A 23 PASOS DE BAKER STREET (1956)

A 23 PASOS DE BAKER STREET (1956)

HENRY HATHAWAY

 

 

 

4/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hitchcockiana película del gran Henry Hathaway, ese director que te hacía cualquier cosas en cualquier género sin aparente esfuerzo, resultando siempre notable. Uno de los directores más regulares del cine clásico, siempre a reivindicar.

Película muy entretenida de suspense clásico y guiños a Sherlock Holmes y el citado Hitchcock. Un título al que tengo especial cariño de cuando me pegué el maratón de Henry Hathaway, que disfruté como un enano.

Con un ciego Van Johnson, que hace recordar a la excepcional y posterior “Sola en la oscuridad” (Terence Young), que protagonizaría Audrey Hepburn en 1967, nos introducimos en una absorbente trama tributaria del maestro Hitchcock, al que vemos reflejado con varias de sus películas (léase “La Ventana indiscreta” o “Crimen perfecto”, ambas de 1954).

Siguiendo sus cegados pasos, escucharemos una siniestra conversación llena de presiones y chantajes que nos llevará a un caso especialmente escabroso. Phillip Hannon (Van Johnson) es escritor y, tras escuchar esa conversación, acudirá raudo a la policía para denunciarla, pero nadie le hará caso, por lo que decidirá ocuparse él mismo del asunto.

Hathaway es un gran talento y su película no desmerece de las del maestro Hitchcock, aunque no llega a la altura de las cimas del genio inglés. Muchos reivindicadores quieren ponerla a la altura, pero la grandeza de Hitchcock está en su soterrado y morboso universo oculto, no explícito, además de su técnica, aspecto del que carecen sus imitadores, más ingenuos y planos generalmente.

Lo que es cierto es que la trama, el desarrollo y el dibujo de personajes y sus relaciones es impecable, lo que convierte a “A 23 pasos de Baker Street” en una muestra de género excelente.

No es un novato Hathaway en esto del thriller, aunque en esta trama tan hitchcockiana y de investigación al estilo Holmes tiene un nuevo reto de matices distintos. “Johnny Apollo” (1940), un estupendo título de cine negro; “Catorce horas” (1951); “Correo diplomático” (1952); “Niágara” (1953), una de sus obras más exitosas; “El beso de la muerte” (1947), una de las mejores obras del director; “La casa de la calle 92” (1945) o “Calle Madeleine número 13” (1947), como ejemplos de thriller antinazi… “Yo creo en ti” (1948), que es una joya absoluta, y “Envuelto en la sombra” (1946), un Noir detectivesco excelente, serían, con sus matices, dos películas que se aproximarían a lo que el director realiza en esta “A 23 pasos de Baker Street”.

La relación entre la siempre encantadora Vera Miles, que como ustedes sabrán era actriz fetiche de Hitchcock, a la que puso la cruz por no dejarse guiar por él, y Van Johnson es extraordinaria. Sus dificultades, su presentación, el choque de caracteres y su desarrollo son impecables.

Johnson interpreta a un escritor acomplejado y amargado, incapaz de superar su problema, su ceguera, y que extrapola sus propios complejos a los demás, creyendo que los actos de amor, cariño o afecto son producto de la piedad, la pena, la lástima, la misericordia o la compasión…

Ella, Jean Lennox, se encuentra con una coraza infranqueable, un obstinado regodeo en su desgracia que parece hacer imposible un acercamiento, aunque la pobre lo intenta. Ex secretaria y prometida con la que Phillip rompió el compromiso tras quedarse ciego. Será extremadamente comprensiva con ese arisco y desagradable escritor del que está enamorada, recibiendo cualquier signo de amabilidad como agua de mayo.

Él recurrirá a ella por puro interés, aunque en realidad esconde un amor sincero que no quiere mostrar. Cuando necesite información sobre un perfume no dudará en recurrir a Jean.

Siempre has sido un hombre imposible, Phillip”.

 

 

Y es que hay algo patológico en esa obsesiva búsqueda que ya observamos en James Stewart, a la que se da prioridad por encima de las personas que lo rodean. Una imperiosa necesidad de sentirse importante o útil para suplir su minusvalía. Así comenzará su investigación, enganchando para su aventura a su enamorada Jean, que está encantada de poder pasar tiempo con él, y a su fiel mayordomo.

En cualquier caso, ese proyecto conjunto unirá a la pareja, una redención y madurez a través de la aventura clásica en el cine.

 

En el clímax, Jean soltará toda su furia acumulada, echándole a la cara a su enamorado todos sus malos modos y comportamiento asocial, desagradecido y maleducado, su orgullo frío y descorazonador… En ese momento ella no entiende que ese comportamiento, en ese preciso instante, no se debe a su carácter habitual, sino a un plan que pretende echarla porque sospecha que el asesino va en su búsqueda, por lo que quiere proteger a Jean alejándola de allí rápidamente, algo que con buenas palabras quizá no conseguiría. Es cierto que el posterior comportamiento de Phillip es equívoco, pero la interpretación correcta es esta. Así lo confirmará en cierta medida Phillip en el final feliz junto a Jean, explicando que ante la duda consideró esa la mejor opción.

Un gran plano, con Jean haciendo la maleta y Phillip al fondo, marca esa forzada y buscada separación.

 

 

Es cierto que quizá Van Johnson lleva al exceso su borderío y frialdad con Jean para hacer comprensible la excesiva paciencia de ella, pero quedaría justificado con el intenso enamoramiento de la chica. Un comportamiento sólo admisible en un carácter extraordinariamente sumiso y poco orgulloso para no ceder, aunque sea temporalmente, a ningún desplante… Es un personaje con el que se hace difícil sentir empatía en su prepotencia y autosuficiencia pretendida. En cualquier caso, la idea es comprensible perfectamente.

El director se desmarca con un magnífico uso del punto de vista y la utilización del suspense, el encuadre y el montaje para lograr la tensión buscada.

El juego sensorial, con el sonido, en la escena de la clandestina conversación que escucha nuestro protagonista y sirve de pistoletazo de salida para la trama, es estupendo. Un perfecto encuadre frontal donde se muestra a Phillip en el centro de dos siluetas que hablan secretamente tras una mampara. Hathaway alternará planos desde un lado y desde otro de su protagonista, según gire la cabeza para escuchar mejor con un oído u otro, interrumpiendo la escucha con una atronadora máquina tragaperras que irrumpe repentinamente para ocultar cierta información. Un gran uso del sonido. Cuando la pareja se vaya se nos descubrirá solamente a un hombre enguantado y a una mujer angustiada, a los que no les veremos el rostro, en consonancia con el punto de vista de Phillip. Además Phillip parece olisquear a ese extraño al que se le cae el guante. Oído, vista y olfato como protagonistas.

Sus parecidos con las citadas obras de Hitchcock, y alguna más que se podría mencionar, son evidentes desde el mismo planteamiento de la trama. Un protagonista con algún tipo de minusvalía, la pierna escayolada de James Stewart en “La ventana indiscreta” (1954), la ceguera de Van Johnson aquí; dos cómplices, una mujer que bebe los vientos por él y un asistente deslenguado o irónico.

La intensa presencia del piso del protagonista, que además es escenario del clímax, remite en cierta medida a “Crimen perfecto” (1954).

 

 

Con una conversación entrecortada y ambigua, Phillip empezará a crear teorías, hasta el punto de obsesionarse, sin lograr que la policía le haga excesivo caso. De una aristócrata a una agencia de empleo, donde Jean cometerá el error de dar la dirección de Phillip sin recibir nada a cambio. Una niñera recomendada que no era la buscada, que sospecha de Phillip en su disimulo por hacer pasar desapercibida su ceguera…

El propio Phillip cometerá otro error, o hará algo sin medir el riesgo. Pondrá un anuncio en los periódicos mencionando el nombre de la mujer que parecía chantajeada y presionada en la conversación del inicio para ofrecerle su ayuda y su número de teléfono, algo que será utilizado por el otro personaje que participó en aquella conversación, el que chantajeaba, para sacar el nombre.

 

 

Son maravillosos los exteriores de ese nebuloso Londres. Esa constante niebla, por las calles, abarrotadas o solitarias, especialmente estéticas en las noches, pero también por el día, como en ese viaje en barco con su mayordomo, Bob (Cecil Parker). ¿Qué decir del seguimiento a la supuesta niñera que realiza Bob, el mayordomo, primero en taxi al autobús y luego a pie por un centro comercial recorriendo Londres? Una escena sin apenas palabras, con el divertido objetivo de saber a dónde iba y hacerla una foto…

Ah, sí. Ya está. ¡Llovía a cántaros!

 

 

Maravillosas son, estéticamente hablando, las escenas nocturnas como la de la muerte de la buscada Janet Murch y la que sucede poco después, con Phillip acudiendo a la cita concertada, paseando por calles casi indescriptibles, invisibles, por la niebla. Gran trabajo de Milton R. Krasner en la fotografía.

El uso del plano general, que tanto he destacado en el director, con sus westerns especialmente, vuelve a ser aquí ejemplar, dejando a los personajes moverse a sus anchas, generalmente por el piso del escritor, sin corte.

 

 

Su forma de componer los encuadres es perfecta, situando en el centro, ya sea del encuadre o entre dos personajes, al escritor especialmente, cuando dirige la escena, o en primer plano, a un lado de la pantalla, mientras se mantiene expectante. Composiciones casi siempre triangulares en cuanto al posicionamiento de los personajes. Un ejemplo más: la entrevista con la aristócrata que fue al concierto. Gloria del cine y el lenguaje cinematográfico clásico, del que Hathaway era un maestro.

 

 

 

Interesante desde el punto de vista estilístico es ese plano en el último tercio del film, en el que vemos a una enfermera llevando una silla de ruedas, que recoge un muñeco que se ha caído (que dará la pista definitiva para encontrar a la niña raptada). Al final de esa escena sin aparente sentido, tendremos una panorámica que abandona a la enfermera para deleitarse con un plano general del parque, pero cuando vuelve inmediatamente al lugar por donde transitaba dicha enfermera… ha desaparecido. Una panorámica de ida y vuelta generando intriga.

 

 

 

Se cambiará el punto de vista, que en un principio parece será el del ciego protagonista. Veremos los seguimientos del mayordomo, a Jean en soledad e, incluso, a la mujer víctima de presiones en su apartamento cuando quiere contestar al anuncio de periódico puesto por Phillip.

Siempre aprecié especialmente el uso del color rojo en Hathaway, aspecto del cual Hitchcock era un maestro… como de tantas cosas. La violencia seca, uno de los rasgos estilísticos más reseñables del estupendo director americano, aparece aquí contundentemente con algunos asesinatos. Uniendo estos dos aspectos tenemos el asesinato de la chica que Phillip busca denodadamente, Janet Murch (Natalie Norwick), asesinada sin ceremonia en una cabina roja tras llamar el escritor presionada por la silueta misteriosa, que la siguió al salir de casa, en un gesto de lucidez inaudito…

 

 

Escuchas, pistas, espionajes, conversaciones secretas, seguimientos e investigaciones, confusiones sexuales donde lo que se creía un hombre es una mujer, un misterioso hombre amenazante que acude a una cita en un bar, palabras a medio escuchar que adquieren otro significado… todos los ingredientes de una buena historia detectivesca.

Es interesante el suspense generado en el bar, cuando el hombre que acude a la cita, que se hace llamar Murch, fingiendo ser el padre de la mujer asesinada, cambia el vaso de lugar ante la sospecha de la ceguera de Phillip, descubriendo su debilidad…

 

 

Se inicia así una excepcional escena de suspense repleta de atmósfera, a lo que ayuda, precisamente, la atmósfera neblinosa del Londres que recorre la pareja de hombres hacia una casa medio derruida, plan del asesino para matar a Phillip, dejándole allí solo sin referencias a gran altura… Y con unas luces rojas a la entrada que marcan simbólicamente la intención.

Solo en una habitación destrozada, en ruinas, en un piso alto y sin fachada, donde un mal paso precipitaría al escritor al vacío… Uno se pregunta por qué no lo empuja sin más, teniéndolo a merced, pero quizá el asesino sea escrupuloso y no quisiera hacerlo él mismo…

 

 

 

Se desvelan así los rostros de todos los villanos, algunos de los cuales ya los habíamos visto en realidad. El esbirro asesino, el dueño de la agencia de empleo… Sólo queda la falsa niñera.

Una vez encontrada la niña secuestrada de una adinerada familia, que era el plan que escuchó Phillip al inicio de la película, llegamos a un clímax minimalista en el piso del escritor, donde el último miembro de la banda pretende venganza.

 

 

 

 

Un estupendo clímax que remite de nuevo a “La ventana indiscreta”, usando artilugios, que son útiles en su trabajo al protagonista, para impedir que el asesino logre sus propósitos (la cámara y el resplandor de las bombillas de James Stewart y los magnetófonos de Van Johnson). Además, los dos utilizarán la oscuridad a su favor, especialmente el protagonista de la que nos ocupa, que con ella logra igualar la situación.

 

 

También habrá una caída desde gran altura, como al final de “La ventana indiscreta”, pero no del protagonista, sino del asesino, y con trágico final para él.

Un clímax muy sensorial, de nuevo. Donde los ruidos serán delatores, donde el oído será primordial, donde la vista queda anulada y el olfato desvela identidades. Era la supuesta niñera que se ofreció a PhillipAlice MacDonald (Patricia Laffan).

 

 

Un suspense francamente logrado, en la oscuridad, y que remite a aquella película citada al inicio, “Sola en la oscuridad”, de Terence Young, a la que se anticipó unos años.

Un estupendo final que tendrá beso de reconciliación de la pareja para satisfacción de todos.

 

 

Con guión de Nigel Balchin, basado en la novela de Philip MacDonald, “A 23 pasos de Baker Street” es una buena película de suspense que satisfará a todo amante hitchcockiano, con sus licencias y momentos forzados o ilógicos, pero gozosa desde que empieza hasta que acaba. Muy bien interpretada, con la encantadora Vera Miles, el abnegado mayordomo que encarna Cecil Parker y el rol protagonista de Van Johnson, que sin tener un gran carisma ni ser un actor notable cumple aceptablemente.

 

 

 

 

 

 

sambo

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