ARTHUR CONAN DOYLE: El Signo de los Cuatro

ARTHUR CONAN DOYLE: El Signo de los Cuatro

LITERATURA

 

 

 

 

 

 

Indudablemente las historias sobre Holmes, las adaptaciones de todo tipo, las películas, las derivaciones o inspiraciones, son fascinantes porque el referente original lo es, pero los libros, las novelas y los relatos cortos que sir Arthur Conan Doyle dejó para la posteridad, esos, amigos míos, no tienen paragón.

No creo que sir Arthur Conan Doyle imaginase la repercusión del eterno personaje que creó cuando comenzó a escribir historias sobre Sherlock Holmes, un personaje que para millones de personas es más real que buena parte de las figuras históricas. De hecho, muchas personas, millones de ellas, creen que existió verdaderamente, tal ha sido el impacto de este legendario personaje.

El signo de los cuatro” es la segunda novela del “Canon holmesiano” (la colección, el conjunto de escritos, de relatos y novelas creados exclusivamente por sir Arthur Conan Doyle), publicada en 1890. Y es que Doyle es juguetón, por eso recurre a guiños metalingüísticos, como la mención en esta obra a la que fue la primera novela holmesiana, “Estudio en escarlata” (1887).

Como toda la obra de sir Arthur Conan Doyle y su creación, Sherlock Holmes, esta historia rezuma inteligencia e ingenio, alcanzando sus cotas más altas en las deducciones y reflexiones tras valorar las pistas encontradas. Hay, de hecho, un velado homenaje a “Los crímenes de la calle  Morgue” de Poe en la parte de la trama donde se comete un crimen en un estudio y la posterior deducción de este, donde aparentemente nadie entró ni salió de la habitación.

Es ahí, en las deducciones, como la exhibición que hace al inicio nuestro adorado detective ante el reto de Watson, donde más placer obtengo de las historias de Sherlock Holmes, más aún que en las escenas de acción, como la persecución en lacha. Sí, en Holmes hay acción, persecuciones en lancha y disparos, lo digo por los puristas que creen que nuestro detective sólo saca la lupa y reflexiona circunspecto en la paz y el sosiego tras el crimen.

Es cierto que en ocasiones las oportunas pistas son muy oportunas (huellas, olor…), pero no restan ingenio ni inteligencia. Una inteligencia que se demuestra en que cuando te planteas dichos trucos, Doyle se esmera en matizarlos o infravalorarlos.

La reconocida inseguridad de Watson ante el talento desmesurado de Holmes es un elemento interesante, y es que la riqueza de ambos personajes y su relación es de una complejidad que no se ha logrado captar siempre como merecía en otros contextos.

Hacer de Holmes un “secundario”, que lo veamos ejercer y conozcamos a través de los ojos de otra persona, ese brillante y agudo doctor, que hace las veces de narrador, acentúa el carácter mítico del detective. A Watson no se le ha rendido el tributo debido ni retratado, en general, como merece en las adaptaciones. Aquí se enamorará, porque Watson es tan inteligente y honesto como mundano. Su flechazo es inmediato, pero su sentido del deber es aún más intenso. Al tener unas cualidades menos excepcionales, Watson queda eclipsado en ocasiones, pero es un personaje tan rico e interesante como el propio Holmes.

La presunción en Holmes es evidente, aunque se matice en ocasiones. A menudo te preguntas, para qué quiere acompañantes en sus investigaciones un hombre de su solvencia y autosuficiencia, salvo si no es para fardar.

En ocasiones parece una marcada prepotencia, sobre todo desde el punto de vista de los demás, pero su afán de confirmar sus deducciones son mecanismos matemáticos, analíticos, de ratificación científica para aseverar que todo cuadra, y donde siempre es honesto. Si dice que pensó en algo o llegó con anterioridad a esa conclusión, siempre es rigurosamente cierto, lo mismo que cuando algo le pasa desapercibido.

La melancólica insatisfacción de Holmes es fascinante y suscita numerosas reflexiones acerca de la peculiaridad de su carácter. Fascinante, extraño, pero coherente y comprensible. Vive para su talento, lo justifica todo por él… y a la vez sufre.

Es un personaje excepcional, un romántico cerebral y desapasionado en lo humano, aunque resulte una paradoja. En el convive la ambivalencia, como confirma en las últimas frases de la obra, porque su pasión se desborda en el reto intelectual, no en la mujer, pero sus sentimientos, sus pasiones, su tormento, es el mismo que en el héroe romántico. Solitario, taciturno, depresivo, apasionado, cerebral… Cuando no recibe el estímulo intelectual, como cuando a los clásicos románticos les falta el amor, cae en la depresión y la tristeza, de ahí que recurra a la cocaína, en una disolución al 7%. Es en este texto donde se presenta dicha adicción.

Y por ello, las menciones a Goethe no son baladíes. El gran autor alemán creó un icono romántico con Werther.

 

sambo

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