CORALIE FARGEAT
2/5
Estilo
La película de Coralie Fargeat es redundante hasta la desesperación. Y en todos los sentidos posibles. Estilística, conceptual y narrativamente. Escenas y planos que se repiten una y otra vez, ideas que dan vueltas sobre sí mismas… Por otro lado, lo cierto es que la dirección es bastante depurada, esteticista. Apenas necesita de diálogos para desarrollarse.
La frontalidad, así como el uso constante del Gran Angular, son las señas de identidad del estilo, que es uno de los rasgos que más han llamado la atención y la han convertido en diferencial este año. Gran Angular, planos oblicuos y enfatizados, efectos y distorsiones sonoras para una realidad desvirtuada y una paranoia opresiva.
Hay un buen plano frontal, desde la cocina, donde se ve el salón, la televisión cambiándose por una invisible Elisabeth, oculta tras la pared, y la foto gigante al otro lado. Poco después veremos lo mismo, pero con Elisabeth presente en la cocina. Buen retrato de la situación sin diálogos.


La realización rezuma irrealidad por los cuatro costados. Interpretaciones, decorados, colores, uso de objetivos y angulaciones… El plano detalle es otro marcado rasgo de estilo, siempre para lo escabroso y lo grotesco.
Los decorados, en concreto el apartamento de Elisabeth, se irá manifestando expresión del propio deterioro de la matriz, de Elisabeth. Cada vez más sucio y pútrido, en contraste con los momentos en los que es regentado por Sue.
La idea principal de la trama se explica con una metáfora inicial, la del huevo, que tras inyectarle “la sustancia” produce otra yema. Ello en plano cenital.


Lo efímero del éxito y la fama, la necesidad de la imagen, la belleza y la juventud para poder ser visible en este mundo superficial y heteropatriarcal, donde cuando pierdes esa belleza y esa juventud no eres nadie, te conviertes en invisible, sobre todo si eres mujer. En la estrella de la fama cogida en picado total veremos el proceso. De las fotos, el éxito, el reconocimiento… al olvido paulatino, el deterioro y, finalmente, la indiferencia, que es la muerte en vida.
Es más, la película termina de forma circular, en la misma estrella de la fama donde comenzamos, con las sobras de Elisabeth sobre ella siendo limpiadas hasta desaparecer en esa absurda fugacidad que es la fama.
El ego exaltado producto de un sistema y su espiral enfermiza los retrata Fargeat con megafotos glorificadoras de la protagonista en un pasillo dedicado a ese ego, por ejemplo. Y el paso del tiempo, que se resalta con el hecho de que sea su cumpleaños.













Y ya en ese plano metafórico cenital con la estrella de la fama, el subrayado exagerado y repetitivo se erige como norma y rasgo de estilo. Ejemplo y plasmación del tono buscado. Un mendigo, una hamburguesa que mancha la estrella al caer, gente que hace comentarios indiferentes sobre el nombre que contiene, la rotura de la baldosa, la nieve enterrándola… ¿No os ha quedado claro aún?
Tras el primer intercambio, Elisabeth se hará unos huevos fritos. Guiño, imagino, para subrayar la idea…
Del cenital con la citada metáfora del huevo, pasamos al cenital sobre una estrella de la fama. Elisabeth Sparkle. Ganadora del Oscar, una figura reconocidísima del cine y la televisión. Con esos dos conceptos tendríamos todo hecho. Una idea sobre la que se ha hablado, tratado y hecho películas para aburrir. Pero bueno, hay que disponerse a ver la historia que se va a desarrollar.



Picados extremos, como los dedicados a las duchas de Elisabeth y Sue en ese aséptico baño. En picado abrirá Elisabeth la caja con “la sustancia”, que es como si abriera un Iphone nuevo.



Todo lo que tiene que ver con el personaje de Denis Quaid (Harvey) es grotesco, ligado completamente al esperpento. Desde la distorsión de su rostro con el Gran Angular a los planos detalle grotescos vinculados a él, como en la escena de la comida con Elisabeth (moscas en el cuello y luego ahogadas en vino (hola, Cronenberg), comida, gambas, boca manchada…). Además, el montaje con Harvey siempre será el mismo, con mucho corte, muy sincopado y mucho plano detalle. La frontalidad se mantiene, en plano-contraplano, en esta escena de la comida. Esa forma de comer gambas que tiene algo de metafórica…
Habrá momento psicodélico en el parto de Sue para dar paso a la subjetividad de ese “nuevo ser”. Subjetividad completa, ya que también se sostiene con los efectos de sonido. También en el parto de Elisasue.
Tenemos una gran oda al cuerpo, en este caso con la idea de criticar ese uso por parte del heteropatriarcado. Innumerables planos cogidos desde la espalda, además. Fargeat es muy de culos… Del mismo modo, tenemos un montaje que en ocasiones nos recuerda a la Nouvelle Vague, con cortes que aceleran una misma acción. Llegar de un punto A que vemos a uno B que también vemos, cortando en el tránsito varias veces, por ejemplo.







Simbolitos hay muchos. La bola de “nieve” como símbolo de la gloria efímera ya pasada, que terminará estrellada en la mega foto del salón. Esas palmeras. Las palmeras simbolizan muchas cosas, desde el triunfo a la inmortalidad o el renacimiento. Todo podría tener sentido aquí. Además, en ocasiones aparecen dobladas y resecas.
Espejos. Los espejos aparecen constantemente en la película. Y su sentido es el más obvio, retratando la realidad a los personajes, una realidad que les cuesta aceptar y asumir, de ahí que acaben rompiendo ese reflejo o cayendo en un insatisfactorio frenesí de maquillaje que les devuelva una imagen más grata… infructuosamente.
El espejo devuelve la realidad que no acepta a Elisabeth, que al ver el bello cuerpo dormido de Sue volverá a retocarse, incapaz de alcanzar aquel ideal. Insana competencia entre juventud y madurez comentada. Complejo, vergüenza, inseguridad, impotencia, insatisfacción… Un gran momento.













En un baño tendremos el primero, cuando Elisabeth se entera en secreto de los planes que tienen para su futuro… El despido. Asume mirándose en él, como si le cayese encima repentinamente, su edad, el paso del tiempo. Una difícil realidad, claro.
“La renovación es inevitable”.
Un retrovisor nos enseña el rostro de Elisabeth cuando ve destruir su cartel en la carretera, previa al accidente que sufre. Sí, se puede entender como que todo lo que acontece desde aquí es producto de su imaginación terminal tras el accidente.
El espejo del baño será un gran protagonista. Asiste al hundimiento completo de Elisabeth, de azul. Ese espejo del baño nos presentará a Sue en un plano subjetivo.
Ante espejos, como comenté al inicio, tenemos los dos mejores momentos de la película. Elisabeth retocándose una y otra vez para acudir a su cita con el compañero de colegio, que se frustrará. La ternura monstruosa de esa criatura imposible y horrenda adecentándose para acudir a su gran momento en la gala de Año Nuevo. Escena tan entrañable como patética.






En un espejo se prepara Sue para el programa de Año Nuevo y, acto seguido, espejos de baños le devolverán su deterioro con pérdida de dientes y demás.
Colores
El look de la película es muy llamativo, con un colorido que, como todo lo que tiene que ver con el aspecto visual y la dirección, rezuma irrealidad.
¿Tienen sentido los colores o es puro esteticismo?
Mezclamos colores cálidos y fríos. Amarillo sobre azul tenemos a los huevos que se dividen en el primer plano de la película. De azul viste Elisabeth en la cima de su éxito, regodeándose en él en un pasillo naranja del que cuelgan exageradísimos retratos suyos. Un pasillo naranja ausente de ego cuando Elisabeth se vaya, pero que volverá a inflarse para Sue…
Anaranjados, rojizos, tiene Elisabeth en su cama. En cambio, cuando veamos a Sue en ella los colores serán fríos, negro o azul muy oscuro.










De azul viste Elisabeth en la comida con Harvey, que también viste una chaqueta con toques azules y blancos. Azul es el salón de Elisabeth y el atuendo de la gran foto, que coincide con el vestido que lleva al ahogar las penas en el bar y luego en casa, cuando se mira al espejo tocando fondo. Nostalgia, dolor, llanto, recuerdos de gloria, efímera gloria.
De azul princesita vestirá Sue para el programa de Año Nuevo. Padecerá el deterioro de baño en baño. Primero en el rojo y blanco del estudio y, después, en el de su casa.
Amarillo será el abrigo que lleve siempre Elisabeth cuando salga a la calle. Se lo veremos por primera vez en el coche, una vez ha sido despedida, cuando tiene el accidente. Amarillo sobre azul, como las yemas de huevo sobre el fondo azul del primer plano citado.
Amarillo es el símbolo de esa empresa que ha creado la sustancia, en clara referencia a los huevos que vimos al inicio.
Un baño que parece salido de “El Resplandor” (1980) de Kubrick, tiene colores blancos y rojos. Y otro de 2001…
Siempre aparece un color cálido llamativo dentro de entornos fríos, como esa silla naranja en la cocina de Elisabeth. De naranja vestirá Harvey al final de la película.



El blanco aparece en entornos pretendidamente asépticos. Los baños. En el estudio se compartirá con el rojo, como ya comenté, pero el de casa de Elisabeth será completamente blanco. Eso sí, al final, con la pelea entre las dos, el blanco se teñirá de rojo. También lo será el lugar donde se recoge “la sustancia”, contrastando con la sordidez de su localización exterior y pasadizos, que además la harán humillarse agachándose para entrar. En esa habitación, el blanco se contrastará con el amarillo del abrigo de Elisabeth que, recordad, es el huevo… Su casillero será el 503.
De rojo, color cálido, pretende ir Elisabeth a su cena con el ex compañero de colegio.
No, no parecen tener un sentido muy definido…
La escenografía y los decorados muestran espacios amplios y abiertos, junto a la mencionada frontalidad, ya sea en planos fijos o travellings.



Hombres malos.
Los hombres son una figura negativa, como corresponde a ese universo heteropatriarcal que define la película. Son gente grotesca, libidinosa, superficial, insensible.
Ya hemos hablado del retrato que se hace de Harvey, el hombre con más protagonismo, que saldrá por patas en la comida con Elisabeth cuando ella le haga una sencilla pregunta que requiera más que formulismos, frases hechas y salidas complacientes y manidas. Harvey es, básicamente, un meme.
Luego habrá otro que hará lo mismo, el doctor que atiende a Elisabeth tras su accidente. También recurrirá a frases bien queda, con las que cree que consuela o soluciona algo, pero que al ver llorar a Elisabeth saldrá corriendo de la consulta.



Por patas también saldrá el amante de Sue en la parte final cuando escuche a la monstruosa Elisabeth al otro lado de la puerta.
Los dos tipos que vemos en el casting son igualmente despreciables y superficiales. Como lo es la forma en la que Harvey trata a su asistente, humillándola, cambiándole el nombre y reduciéndola a ser un mero pelele.
En realidad, lo mismo ocurre con Sue, reducida a mero maniquí, como en su día lo fue Elisabeth, aceptando un enfermizo sistema donde estas mujeres creen que pueden sacar la cabeza gozando de un efímero éxito proporcionado por hombres despreciables.



El vecino baboso. ¿Dónde pongo esto? ¿En subrayados o en hombres malos? Pues ya veis… Por si no os había quedado claro, el universo heteropatriarcal y obseso de la imagen, la superficialidad y la juventud, prefiere a la juventud y desecha a la madurez, al menos a la femenina. Por si no había quedado claro a lo largo de la trama con los múltiples ejemplos y la propia esencia que da sentido al uso de “la sustancia”, tenemos una minisubtrama con el vecino baboso que chilla a Elisabeth por el ruido, cuando cree que es ella la que lo provoca, para ser un gatito sumiso y libidinoso cuando la que aparece en la puerta es Sue.
En la pesadilla de Sue, donde le salen protuberancias mientras hace su programa, un ejército de tíos observará de forma inquisidora el video frame a frame. Del mismo modo, cuando poco después Harvey llame a Sue a su despacho, ante el temor de la chica, veremos a una serie de hombres amenazantes… que le darán la noticia de su elección para el programa de Año Nuevo.

Cuando Sue ha perdido sus dientes y Harvey la apela buscando su sonrisa ante su gran momento, veremos a una patética colección de accionistas, retratados paródicamente, terminando con unas ridículas carreritas persiguiendo mujeres con poca ropa, como si fuera un homenaje a Benny Hill.
“Sonríe”.
El único hombre que muestra cierta empatía es el joven de los ojos azules y la verruga en la muñeca, que es quien dará el acceso a “la sustancia” a Elisabeth, desvelándose luego como la versión joven de otra persona, egoísta, por supuesto, pero demostrando, y matizando al maniqueísmo, que en los hombres existe el mismo anhelo y sufrimiento.
Cabía preguntarse en un momento dado, por qué a los tíos, como a ese médico, la cosa con “la sustancia” les sale bien. ¿Patriarcado, quizá? En ese ecosistema, los hombres gozan de semejante avance científico, mientras que las mujeres son víctimas, sobre todo cuando se prestan a ese juego, como hace la protagonista. Pero luego descubriremos que aquel médico que dio acceso a “la sustancia”, tendrá el mismo problema que Elisabeth. Un acierto, que además no suprime su crítica heteropatriarcal.





Hay otro hombre, el ex compañero de clase de Elisabeth, también retratado grotescamente. En sí no es un personaje negativo, aunque sí un tanto repulsivo. Muestra interés sexual por ella y pretende una cita, aunque siente su complejo de inferioridad. Su retrato es esperpéntico también, con ese papel que cae al barro y donde ha puesto su número de teléfono ante la incomodidad de ella.
El libro de cocina que regalan a Elisabeth en su despedida es otro gesto heteropatriarcal que deja claro que, en ese mundo, si eres mujer, sólo sirves para ser imagen sexualizada o para trabajar en la cocina.
Cuando Fargeat saque su manguera de líquido rojo a relucir en el clímax, trufará el momento con comentarios machistas, sexistas y superficiales una vez más.
“Soy yo”.




Tanto Demi Moore como Margaret Qualley, especialmente la primera, se han entregado a fondo para sus respectivos papeles, que tienen mucho de metalingüísticos. Una Moore, casi siempre denostada por la crítica, que se reivindica con este personaje cuando pocos se acordaban de ella o la tomaban en serio, como ha ocurrido también este año con Pamela Anderson y su trabajo en “The Last Showgirl” (Gia Coppola, 2024). Me alegro por ellas.
“La Sustancia” no cuenta nada nuevo ni original, más bien al contrario, pero ha sido bien vendida, especialmente por el trabajo, arriesgado, de Demi Moore, con esos toques de violencia exagerada y dirección vistosa en una reflexión tan manida como eficaz. Ha logrado llamar la atención, sobre todo de ese mundo feminista que busca sus títulos de referencia.










Lee aquí la 1ª Parte del análisis.
2/5





