BAZ LUHRMANN

 

 

 

 

3/5

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando surge uno de estos biopic y se quiere vender bien, ya sea porque se necesita taquilla o está producida por gente con muchos intereses en los premios, se los suele elevar a cielos ficticios que sólo compran los muy fans del personaje y algún que otro despistado que se deja embaucar por la música.

No os dejéis engañar, “Elvis” nos cuenta la historia de siempre y de la misma forma, con dos o tres detalles para poder vender cierta originalidad y un director de cierto renombre. Nada. Es lo mismo de siempre, entre otras cosas porque no puede ser otra cosa. Y no está mal que así sea. Alzado y caía de una estrella, con su redención o no dependiendo del momento. Eso es “Elvis”, como era “Bohemian Rapsody” (Bryan Singer, 2018) o tantas otras. La estructura clásica de “Ha Nacido una Estrella” (William A. Wellman, 1937).

Aquí, la mayor originalidad, y sólo es supuesta y más bien fingida, es que la historia la cuenta el Coronel Tom Parker, manager de Elvis, ilustre miembro de la “Liga Americana de Farsantes” y presunto villano de la función, que interpreta Tom Hanks. Un subterfugio narrativo poco convincente porque ni se respeta su punto de vista ni la historia se filtra a través de él o de su sentir. Una voz over suya que, básicamente, contradice lo que vemos y lo confirma como lo que niega ser… Eso sin contar las numerosas escenas donde no aparece… Un trampantojo. No es mala opción tampoco.

Por supuesto, como buen villano que se precie en el mainstream, se le relaciona en cierta medida con los republicanos. Fotos predominantes de Reagan o Nixon en el despacho de Tom Parker.

“Sin mí no habría existido Elvis Presley”.

 

 

Nos cuenta lo que decían de él, que era un estafador, ludópata y mentiroso, un aprovechado de Elvis, al que sangró y amargó en vida. En este inicio parece querer retratarse la mala conciencia de un hombre… Un feriante, que hará de feriante, en el mundo de la música, mundo de muchos feriantes.

“Yo no lo maté. Yo cree a Elvis Presley”.

Este retrato maniqueo despoja a Parker de matiz y riqueza, además de sus méritos en la carrera de Elvis, que no deben obviarse.

Ojo, que no es una mala película, es correcta, entretenida, tiene buenos momentos, también sus defectos dentro de la convencionalidad, pero cumple su función, que ya es… Y en absoluto hay que interpretar que sea una película tramposa por estos motivos, ya que muestra sus cartas enseguida y no oculta nada.

Baz Luhrmann es el director, alguien que parecía adecuado para el material, si bien se observa cierto apresamiento lógico al no ser un proyecto en el que tenga plena libertad. Queda su firma en lo superficial (su cine lo suele ser, a menudo gozosamente), con los montajes y el ritmo chillón y colorido. Tenemos montajes psicodélicos, pantallas partidas, sobreimpresiones efectistas… mucho champagne visual, muy Luhrmann.

 

 

No estoy de acuerdo con las críticas, típicas en estos tiempos, que han dicho que se presenta a Elvis como un activista y cosas así. Eso no aparece en la película ni se insinúa, aunque es cierto que los apuntes históricos que se introducen como contexto tienen un sentido relativo y no terminan de funcionar de forma natural (la muerte de Luther King, la de Bobby Kennedy…). Es verdad que sirven para exponer la valentía de un artista y una música contracorriente en la época, algo lógico, pero todo queda algo difuso por los momentos elegidos.

Aquí Elvis, más allá de mostrar admiración o pesar por la muerte de ciertos personajes y demostrar su estilo y libertad artística cuando intentaron acotarla, no emite juicio ni reivindica absolutamente nada. Es cierto que muchos de los acontecimientos de su vida son presentados como una persecución al disidente, pero no involucran a la actitud de Elvis.

El retrato de Elvis no tiene nada de especial. La fuerza la da el mito del propio personaje. Se le presenta de espaldas, nervioso, inseguro y rodeado de su familia. Un retrato que contrastará con el sibilino Parker, que lo observa oculto y furtivo. De hecho, a Parker siempre se le retrata como a una alimaña. Por ejemplo, de nuevo, sibilino, en la feria, con ese dibujo simbolizando la avaricia, su bastón con un payaso, un Elvis solo… y él en el laberinto de espejos…

“Pareces perdido”.

 

 

La relación de Parker con Elvis se enfoca aquí como la de un veterano Mefistófeles y un ingenuo Fausto, que sueña con ser un superhéroe, un Capitán Marvel Jr., y volar. El talento de Parker fue ver antes que nadie el potencial y genialidad de Elvis para explotarlo a base de bien, aunque ni él, seguramente, sabía lo que era aquello en realidad. De giras con Hank Snow al cielo.

Parker le hará una prisión de oro de 5 años en citas anuales en Las Vegas, con tremendo éxito, hasta 1973… para evitar la gira internacional (dos funciones por día para un total de 636, donde nunca se dejó sin vender una entrada). Entremedias, las migajas para tenerlo enganchado con la mencionada gira estadounidense (15 conciertos en 15 días) o el innovador concierto vía satélite, el primero del mundo. Esa etapa en Las Vegas, que muchos identifican con su decadencia, es, quizá, la cima de su creatividad y potencial artístico y de éxito. Lo elevará a lo más alto, pero no dejará volar al chico Marvel.

Observad la conversación entre Parker y Elvis en la noria. A Elvis se le encuadra a la altura de los ojos, pero a Parker en contrapicados, recurso expresivo para mostrar su doblez y falta de franqueza.

 

 

Un pícaro listo, avispado, un lince para los negocios que explotará al máximo su producto y se beneficiará muy bien de ello. Un Cadillac rosa, RCA, una casa para los padres, millones, el cine, el merchandising… hasta lo negativo, “los haters”, para sacar provecho de eso también.

“Odio a Elvis”.

 

 

Con todo, cada cosa que hace Parker, en un retrato puramente maniqueo, es mirado negativamente, muchas veces sin razón, ya que sus decisiones, en muchos casos, responden a una lógica que busca engrandecer, proteger y explotar el producto, algo que, como es lógico, todos querrían, sea el uso del merchandising o el control de las polémicas, manteniéndose apolítico.

Por fortuna, el legado de uno y otro es muy distinto. Ya se dice que el tiempo pone a cada uno en su lugar, y aunque esto sea una agradable mentira, el legado de “Elvis”, del que él mismo duda en la película, está más allá de la música. Alcanzó la eternidad, ese lugar donde quedan grabados los elegidos. El de Parker es el de un desdichado, desvinculado de los Presley, finalmente, vía judicial, que pasó sus últimos años solo jugando a las tragaperras de los casinos en Las Vegas… (esto que resalta la película es otro detalle maniqueo, ya que todo esto no fue exactamente así y la relación de Parker con los Presley, tras su duro enfrentamiento judicial, llegó a suavizarse).

 

 

El periplo que se retrata de Elvis es el de la pureza a la perversión, el de la autenticidad al negocio, y la lucha por conservar lo primero cuando lo segundo amenaza con colonizarnos. El Góspel, el Blues, es una revelación para Elvis en su infancia. Del pecado a la espiritualidad vía música negra. Esa será su base, su cuna, en Memphis, en la calle Beale, en la cuna del Blues. Un lugar y un arte que era la pura libertad, libertad a ritmo de cadera que volvería del revés una sociedad (y una política) puritana y racista, que además no descansará para amordazar, maniatar, todo eso. La ruptura del paradigma y la lucha de fuerzas. La fuerza de dos hombres (ese hermano gemelo muerto al nacer). Eso fue Elvis. Libertad. El Rock.

“La vulgaridad y la obscenidad de este Rock and Roll es algo que, obviamente, da pie a que los blancos y sus hijos se pongan al nivel de los negros”.

E integración. Un Elvis integrado en la comunidad negra con total naturalidad. Una música negra que rezumaba libertad y, aunque gustara al dominante “mundo blanco”, estaba mal vista por su pecaminosa estética y demás cosas en esa puritana sociedad. Elvis vino a corregir eso… en cierta medida.

“Los negros llevan cantando y bailando como yo ahora ni se sabe el tiempo”. “Quiero ser como tú”. “Un blanco de Memphis que se mueve como un maldito…”.

 

 

En este sentido, se hace hincapié en su relación con B. B. King, la influencia de la música negra, la presencia de Little Richards fascinando a “Elvis la Pelvis”… El disco con su publicidad en la RCA, el memorable paso por la televisión con esas caderas llegando a millones de hogares al ritmo de “Hound Dog”… Verano de 1956. Cuando todo cambió.

Por supuesto, ante algo que se desboca y no se puede evitar, como fue Elvis, queda la segunda solución: controlarlo, domarlo. Intentarán un nuevo Elvis, familiar, domesticado, con frac, asumible para todo el mundo, que no escandalice y atente contra unos valores difusos…

“Ha sido la actuación más bochornosa de mi vida, papá”. “Si no te ocupas del negocio, él ser ocupará de ti”. “La gente compra tus discos porque les gusta lo que haces, no porque vistas como un mayordomo”. “Cuando sea demasiado peligroso decir algo, cántalo”.

 

 

Es la eterna historia del sistema contra el individuo, el colectivismo intentando anular lo que lo forma (cada individuo), para controlarlo mejor. Domar a la fiera. Aquí tendremos al Elvis rockero haciendo gala de la esencia que define esa música: la rebeldía. El espíritu indomable e independiente ante la opresión. Es la escena del concierto benéfico de 1956 en Russwood Park, ante 14000 fanáticos. Con una escenificación e intenciones algo exageradas en la película.

Y el sistema actuando. 1958. Al ejército, a cortarse el pelo, símbolo de su rebeldía… Fort Chaffee. Y de la “guerra” al amor, con su romance en 1959 con Priscilla, con la que se casará en el 67 y tendrá a su hija, Lisa Marie.

La madre de Elvis es mostrada como el sostén espiritual del cantante. Representante de esa sociedad que teme los cambios, cambios que provoca su propio hijo. Su instinto maternal y de protección, su religiosidad, respeta el vuelo de Elvis, pero no puede evitar observar a los buitres que se van acercando a su genuino arte.

“Hasta mi madre ve bien lo que hago”.

Una madre, principal apoyo, que morirá en 1958. Se visualiza en sucesivos encadenados.

“Se preocupaba y bebía”. “… eso mató a mi madre. Desde entonces he estado pedido”.

 

 

Elvis fue un artista global. Se fue readaptando y buscando lo que podía favorecerle comercialmente. Del Rock pasó a otros estilos, al cine, donde comenzó haciendo musicales hasta que buscó otras propuestas más ambiciosas, que tuvieron poco éxito, terminando en el hastío y el bajón de calidad en sus cintas para sacar cuartos… 1968.

“La gente ya no quiere ver más películas de Elvis”. “Ahora veremos al Elvis artista de entretenimiento”.

La gente no quería calidades tampoco, querían verle cantar, musicales… Un declive artístico que le proporcionó mucho dinero… que derrochó junto a su pandilla. Fue el actor mejor pagado de la historia de Hollywood.

En esas fechas surgían los Beatles, Hendrix… otros que transitaban por caminos que él abrió, que forjaban el cambio que él comenzó. Los 60. Aquí Luhrmann recurre a la estética Pop que predominaba en la época. Pantallas partidas, colorido y montaje chispeante. Es uno de los mejores recursos estéticos del film, ir adaptando su estética a la época retratada.

 

 

Renacerá de sus cenizas en el decrépito cartel de Hollywood con la intención de volver a sus raíces en un especial televisivo navideño que tendrá un gran éxito y nos dejará un temazo, «If I Can Dream«. Metafórica y atinada imagen.

Luhrmann utiliza la fragmentación temporal para narrar su historia. Iremos del presente al pasado y viceversa según convenga. Del cuarto año en Las Vegas de Elvis, en 1973, a sus inicios en Sun Records en 1955, con Sam Philips, en Luisiana, con su “That’s All Right”, cuando la música negra no vendía, pero él apostó por un tema de “ritmos negros con un toque Country” para que toda la juventud lo escuchara. Porque el bueno de Elvis era conocidillo y sonaba bastante en la radio… O cuando viajamos a su infancia.

“Es blanco”.

Luisiana, Misisipi, Alabama, Daytona… Gira por los lugares más conflictivos.

 

 

Habría que anotar a Marion Keisker (Kate Mulvany), la mujer de Sam Philips (Josh McConville), según la película, el descubrimiento verdadero de Elvis.

Entre los grandes momentos del film tenemos la primera actuación que vemos de Elvis, que escenifica con acierto la revolución que fue y el impacto que produjo en esa sociedad mojigata su presencia para una juventud que anhelaba eso precisamente, aunque ni siquiera lo supiera.

“¿Daño? Si parece que lo que quieren es…”. “Yo no sabía nada de música, pero vi en los ojos de esa chica que estaba experimentando emociones que no sabía si debería estar disfrutando”. “Era la fruta prohibida. Se lo habría comido enterito”.

Elvis era la fruta prohibida que, a su vez, probó las otras “frutas prohibidas”: las chicas, las drogas, el alcohol…

 

 

Otro de los grandes momentos. En Las Vegas, la actuación con el “Suspicious Minds” es sensacional. Lo cierto es que la recreación de las actuaciones de las que hay constancias son realmente sensacionales. Si bien Tom Hanks está destacable, como casi siempre, Austin Butler está pletórico. Da lo mismo que lo del parecido sea debatible, cuando está encima del escenario se te olvida todo.

El último tercio, donde todo es demasiado apresurado en ocasiones, deja algunos de los mejores momentos del film (esas citadas actuaciones en Las Vegas), además de dar a Luhrmann la posibilidad de gozarlo duro. La película (que en general ya lo es un poco), se vuelve más “comicquera” en su estilo. Ese tono semisiniestro para la caída de Parker una vez deja a Elvis, con mucho plano oblicuo, y el estallido en Las Vegas con Luhrmann entusiasmándose con su montaje musical en el que introduce texturas visuales diversas, vintage, sobreimpresiones, pantallas partidas…

 

 

Aquí la película intenta volverse algo enfermiza, claustrofóbica, un poco “El Show de Truman” (Peter Weir, 1998), con ese plan de Parker para que Elvis no pueda salir del país de gira, a Europa, como soñaba, manteniéndolo en una prisión de oro, en Las Vegas. Amenazas (inventadas o no), miedos inducidos, seguridad máxima… y una gira americana por todo lo alto.

“… con la tranquilidad de estar en los Estados Unidos”.

Esto último tiene algo de retrato del “ombliguismo” estadounidense, al apelar al orgullo patrio donde la seguridad de verdad sólo era posible allí.

Y todo es apresurado, sí. Elvis se marchita, el éxito y el miedo le llevan a las infidelidades, el vicio, las drogas, las pastillas, el agotamiento, la paranoia… el abandono de Priscilla (los amores frustrados son muy de Luhrmann)… Utilizado como mercancía sin importar el riesgo que tuviera su salud. La soledad, una soledad de lujo. Un declive acelerado donde las relaciones (como la misma Priscilla o su padre) también van cambiando y los personajes van desapareciendo sin apenas desarrollo ni elaboración, que además contrasta con el fluir anterior de la película, frenético, sí, pero donde prestaba cierta atención a esas cosas. ¿Qué fue de los productores que le ayudaron en el especial de Navidad? Nadie lo sabe y a nadie le importa. Y como estos, muchos otros personajes adyacentes.

 

 

Es una pena, porque esta historia de Elvis, una de las mayores estrellas de la música, retratada como una historia de pérdida, una cebolla de oro a la que se le van cayendo las capas que la protegían (pierde referentes, en la película, como Bobby Kennedy, Luther King, Mahalia Jackson, leyenda del Góspel; perdió a su hermano gemelo al nacer; perderá a su madre, a su mujer, su fortuna, incluso su éxito en ocasiones…), podía haber resultado algo de más enjundia, aunque queda en algo entretenido al menos.

El avión del final es una obvia metáfora de su muerte… con 42 años (¡Dios mío, qué desgracia!), en 1977.

“Si se posa una sola vez… muere”. “No importa que hagas diez cosas mal siempre que hagas una bien”.

Me toca un poco las narices que se use otra música, como ese rap modernito, en una cinta sobre Elvis Presley. Su música es más que suficiente. Es, de hecho, la única que se quiere oír. Las demás me sobran todas. Además, tiene algo de forzado. Al ir mostrando sus canciones con las fechas correspondientes a la narración, en esas escenas se eligen rellenos por tener poco donde elegir…

 

 

Hay muchas referencias culturales a personajes del momento. Little Richards, Chuck Berry, Natalie Wood, James Dean, Frank Sinatra, Marlon Brando, Bill Haley, Fats Domino, Budy Holly, Eddie Cochran, Gene Vincent, Los Rolling Stones, Sharon Tate… Un James Dean que será su referente, el rebelde sin causa, en su sueño por ser actor… al ritmo de “Can’t Help Falling in Love”.

“Yo soñaba con ser un gran actor, como James Dean”.

También se menciona el frustrado proyecto de interpretar, junto a Barbra Streisand, “Ha Nacido una Estrella”, que al final interpretó Kris Kristofferson en 1976.

Son emotivas las imágenes reales finales… mucho.

 

 

 

¿Verdades o licencias?

Por supuesto, hay licencias en la película, algunas efectistas buscando potenciar el dramatismo, como es lógico. Otras uniendo sucesos que pasaron en tiempos distintos. Nada importante. Los retratos maniqueos ya comentados son un mayor lastre. Muchas de las cosas que se adjudican a Parker no son ciertas, como que presionara a Elvis para que no se moviera como lo hacía o que el gobierno le presionara a él. Parker estaba encantado con eso porque era la esencia de su negocio. Además, momentos oscuros como las infidelidades mutuas, ya que las de Priscilla no se mencionan, o las tremendas adicciones del artista, sobre las que se pasa muy por encima, tienen relevancia superficial. También se omite la edad de Priscilla cuando comenzó con Elvis. 14 años.

De todas formas, más allá de todo esto, la familia ha quedado encantada con el resultado. La familia de Elvis, digo.

“Elvis” es, básicamente, una película superficial, sin que esto sea especialmente negativo. En “Elvis” tenemos un Luhrmann más o menos reconocible, o al menos podemos llegar a intuir que la dirige alguien que quiere darle ese toque Luhrmann, pero, con todo, más allá de su efectismo, la película resulta algo impersonal y convencional.

En definitiva, un título correcto, aceptablemente entretenido, maniqueo y hagiográfico, como suele ser en estos casos, pasando por alto o muy por encima lo más oscuro. Porque de lo que se trata es de honrar al mito.

 

 

 

 

 

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