1917 (2019)

1917 (2019)

SAM MENDES

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No soy muy aficionado a los videojuegos, pero recientemente he podido pasar ratos jugando a dos, de esos que parecen películas. Quizá por mi inexperiencia, el impacto al ver este nuevo trabajo de Mendes ha sido mayor en el sentido de que me pareció estar sumergiéndome en uno de esos videojuegos.

Ese plano secuencia que sigue a los personajes a una prudencial distancia, mostrando los entornos, desde su espalda, o poniéndose frente a ellos según se maneje la situación, con ese ruido de ambiente y esa banda sonora altisonante que te mantiene alerta y que también me recuerda a esos videojuegos. Largos paseos por entornos naturales, por lugares nevados, nocturnos, por parques de día, con distintos aditivos que se introducen, conversaciones, choques, baches… para aligerar esas transiciones. Encuentros repentinos donde un personaje te suelta una frase imprevista rompiendo el silencio o tú dialogas con un acompañante hasta llegar al lugar donde acontecerá una misión, que consistirá en descubrir algo, pelearse con alguien o realizar un tiroteo…

La cuestión es que en muchos de los videojuegos modernos tenemos guiones francamente complejos y que darían para grandes películas o series. No es el caso de “1917”, que tiene un guión y una historia muy sencilla. Básica.

Una cinta brillante desde lo técnico, que se goza mucho gracias a esa ejecución y planteamiento. Emocionante, incluso. Una gran vivencia cinematográfica como espectáculo, pero no es la gran y total película que algunos han querido ver o han reseñado. Es sencilla y carece de subtexto (algo que no tiene por qué ser grave), más allá de los temas y elementos obvios paridos de su peripecia bélica, que hemos visto en muchísimos títulos del género. La mayoría. Una cinta que contada de otra manera habría resultado del montón. Pero que no está contada de otra manera, y eso la hace especial.

Este trabajo de Mendes sigue una línea similar a “Gravity” (2013), la joya de Alfonso Cuarón, una cinta de  aventura y peripecia, una misión a superar. Pero donde Cuarón trascendía (su subtexto sobre la gestación de la fe es maravilloso) en Mendes no hay nada más que lo comentado, los temas habituales de una película bélica.

Es una misión casi en tiempo real donde se van sucediendo peripecias y donde Mendes va creando un clima y atmósfera adecuados. Trincheras estrechas, choques entre soldados, vaho producido por el frio, barro, arena, soldados descansando donde pueden, heridos de acá para allá. Y esto antes de salir… Un clima y atmósfera que se irá haciendo paulatinamente más tenso conforme avance la narración, con una única concesión al humor, un tanto tétrico, en la historia de la rata, el aceite y la oreja mordida que Blake (Dean-Charles Chapman) cuenta a Schofield (George MacKay).

 

 

1917” es un tremendo alarde técnico que ha requerido de una planificación portentosa en su soberbia puesta en escena para que todo se pudiera realizar como Mendes quería, con ese aparente plano secuencia utilizado en dos partes. Una cinta de peripecias, de misión y aventura, pero con entorno bélico, añadiendo los temas y elementos clásicos que se pueden extraer al género, además de honrar al pasado. En este caso al abuelo del director. Alfred H. Mendes. 1º Batallón del Real Cuerpo de Fusileros del Rey.

La salida a lo desconocido es terrorífica, hacia tierra de nadie, hacia la línea del frente, con esa cámara que se eleva sin saber qué le espera al otro lado. Una más que probable muerte. Una nada neblinosa que aterra.

 

 

Como en los videojuegos, en varias ocasiones, se anuncia lo que se van a encontrar los personajes guía, sin que ello signifique desvelar todos los imprevistos o sorpresas. Pero sirve como una guía en el itinerario que se supone correcto. Caballos muertos, un hombre muerto encorvado en la alambrada… así será a la salida. O cuando Schofield abandona a la chica con el bebé, que explica sobre el río y bosque… que efectivamente encontraremos, pero no sobre los peligros…

 

 

Muertos, ratas, heridas en la mano por culpa de las alambradas, trincheras desechas, aviones de paso fugaz, tanques destrozados, cuerpos, más barro, pajarracos… Una soberbia ambientación que expone con orgullo además la increíble planificación.

 

 

Hasta esos planos donde la cámara se detiene momentáneamente para mostrar un detalle descubren el enorme trabajo de planificación realizado, si bien también pueden usarse para trucar cortes…

Escenas como la del cable trampa en la trinchera alemana, que como en los videojuegos tenemos esas estancias solitarias donde los personajes se ven obligados a entrar, llenas de recovecos, donde siempre puede salir un enemigo, un zombie… o un cable conectado a una bomba.

 

 

 

 

 

 

La escena del duelo con el francotirador, o tirador a secas, es puro videojuego, un shooter, por ejemplo, situándonos, obviamente, en el punto de vista de Schofield. Digo lo de tirador a secas porque el alemán parece regulero, aunque quizá es que estuviera herido de antes y por eso lo dejaron allí… Ahí será el primer y único corte explícito cuando nuestro guía quede inconsciente.

 

 

 

 

 

 

 

La huida en la noche recibiendo disparos, matando y perdiendo el fusil, hasta encontrar a la joven con el bebé; la nueva huida recibiendo disparos hasta lanzarse al río, a merced de todo, evitando rocas, en espectaculares planos; la épica y antológica carrera por el frente para alcanzar su destino, muy bien acompañada por la música… son puros momentos de videojuego.

También, como en los videojuegos, se equipará a los personajes con objetos que irán utilizando, ya sea comida, armas, las notas como pasaporte, las cantimploras o la bengala de aviso…

 

 

Raíces

El deber, el honor, la responsabilidad, la camaradería en la lucha y tras los vaciles, el horror de la guerra, el sacrificio, el valor, el heroísmo (el más puro, el anónimo)… Medallas, éxito, méritos, la vacuidad de los reconocimientos… temas habituales en el cine bélico (y otros) que salen aquí, si bien sin excesiva profundidad ni desarrollo, meramente mostrados como elementos intrínsecos al contexto. Estos temas los enmarca Mendes entre árboles. Las raíces, la familia, el apego a lo nuestro, como sentido último de la vida y motor de la misma, de nosotros mismos.

«1917» tiene una estructura circular, por su cierto simbolismo. Termina de una manera similar a la que comienza, con los mismos elementos, donde los árboles son pieza clave.

 

 

La placidez anestésica de una pausa en paz, dentro de un entorno bélico, al aire libre, con los protagonistas apoyados en arboles, que les dan descanso. De hecho, es sólo el personaje interpretado por George MacKay el que se apoya en uno, como hará al final del film. Un entorno bélico pero cotidiano, con lavanderas, peluqueros, cartas que llegan de la familia, deseo de comida… Conforme nos alejemos del árbol no iremos zambullendo en un lugar cada vez más claustrofóbico, la trinchera, y oscuro, la sala habilitada para los altos mandos que encomendarán la misión… De los sueños de libertad y hogar, a una misión a contrarreloj. De la luminosidad diurna al aire libre a un interior tenebroso iluminado con faroles…

 

 

 

En el final, Schofield (George MacKay), se acomodará en otro árbol, como le vimos al inicio, para regocijarse en sus recuerdos. Recurrirá al fetiche familiar, un apego casi innato, necesario para la supervivencia. Como le ocurría a su amigo, Blake, en su sorprendente muerte, que recurre a él como último consuelo, el último mensaje, el último recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

Ese ansia de afianzar raíces, de cobijarse en la familia, en lo nuestro, en lo cierto de un sentimiento, se matiza también con el uso de otro árboles, concretamente del cerezo y sus flores. Veremos cerezos en un par de ocasiones, y ambas con apariciones significativas. El cerezo simboliza la fragilidad de la vida y su transitoriedad, de hecho, en Japón, donde es muy querido, se relaciona con los samuráis, guerreros, como nuestros soldados, y también referido a la fragilidad de la vida, lo efímera que es ésta. Se relaciona con la sangre y el sacrificio del samurái.

Cuando los vemos por primera vez están arrancados de cuajo. Será Blake, que los cultiva, el que explicará cosas de ellos, sus muchos tipos distintos, y que aún talados, no mueren, que posiblemente se hagan más fuertes y robustos que antes. Si os fijáis, al entrar en contacto con los árboles, Blake comenzará a rememorar a su familia, de nuevo ese vínculo, las raíces… y lo transitorio entre la vida y la muerte.

 

 

 

En el bosque, rodeados de árboles, un grupo de soldados se mantienen hipnotizados, transportados, inmóviles, ante la tonada que otro canta con gran sentimiento. Como si cada árbol correspondiera a uno de ellos, como una comunión donde todos son trasportados a sus hogares, con sus familias, a los recuerdos. Los seres de guerra convertidos en seres humanos, seres de arte.

 

 

 

 

Esta escena acontece justo tras la del río, elemento de transición también, donde antes de llegar a unas inertes maderas donde se acumulan cuerpos muertos, Schofield vio precipitándose sobre él hojas de cerezo…

 

 

Hay otro elemento interesante. La leche. La leche parece el vínculo con la inocencia, pero en realidad lo es con la vida y con la muerte. Llenará una cantimplora con leche que encuentra en un cubo, aparentemente de una única vaca sobreviviente. Cuando por azar se encuentra con una chica que cuida de un bebé que ni siquiera es suyo, podrá dar el alimento necesario al pequeño. Es de vida por ese hecho, ayuda al bebé, pero es de muerte porque encuentra la leche justo antes de que caiga el piloto alemán que matará a Blake. Es el gran giro y sorpresa del film, la muerte, mediada la película, de uno de los muchachos protagonistas. La leche contrasta con el agua sucia que intenta recoger Schofield, y que es perfecto símbolo de ese asesinato ruin del alemán al chico que pretendía salvarlo.

 

 

El hecho de que esa chica arriesgue su vida y cuide de un bebé que no es suyo, redunda en esa idea del apego a las raíces y la familia. Es otro signo de humanidad en el infierno, aunque el contraste no es tan impactante como en otros títulos. Un momento, además, para la pausa y la reflexión.

Porque la muerte parece el olvido, de hecho lo era para muchos, por eso se hace necesario ese ritual para el fallecimiento, es necesario recoger fetiches, crear recuerdos, dar la vida que los hombres han perdido a los objetos.

 

 

 

 

6 de abril de 1917

Una misión crucial, universal y personal. No se escapa a nadie que hay un punto de manipulación psicológica y sentimental al usar el vínculo de sangre, afectivo, para elegir al soldado que se encargará de cumplir dicha misión. Avisar de la necesidad de abortar un ataque a los alemanes, que se cree en huida, al ser una trampa de estos. Algo así como el reflejo opuesto de “Senderos de Gloria” (Stanley Kubrick, 1957). Para salvar así a dos batallones, 1600 hombres… y un hermano.

Es cuestionable que decidan mandar para tan importante misión sólo dos personas, y más con la excusa de ir más rápido… Un pequeño comando con algunos más parecía algo más serio o seguro, pero… Uno será muy decidido de inicio, el otro un manojo de dudas y miedos, lógicamente.

Aunque la película es eminentemente maniquea por su obvia sencillez, deja algunos detalles que elogian, de alguna manera, la competencia e inteligencia alemana. Esa trinchera abandonada por los alemanes es el colmo de la eficiencia. Grande, sólida, bien organizada, ordenada, con amplias literas… Ese tremendo arsenal alemán destruido…

Hasta sus ratas son más grandes”. “Son listos. Saben que si no matan a las vacas…las comeréis”.

 

 

Hay un buen manejo del suspense, con la ambientación o con detalles diversos, como ese fuego reciente en la trinchera alemana que deja la incertidumbre sobre si habrá alguien cerca… Acertados trucos de narrador. También logra Mendes una buena fisicidad en su periplo, lo que ciertamente era necesario.

Pasadizos oscuros (que pueden servir de excusa para meter algún corte), linternas, bombas conectadas a cables trampa, en uno de los momentos más intensos del film… Polvo, derrumbe y escombros que nunca dan a los protagonistas…

Hay momentos absolutamente magníficos, memorables desde lo visual, sublimes incluso dentro de la virguería técnica que es el film, como ese duelo aéreo entre los aviones británicos y el alemán que resulta finalmente abatido hasta caer en la granja cerca de los protagonistas…

 

 

Debemos rematarlo”. “No me gusta este sitio”.

Blake: ¿Me voy a morir?

Schofield: Sí, creo que sí.

Y un uso muy certero de los segundos planos para generar suspense. No ya por esa escena de los aviones, también en la noche, en esas ruinas, con las apariciones de soldados alemanes de fondo…

Seguro que los más quisquillosos han ido buscando algún error de ambientación, algún detalle que no se correspondiera para la época, algo sano y constructivo si no se usa como arma arrojadiza contra la película con mala saña. Podemos ver todo tipo de objetos y armamentos. Armas, rifles, brújulas, cascos, cartucheras, equipamientos variados…

 

 

La misión que continúa Schofield una vez ha fallecido su compañero, el que tenía una motivación sentimental, una vez ha muerto el vínculo de sangre, tiene que ver con la conciencia de la muerte, con la asunción de la responsabilidad y el tributo de amistad. Una misión que ejecuta como un autómata, pura determinación (sin renunciar al miedo), inercia, por deber, instinto, afecto. Una determinación adquirida producto de la asunción de la idea de legado, de tránsito. Schofield asimila la necesidad de su amigo, cómo se le fue la vida en un santiamén sin haber cumplido su objetivo, esa impotencia. Toma su relevo como si fuera el enviado de todos y cada uno de esos soldados con familia. Afirmará que llegará cuando antes todo eran dudas, mostrará decisión y mando donde antes eran titubeos (en el camión con sus desconocidos compañeros).

Nos contaba historias divertidas. Me salvó la vida”.

Una vez cumple con lo global se encargará de lo personal, las peticiones de su amigo moribundo…

 

 

Mendes muestra la absoluta vulnerabilidad del soldado de a pie, el verdadero héroe, las piezas que ejecutan y deciden. Lo hace desde su exposición, con la peripecia del protagonista, pero también desde la absoluta ignorancia con la que se mueven y cumplen órdenes.

La película también es un goce estético, sobre todo tras quedar inconsciente Schoefield, tras el primer y único corte explícito del film. Una noche expresionista de iluminación fascinante y fantasmagórica. Una gran fotografía e iluminación de la muerte, con sombras que se alargan y encogen…

 

 

El bueno de Schofield peca de ingenuo en varias ocasiones, algo que tampoco debe exponerse como defecto ya que juegan muchos factores. El miedo, los nervios… la ingenuidad. Sus evasiones apresuradas o que no actúe con la sangre fría que supondríamos sentados en nuestra silla son aciertos de guión en realidad, comprensibles desde un punto de vista objetivo valorando la situación. Un chaval sobrepasado por las circunstancia y solventando situaciones como puede.

Además de la citada “Gravity”, hay momentos que nos recuerdan un tanto a “El renacido” (2015), con ese espectacular baño por el río, así como a otras cintas bélicas. “Senderos de Gloria” (1957), por supuesto, en muchos y diversos aspectos, como esa humanización a través de la música en los soldados, pero también “Gallipoli” (1981), en esa épica carrera del protagonista al final o, incluso, “El imperio del sol” (1987), buscando en ese hospital de campaña… Sí, hay cosas de Spielberg aquí.

 

 

En ese consejo que el mando que encarna Mark Strong da a nuestro protagonista (en ese comando que aparece de la nada), subyace una velada referencia a esos mandos que vimos en “Senderos de Gloria” (también de forma circular tenemos pequeños papeles de estrellas, el primer general que interpreta Colin Firth, el que encomienda la misión, y el que recibe la orden y la aplica al final, Benedict Cumberbatch). Esos que usan soldados, su valentía y sus vidas, para su propia gloria cobarde.

 

Lo sé. Pero hay hombres que sólo ansían la lucha”.

 

 

Además de todos los aspectos técnicos lógicos que merecen todo elogio y premio, me gustaría destacar la banda sonora de Thomas Newman, tanto en los momentos de transición como en los más épicos. Y el trabajo de George MacKay, complejo, que lo solventa con absoluta suficiencia física y expresiva.

Una gran obra, digna de reconocimiento por su gran calidad técnica, porque la Gran Guerra también necesita de más films de este tipo, pero a la que también es necesario poner en dimensión, ya que no se trata de ninguna obra maestra, ni una cinta total .

Tiene todas las papeletas para ser la gran triunfadora en los Oscar. Ganaría una cinta de puro espectáculo, sin más, lo cual es motivo de regocijo, lástima que haya de tener el subterfugio del drama bélico que da seriedad y enjundia para que esto sea así…

 

 

 

 

sambo

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