La primera secuencia es ejemplar en todos los sentidos. Técnico, de concepto, de puesta en escena…

Un muro que se levanta para dar paso del color al blanco y negro. Un muro que nos muestra esa prisión donde acontecerá la película, esa calle donde la gente es feliz a pesar de todo…

 

 

 

 

 

 

Un largo travelling, en plano secuencia, mostrando la vivacidad despreocupada de esos vecinos, en lo cotidiano, con sus charlas y los múltiples juegos de los niños, donde todos se conocen en plena complicidad y seguridad… Fútbol, la lucha de un guerrero contra un dragón…

 

 

Ese guerrero es Buddy, nuestro protagonista, un chaval que vive feliz allí con su familia y vecinos. Que juega con una tapa de cubo de basura a modo de escudo y contesta a las apelaciones cariñosas de sus vecinos. Su nombre vaga por la calle junto a la cámara en otro detalle excelente.

 

 

Una vez Branagh se centra en él (que incluso incluye una gran grúa en plano sostenido), aglutinará el punto de vista, ocultando en ocasiones, incluso, la presencia de sus interlocutores…  Entonces llegará el punto de inflexión.

Un travelling circular, recurso muy de Branagh, siempre con sentido (a algunos les cuesta entenderlo…), sobre Buddy, que marca una escisión definitiva tanto en el punto de vista como en la idea de su visión.

 

 

Altercados violentos, odio, rabia y furia que perturba la mirada limpia, pura e inocente de un niño…

Y entonces, observad las sutilezas: El marcado contraste donde los juegos se convierten en guerra. La excelente metáfora de la tapa del mencionado cubo de basura, que Buddy utilizaba de escudo en su juego para luchar contra dragones, ahora recogida por la madre para protegerlo de las bombas, los cascotes, las piedras y los cócteles molotov… muy reales ellos…

 

 

Algo parecido ocurre con ese otro travelling sostenido en la escena siguiente, siguiendo los pies de Buddy, donde las losas de sus calles, testigos de los juegos y lo cotidiano, se arrancan para usarlas como medida de protección, como muros y barricadas. Creando una propia prisión para mantenerse seguros, a resguardo…

 

 

Es ahí, en el contraste de esa primera secuencia respecto al resto de “Belfast”, donde encontramos la tesis, los conceptos más profundos y la genialidad del film. De la felicidad del lugar donde se crece despreocupado a la infelicidad de cuando te lo arrebatan por asuntos que son completamente ajenos a tu forma de ver y pensar…

 

 

 

Lee aquí la 2ª Parte del análisis.

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sambo

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